20/02/2026 – En una nueva edición de “Reflexiones para el finde”, el Padre Humberto González S.J. propone unir dos conceptos que muchas veces generan confusión: Cuaresma y justicia social. Lejos de posturas ideológicas o reducciones superficiales, la Iglesia nos invita a vivir un ayuno comprometido, una conversión social y una justicia del corazón. Una reflexión concreta para vivir este tiempo con profundidad y alegría.
Las palabras “Cuaresma” y “justicia social” no siempre tienen buena prensa. Una suele asociarse con tristeza o prohibiciones; la otra, con debates políticos e ideológicos.
Sin embargo, el Padre Humberto González invita a recuperar el sentido profundo de ambas.
La Cuaresma no es un tiempo de amargura. Es un tiempo de conversión. Y la justicia social, lejos de ser una herramienta partidaria o una consigna vacía, es un principio que busca garantizar dignidad y oportunidades para todos.
No se trata de regalar cosas.Se trata de favorecer oportunidades.No es limosna paternalista.Es encuentro y desarrollo.
Y allí, justamente, ambas realidades se tocan.
Uno de los riesgos más frecuentes al comenzar la Cuaresma es reducirla a una cuestión de menú.
¿Carne sí o carne no?¿Pescado entra o no entra?¿Comí de más?¿Cumplí o no cumplí?
El Padre advierte que cuando nos quedamos en ese nivel, perdemos el corazón del Evangelio.
La Iglesia propone ayuno, sí. Pero un ayuno comprometido. Un ayuno que no se limite al plato, sino que toque nuestras decisiones.
Ayunar del tiempo excesivo frente al celular.Ayunar de caprichos innecesarios.Ayunar de comodidades que podrían convertirse en oportunidad para otro.
El verdadero ayuno no se mide en gramos. Se mide en apertura.
La justicia social, entendida cristianamente, implica salir de uno mismo.
No es sentir lástima.La lástima mira desde arriba.La compasión se pone al lado.
El Padre subraya que muchas veces nos acostumbramos a situaciones dolorosas —personas durmiendo en la calle, realidades de pobreza, vecinos en dificultad— y dejamos de ver.
La conversión social comienza cuando dejamos de naturalizar lo que duele.
No necesariamente para “resolverlo todo”, pero sí para involucrarnos. Interesarnos por la historia del otro. Humanizar el encuentro. Compartir tiempo.
A veces el gesto más grande no es dar lo que sobra, sino compartir lo propio.
Hay otra dimensión profunda: la justicia interior.
La Cuaresma también invita a revisar rencores, conflictos familiares, heridas que arrastramos durante años.
No se trata de olvidar mágicamente.Se trata de soltar aquello que nos empantana el corazón.
Porque no hay justicia social si el corazón está cerrado.
Jesús lo dice con claridad: si nuestra justicia no es superior a la de los fariseos, no entraremos en el Reino. ¿Qué significa eso?
No se trata de cumplir normas externas.Se trata de reconocernos necesitados de misericordia.
Hemos recibido una justicia que no merecíamos: la misericordia de Dios. Y desde allí estamos llamados a mirar al otro con el mismo molde.
Cuando nos creemos perfectos, nuestra justicia se convierte en exclusión.Cuando nos sabemos frágiles, nace la compasión.
Desde los profetas hasta el Evangelio, Dios repite lo mismo: no busca ritual vacío, sino conversión del corazón.
La violencia que Dios pide no es física ni ascética exagerada.Es la violencia interior de abrir el corazón.
Esa apertura duele más que dejar un postre.Pero es la que transforma.
La Cuaresma no es marcar casilleros:✔ Oré✔ Ayuné✔ Di limosna
Es dejar que el Señor sacuda algo profundo.
No es vaciar el placard para comprar ropa nueva.Es preguntarnos qué gesto nos ayuda a salir de nosotros mismos.
Porque no hay justicia social sin salida de uno mismo.Y no hay verdadera Cuaresma sin encuentro.