¿Es posible una unidad que no uniforma sino que abraza la diversidad?

martes, 28 de abril de 2026

En un mundo donde muchas veces la diferencia divide, el Evangelio propone algo distinto: una unidad que integra sin anular. No se trata de ser todos iguales, sino de caminar juntos hacia una misma causa.

En el ciclo La Catequesis de Radio María Argentina, el padre Javier Soteras compartió una profunda reflexión sobre la unidad cristiana desde el Evangelio, invitando a redescubrir una forma de comunión que no excluye, sino que integra. Desde una mirada pastoral y concreta, propuso comprender cómo Jesús nos llama a ser parte de una unidad viva, abierta y plural.

Una unidad que integra, no que impone

El punto de partida es claro: la unidad que propone Jesús no es uniformidad.

“No es hacer todos lo mismo, sino integrar… siempre que queramos ser parte de una misma causa.”

Esto implica una actitud interior: querer pertenecer, querer caminar con otros, abrirse al encuentro.

La verdadera unidad cristiana:

  • No borra las diferencias
  • No exige homogeneidad
  • No excluye al que piensa distinto

Sino que las integra en un proyecto común: el Reino de Dios.

La riqueza de lo diverso

El padre Javier destaca una expresión clave:
una unidad “pluriforme”.

Esto significa que la Iglesia —y la comunidad— no es uniforme, sino rica en matices, carismas, historias y caminos.

Lejos de ser un problema, esta diversidad es:

  • Una riqueza espiritual
  • Una oportunidad de crecimiento
  • Un reflejo del amor de Dios que alcanza a todos

La unidad no se construye eliminando lo distinto, sino armonizándolo.

Ser parte: una decisión personal

Pero hay una condición importante: querer ser parte.

Jesús invita, no obliga. La integración supone:

  • Disponibilidad interior
  • Deseo de comunión
  • Apertura al otro

No hay unidad sin libertad. Y tampoco sin compromiso.

Ser parte de la misma causa implica:

  • Salir del individualismo
  • Superar prejuicios
  • Apostar por el encuentro

Evangelio según San Juan 10,22-30:

Se celebraba entonces en Jerusalén la fiesta de la Dedicación. Era invierno, y Jesús se paseaba por el Templo, en el Pórtico de Salomón. Los judíos lo rodearon y le preguntaron: «¿Hasta cuándo nos tendrás en suspenso? Si eres el Mesías, dilo abiertamente». Jesús les respondió: «Ya se los dije, pero ustedes no lo creen. Las obras que hago en nombre de mi Padre dan testimonio de mí, pero ustedes no creen, porque no son de mis ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy Vida eterna: ellas no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mis manos. Mi Padre, que me las ha dado, es superior a todos y nadie puede arrebatar nada de las manos de mi Padre. El Padre y yo somos una cosa».