02/04/2026 – En un nuevo encuentro de «Espiritualidad para la Crianza en Familia», el Padre Fernando Cervera sj invitó a detenerse y mirar con profundidad un aspecto central de la vida cotidiana: el vínculo entre la familia y la escuela. Lejos de ser un tema aislado, aparece atravesado por las realidades actuales y por las situaciones dolorosas que interpelan a la sociedad. “Los invitamos en este Miércoles Santo a que podamos acercarnos al misterio de amor del Señor desde un lugar bastante concreto”, inició el padre, abriendo una reflexión que conecta la fe con la crianza y la educación.
La escuela, entendida como ámbito de sociabilidad y aprendizaje, es presentada como una extensión del mundo al que niños y adolescentes deben integrarse. Sin embargo, este proceso requiere de una actitud fundamental: la humildad. Inspirados en la pasión de Cristo, se propone asumir que educar implica renunciar a cierta omnipotencia. “Necesitamos esta humildad si queremos enfrentar desde lo profundo del corazón la crianza de los niños”, señaló, destacando la importancia de reconocer límites y aceptar que el crecimiento también incluye conflictos, distancias y aprendizajes difíciles.
En este contexto, la violencia que atraviesa a la sociedad se vuelve un dato preocupante. Las experiencias recientes muestran cómo los vínculos debilitados, la ausencia o el exceso de control pueden derivar en situaciones extremas. La escuela no queda al margen de esta realidad, sino que la refleja. Frente a esto, surge una pregunta clave: ¿qué lugar ocupan los adultos? La respuesta apunta a recuperar la responsabilidad sin delegarla completamente. “No le podemos pedir a la escuela que haga de papá y mamá”, advirtió el Padre Fernando, subrayando que la crianza es una tarea indelegable de la familia.
A esto se suma un aspecto central que atraviesa toda la reflexión: la necesidad de construir una verdadera confianza entre la familia y la escuela. No se trata solo de evitar conflictos, sino de generar un vínculo de cooperación donde ambas partes se reconozcan como aliadas en la formación de los niños y adolescentes. Esta confianza implica diálogo, respeto por los roles y la capacidad de ceder en ciertas posturas para priorizar el bien del niño. Cuando familia y escuela logran sostener acuerdos —explícitos o implícitos— se fortalece la seguridad de los chicos, quienes perciben coherencia en los adultos que los acompañan. De este modo, se crea un entorno más estable y contenedor, donde educar deja de ser una tarea fragmentada para convertirse en un camino compartido.
Finalmente, la reflexión invita a recuperar el sentido profundo de educar: presentar la vida como algo valioso y digno de ser vivido. En medio de dificultades y errores, la clave está en sostener el amor como fundamento. Solo así será posible que las nuevas generaciones descubran que, aun en contextos complejos, la vida vale la pena y puede ser construida con esperanza.
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