31/03/2026 – En el ciclo “Buscadores de sentido” de Radio María Argentina, la licenciada en Psicología y logoterapeuta Patricia Farías reflexionó sobre un tema que atraviesa la vida cotidiana de muchas personas: la culpa. Lejos de reducirla a un sentimiento negativo, propuso distinguir sus distintas formas y comprender cómo puede convertirse también en una oportunidad de transformación interior.
Desde el análisis existencial y la logoterapia, Farías explica que no toda culpa tiene el mismo origen ni produce los mismos efectos. De hecho, es posible reconocer tres tipos de culpa que ayudan a comprender mejor nuestras experiencias emocionales.
Por un lado está la culpa real, que aparece cuando una persona reconoce que ha hecho algo incorrecto. Se trata de una culpa vinculada a la responsabilidad moral: alguien reconoce una falta, asume lo sucedido y busca repararlo.
En este caso, la culpa puede tener un valor positivo porque moviliza a la persona hacia el bien.
“Cuando la culpa es real —explica la especialista— uno reconoce lo que hizo, se responsabiliza y trata de reparar aquello que dañó”.
Muy distinta es la llamada culpa neurótica, que aparece cuando una persona se responsabiliza por situaciones que en realidad no dependen de ella o interpreta de manera exagerada su responsabilidad.
Un ejemplo frecuente aparece en la crianza de los hijos. Algunos padres sienten culpa por haber puesto límites, pensando que eso pudo dañar a sus hijos. Sin embargo, muchas veces los propios hijos reconocen que esos límites fueron necesarios y positivos.
En estos casos, la culpa no ayuda a crecer sino que termina generando angustia innecesaria.
Existe también una tercera forma más profunda: la culpa existencial. Esta aparece cuando la persona percibe que no está respondiendo plenamente a su propia vocación o a las posibilidades de bien que tiene delante.
No se trata tanto de una falta concreta, sino de la conciencia de que podríamos vivir de un modo más auténtico y responsable.
Este tipo de culpa puede convertirse en una señal interior que invita a revisar el rumbo de la propia vida.
Desde la logoterapia, inspirada en el pensamiento de Viktor Frankl, esta experiencia no se interpreta como algo patológico sino como una llamada de la conciencia, una invitación a crecer y asumir la libertad personal.
Durante la entrevista también surgió una pregunta muy presente en muchas familias: ¿por qué a veces sentimos culpa cuando ponemos límites?
Farías explicó que vivimos en una cultura que muchas veces confunde el amor con la ausencia de límites. Sin embargo, poner límites sanos es parte esencial del cuidado y de la educación.
Cuando los adultos actúan con responsabilidad, buscando el bien del otro, esos límites no son una agresión sino una forma de acompañamiento.
La dificultad aparece cuando el miedo al conflicto o al juicio de los demás lleva a interpretar cualquier incomodidad como algo negativo.
Comprender mejor el lugar de la culpa permite discernir cuándo es una señal que nos invita a reparar algo y cuándo, en cambio, es un sentimiento desproporcionado que conviene revisar.
Desde una mirada humana y espiritual, la culpa no está pensada para paralizar ni para condenar a la persona. Su sentido más profundo es despertar la conciencia y abrir caminos de responsabilidad y libertad.
Cuando se comprende adecuadamente, puede convertirse en una oportunidad para reconocer errores, reparar vínculos y orientar la vida hacia el bien.
En una época que a menudo intenta evitar cualquier malestar interior, recuperar el sentido auténtico de la culpa puede ayudarnos a crecer en madurez, en responsabilidad y también en esperanza.