¿Somos sólo animales? Una mirada profunda sobre lo humano

martes, 24 de febrero de 2026

24/02/2026 – En tiempos donde algunos jóvenes se autoperciben como animales (los llamados “therians”) y donde incluso la inteligencia artificial comienza a ocupar lugares afectivos en la vida cotidiana, surge una pregunta de fondo: ¿qué es lo propio de la condición humana?. En el ciclo “Pensar lo que vivimos, para no vivir sin pensar”, el Licenciado Diego Fonti —doctor en Filosofía, profesor de la Universidad Católica de Córdoba e investigador del Conicet— nos invitó a mirar este fenómeno sin escándalo superficial y con profundidad filosófica. Porque antes de reaccionar, conviene pensar.


¿Somos tan distintos de los animales?

Desde la antigüedad, filósofos como Aristóteles intentaron distinguir al ser humano de otros animales. Para él, existían tres niveles de “alma”:

  • Vegetativa: nutrirse y reproducirse.
  • Sensitiva: movimiento y percepción.
  • Racional: capacidad de explicar causas y ser conscientes de nuestros actos.

Sin embargo, los avances científicos actuales muestran que muchos animales poseen niveles sorprendentes de conciencia, memoria y orientación. La diferencia no es tan simple como antes parecía.

Además, nuestra propia genética revela una matriz común con otras especies. Incluso hoy se investigan xenotrasplantes —órganos animales adaptados al cuerpo humano— lo que vuelve aún más compleja la frontera entre “ellos” y “nosotros”.


Animales en la Biblia y en la tradición cristiana

La relación simbólica entre humanos y animales no es nueva.

En la iconografía medieval —como puede verse en la Catedral de Notre Dame— abundan figuras híbridas, bestiarios y gárgolas que mezclan rasgos humanos y animales.

También en la tradición cristiana los evangelistas fueron representados con animales simbólicos: el águila para Juan, por ejemplo. Lejos de ser una novedad escandalosa, la mezcla simbólica forma parte de nuestra historia cultural y religiosa.


¿Dominio o fraternidad?

Un punto clave que surgió en la conversación fue la interpretación del mandato bíblico de “subyugar la tierra” en el Génesis. ¿Significa dominar sin límites?

El historiador Lynn White, en su famoso artículo Las raíces de nuestra crisis ecológica, sostuvo que una interpretación abusiva de este mandato —unida al modelo tecnológico moderno— contribuyó a la crisis ambiental.

Pero no fue la única lectura posible. La espiritualidad de Francisco de Asís propone otra clave: hermano sol, hermana luna, hermano lobo. No dominio absoluto, sino fraternidad responsable.


¿Dónde está nuestra excepcionalidad?

Si compartimos tanto con otros animales, ¿qué nos distingue? Fonti señaló un punto decisivo: la responsabilidad. El ser humano no solo actúa; puede hacerse cargo de sus actos. Puede modificar la naturaleza, transformarse a sí mismo, alterar su entorno… y debe responder por ello. La libertad no es mera espontaneidad: es capacidad de asumir consecuencias.


La provocación más radical del cristianismo

En medio del debate, apareció una afirmación profundamente teológica: el cristianismo sostiene que Dios se hizo humano. La Encarnación no es una metáfora. Es el núcleo de la fe cristiana.

Si los humanos somos animales racionales, entonces el misterio cristiano afirma algo aún más provocador que cualquier fenómeno cultural contemporáneo: Dios asumió nuestra condición.

No es el hombre que “se vuelve animal” lo más escandaloso. Es Dios que se hace hombre.


Más que escandalizarnos, preguntarnos

El fenómeno “terian” puede generar sorpresa o desconcierto. Pero la invitación filosófica es otra: preguntarnos qué verdad parcial puede estar señalando.

¿Estamos desconectados de la naturaleza?
¿Hemos reducido al animal a simple objeto?
¿Hemos olvidado nuestra pertenencia a una misma creación?

Pensar lo que vivimos nos permite evitar dos extremos: la ridiculización superficial o la aceptación acrítica.

La condición humana no se reduce a biología ni a cultura. Es vocación, responsabilidad y relación. El cristiano sabe que forma parte de la creación, pero también que está llamado a custodiarla. Ni dominio violento ni fusión indiferenciada.

La clave está en la libertad responsable y en la conciencia de que nuestra grandeza no consiste en imponernos, sino en cuidar. En tiempos de confusión identitaria, volver a la pregunta por lo humano no es retroceder: es profundizar.