En su catequesis sobre Marcos 12,28-34, el padre Javier reflexiona sobre el mandamiento más importante y advierte sobre una tentación siempre actual: reemplazar al Dios verdadero por ídolos como el dinero, el poder, el éxito o nuestros propios deseos. Jesús nos muestra que el camino para encontrar la verdadera libertad es amar a Dios y al prójimo.
El Evangelio de hoy nos presenta a un escriba que pregunta a Jesús cuál es el primero de todos los mandamientos. En medio de cientos de normas y prescripciones que regulaban la vida religiosa de Israel, Jesús ofrece una respuesta clara y luminosa: amar a Dios con todo el corazón y amar al prójimo como a uno mismo.
No se trata solamente de una enseñanza moral. Jesús está revelando el centro mismo de la existencia humana. Allí donde ponemos nuestro corazón, allí encontramos nuestro verdadero dios.
El padre Javier retoma una reflexión del psicólogo Carl Jung para mostrar que el ser humano siempre busca algo que dé sentido último a su vida. Cuando ese lugar no lo ocupa Dios, aparecen los ídolos.
Hoy los ídolos ya no suelen ser estatuas de piedra o metal. Pueden ser el dinero, el éxito, el reconocimiento, el poder, la imagen personal o cualquier realidad que termine absorbiendo nuestras energías y condicionando nuestras decisiones.
Estos falsos dioses prometen felicidad, pero nunca logran colmar el corazón humano.
Amar a Dios libera
El amor a Dios no consiste solamente en prácticas religiosas o en cumplir normas externas. Se trata de una relación viva que transforma la existencia y ordena nuestras prioridades.
Cuando Dios ocupa el centro, todo encuentra su lugar. Las preocupaciones, los proyectos, los bienes materiales y los vínculos dejan de convertirse en absolutos y pasan a ser parte de un camino más amplio de plenitud.
Jesús une inseparablemente el amor a Dios y el amor al prójimo. No existe una auténtica experiencia de Dios que ignore al hermano que sufre, que necesita ayuda o que espera una palabra de esperanza.
Por eso el Papa Francisco insistía en que desde las periferias se comprende mejor el Evangelio. El encuentro con los más pequeños nos ayuda a descubrir dónde está realmente Dios.
San Agustín resumió esta enseñanza con una frase que sigue iluminando a los cristianos de todos los tiempos: «Ama y haz lo que quieras».
La verdadera libertad no consiste en hacer cualquier cosa, sino en dejarse amar por Dios para aprender a amar como Él ama. Cuando el amor guía nuestras decisiones, los ídolos pierden fuerza y el corazón encuentra finalmente aquello que estaba buscando.
Un escriba que los oyó discutir, al ver que les había respondido bien, se acercó y le preguntó:
«¿Cuál es el primero de los mandamientos?»
Jesús respondió:
«El primero es: Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor; y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas.
El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento más grande que estos».
El escriba le dijo:
«Muy bien, Maestro, tienes razón al decir que hay un solo Dios y no hay otro más que Él, y que amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo, vale más que todos los holocaustos y sacrificios».
Jesús, al ver que había respondido tan acertadamente, le dijo:
«Tú no estás lejos del Reino de Dios».
Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.