En su catequesis sobre el Evangelio de Marcos 10,46-52, el padre Javier profundiza en la figura de Bartimeo, el ciego que grita desde el borde del camino pidiendo compasión. Una reflexión sobre los clamores del corazón, los ruidos que silencian a los pueblos y la necesidad de volver a ver con claridad desde Jesús.
El Evangelio de hoy presenta a Bartimeo, un mendigo ciego sentado al borde del camino que, en medio del ruido de la multitud, se anima a gritar: “Jesús, hijo de David, ten piedad de mí”. Aunque muchos intentan hacerlo callar, su clamor llega hasta el corazón de Jesús.
En su catequesis, el padre Javier invita a reconocer que también hoy existen muchos “Bartimeos”: personas heridas, descartadas, cansadas, angustiadas o atravesadas por la pobreza, la soledad y la incertidumbre. Voces que muchas veces son silenciadas por el ruido social, político, económico y tecnológico de nuestro tiempo.
La reflexión también pone el foco en la necesidad de recuperar la escucha interior. En una cultura llena de distracciones, redes sociales y ansiedad permanente, Jesús sigue preguntando como a Bartimeo: “¿Qué quieres que haga por ti?”. Y la respuesta más profunda del corazón sigue siendo la misma: “Señor, que pueda ver”.
El padre Javier recuerda que el verdadero encuentro con Cristo devuelve claridad, sentido y esperanza. Jesús no ignora el clamor humano: escucha el dolor de los pueblos, las familias, los jóvenes, los ancianos y de todos aquellos que buscan una vida más digna.
La invitación final es a volver a Jesús Eucaristía, allí donde el corazón encuentra silencio, escucha y una mirada nueva para seguir caminando con fe.
Después llegaron a Jericó. Cuando Jesús salía de allí acompañado de sus discípulos y de una gran multitud, el hijo de Timeo, Bartimeo, un mendigo ciego, estaba sentado junto al camino. Al enterarse de que pasaba Jesús el Nazareno, se puso a gritar: “¡Jesús, hijo de David, ten piedad de mí!” Muchos lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte: “¡Hijo de David, ten piedad de mí!” Jesús se detuvo y dijo: “Llámenlo”. Entonces llamaron al ciego y le dijeron: “Ánimo, levántate, él te llama”. Y el ciego, arrojando su manto, se puso de pie de un salto y fue hacia él. Jesús le preguntó: “¿Qué quieres que haga por ti?” Él le respondió: “Maestro, que yo pueda ver”. Jesús le dijo: “Vete, tu fe te ha salvado”. Enseguida comenzó a ver y lo siguió por el camino.
Palabra del Señor.