23/04/2026 – En el marco de la celebración de Santa María Virgen, reconocida como Madre de la Compañía de Jesús, el padre Leonardo Amaro, sacerdote jesuita y rector del Templo del Sagrado Corazón en la ciudad de Mendoza, compartió una profunda reflexión sobre el lugar que ocupa la Virgen en la espiritualidad ignaciana.
Al comenzar, el padre reconoció que su vínculo con María no siempre fue evidente en su vocación: “yo amo entrañablemente a la Virgen y sin duda hoy tiene que ver con mi vida y con quién yo soy”. Sin embargo, explicó que con el tiempo comprendió que todo camino verdaderamente centrado en Cristo conduce necesariamente a ella. En ese sentido, recordó la enseñanza de San Ignacio de Loyola, quien entendía que María tiene como misión acercarnos a su Hijo.
Esta dimensión mariana se hace especialmente visible en el momento fundacional de la Compañía de Jesús. El 22 de abril de 1541, en la iglesia de San Pablo Extramuros, los primeros compañeros realizaron sus votos solemnes ante la Virgen. Aquel gesto no fue solo simbólico, sino profundamente identitario: “yo, en presencia de la Virgen María, Madre de Dios… hago profesión y prometo a Dios Todopoderoso… pobreza, castidad y obediencia perpetua”, citó el padre, destacando el valor de esa consagración inicial que continúa vigente hasta hoy.
Lejos de ocupar un lugar protagónico, María se presenta en la espiritualidad ignaciana con una actitud humilde y orientadora. “María está ahí, siempre en un lugar discreto y siempre mostrándonos a su hijo Jesús”, expresó el padre Leonardo, subrayando que su mayor alegría es que sus hijos sigan a Cristo.
Asimismo, recordó momentos clave en la vida de San Ignacio donde la presencia de la Virgen fue decisiva, especialmente en su proceso de conversión y en sus experiencias espirituales. En los Ejercicios Espirituales, Ignacio sistematiza esta relación, proponiendo a María como la intercesora necesaria para alcanzar las gracias del Hijo y del Padre. Desde entonces, María es reconocida como Madre y Reina de la Compañía, por su constante intercesión y cercanía.
San Ignacio de Loyola, el caballero que dejó las armas para servir al «Rey Eternal», otorgó a la Virgen un lugar privilegiado, llamándola afectuosamente «Nuestra Señora». Una señora de «presencia constante, discreta, amable, preciosa”, describió el padre, sintetizando así una espiritualidad donde lo esencial no es el protagonismo, sino la guía amorosa hacia Jesús.
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