18/05/2026 – En el marco de la décima edición de la Semana de la Miel en Argentina, celebrada del 14 al 20 de mayo bajo el lema «Más miel todo el año», descubrimos una de las joyas biológicas y productivas más singulares del norte argentino: la miel de flores de Atamisqui. Este producto, emblemático de Santiago del Estero, no solo destaca por su calidad, sino que recientemente obtuvo el sello de Indicación Geográfica (IG), un reconocimiento que pone en valor la identidad de la región y el trabajo de sus comunidades apícolas.
Para profundizar en este patrimonio, dialogamos con Ana Laura Sayago, socia de la cooperativa COPSOL y vicepresidenta de la red Mujeres Rurales, quien explicó que esta variedad es una miel monofloral de una especie nativa: el atamisqui, un arbusto emparentado con las alcaparras que alcanza los cinco metros de altura y cuyo nombre quichua significa «tierra dulce» (Ata: tierra; Mishki: dulce). Al florecer entre octubre y diciembre, sus hojas y flores perfuman el monte con un aroma único que se replica exactamente en el producto final.
A diferencia de las mieles tradicionales, la de atamisqui se caracteriza por un color que va del claro al ámbar —a veces con sutiles destellos verdosos— y una consistencia muy viscosa debido a la baja humedad de los suelos arenosos y salitrosos santiagueños. En boca, destaca por un retrogusto vegetal y un tenor de dulzor moderado que evita que sea empalagosa.
Más allá de sus atributos organolépticos, investigaciones públicas realizadas en conjunto con el CONICET demostraron que esta miel posee propiedades medicinales excepcionales. Los análisis arrojaron que contiene siete veces más polifenoles que la miel de azahar o la de monte nativo común, otorgándole una capacidad antioxidante sobresaliente para prevenir el envejecimiento celular.
Este valor agregado permitió a la cooperativa derribar fronteras comerciales. A través de su marca Miel Wayra, el sector campesino logró lo que pocos consiguen: exportar el producto fraccionado y envasado en origen hacia mercados tan exigentes como el de Japón, con etiquetas traducidas a su idioma. Un verdadero orgullo que posiciona al monte nativo en el mapa global.