María en la identidad del pueblo: la devoción a la Virgen de la Peña en el norte argentino

miércoles, 11 de marzo de 2026

11/03/2026 – En el norte de la Argentina, a pocos kilómetros de la ciudad de Tartagal, en la provincia de Salta, se encuentra uno de los lugares de profunda devoción mariana del país: el Santuario de la Virgen de la Peña. Situado a unos 17 kilómetros al norte de la ciudad, el santuario está rodeado por el paisaje característico de las yungas salteñas, un entorno de serranías, abundante vegetación y gran diversidad de fauna y flora que invita al recogimiento espiritual.

El rector del santuario, Fray Walter Cena, describe el lugar como un espacio donde la naturaleza misma se convierte en una maestra de vida espiritual. En ese ambiente, explica, todo parece alinearse para favorecer el encuentro con Dios y la experiencia de la fe.

La devoción a la Virgen de la Peña tiene más de un siglo de historia. Los primeros testimonios sobre su presencia se remontan a mediados del siglo XIX, cuando quienes transitaban por estos senderos —comerciantes, familias y trabajadores que circulaban entre Bolivia y Argentina— relataban haber experimentado la protección de “la Señora de la Peña”. Más tarde, ya en el siglo XX, el testimonio de doña Romualda Burgos de Meriles dio mayor impulso a la devoción, lo que llevó a la realización de la primera imagen de la Virgen por parte de los frailes misioneros.

Con el paso de los años, el pequeño sendero que conducía a una gruta con la imagen mariana se fue transformando en un importante lugar de peregrinación. Hoy miles de fieles llegan durante todo el año, especialmente en torno a la fiesta el tercer domingo de agosto, para renovar su fe y expresar su gratitud.

Según Fray Walter, una característica común de los peregrinos es el profundo espíritu de agradecimiento. “La gente llega al santuario para ponerse frente a la imagen de la Virgen con una actitud de un profundo agradecimiento porque experimentaron escucha, consuelo y fortaleza”, explica.

La imagen de la Virgen de la Peña expresa también esa cercanía maternal que tantos peregrinos experimentan al visitarla. Fray Walter destaca especialmente su mirada y su gesto de acogida: “Es una señora que te mira con ojos de muchísima ternura, una mirada que recibe y acepta”. La Virgen sostiene al Niño Jesús en uno de sus brazos, mientras que con la otra mano se muestra extendida hacia el pueblo, como signo de cercanía y acompañamiento. Su vestimenta refleja los colores propios del lugar: el rosa, inspirado en las flores del lapacho que cubren los cerros en tiempo de fiesta, y el celeste del cielo norteño. Para el padre, esos tonos simbolizan el encuentro entre lo divino y la vida cotidiana del pueblo, como un puente entre el cielo y la tierra.

Para los habitantes de Tartagal, la Virgen forma parte inseparable de su identidad. “Hablar de la Virgen de la Peña es hablar de la historia de este pueblo”, afirma Fray Walter. Una devoción que atraviesa generaciones y que continúa convocando a peregrinos que encuentran en este santuario un lugar de fe, consuelo y esperanza.

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