17/02/2026 – Vivimos rodeados de debates, opiniones rápidas y discusiones encendidas. Pero… ¿estamos dialogando realmente?. En el ciclo “Pensar lo que vivimos, para no vivir sin pensar”, el Licenciado Diego Fonti —doctor en Filosofía, profesor de la Universidad Católica de Córdoba e investigador del Conicet— nos invitó a detenernos en algo tan cotidiano como profundo: el diálogo verdadero. Porque no todo intercambio es encuentro. Y no todo consenso es verdad.
La palabra “diálogo” remite a ese “entre” dos voces. Supone, al menos, dos perspectivas. Incluso —recordaba Fonti evocando a Platón— el pensamiento mismo puede entenderse como un diálogo interior.
Dialogar implica aceptar algo fundamental:
Cada persona llega a la conversación con un “horizonte de comprensión”, concepto trabajado por el filósofo Hans-Georg Gadamer. Es decir: cultura, historia, valores, experiencias y heridas que condicionan cómo ve el mundo.
El diálogo auténtico exige lo que Gadamer llamaba una “fusión de horizontes”: un espacio común donde intento traducir mi experiencia para que el otro la comprenda, y donde estoy dispuesto a dejarme afectar por lo que el otro trae.
Fonti utilizó un ejemplo sencillo y pedagógico: explicar el gusto del chocolate a quien nunca lo probó. Las palabras no alcanzan. En algún punto, hay que “hacer la experiencia”.
Esto ilumina algo profundo: hay realidades del otro que solo comprendo verdaderamente cuando me dejo interpelar por su experiencia. La empatía no es sentimentalismo; es un acto intelectual y moral. Supone salir del propio punto de vista y reconocer límites en mi mirada.
El diálogo no es un “té entre personas corteses”. Puede ser movilizante, incómodo, incluso un sacudón. Pero nunca puede convertirse en imposición o violencia.
Para que exista diálogo fecundo, son necesarias condiciones mínimas:
Fonti subrayó una distinción clave: puede haber asimetría en funciones o conocimientos, pero debe haber simetría en dignidad. Un docente y un alumno no ocupan el mismo rol. Un médico y un paciente no tienen la misma formación. Pero ambos comparten una dignidad moral irreductible.
Una pregunta decisiva del programa fue: ¿llegar a un consenso significa haber alcanzado la verdad?
La respuesta fue matizada. El consenso puede funcionar como idea regulativa, como horizonte hacia el cual orientarnos. Pero la verdad no consiste simplemente en que el otro termine pensando como yo.
Incluso la ciencia —recordó Fonti— se autocorrige permanentemente mediante prueba y error. Y también la reflexión teológica ha atravesado procesos históricos de revisión y profundización. La búsqueda de la verdad es dinámica, nunca clausurada.
Un buen diálogo no garantiza acuerdo. Puede terminar en desacuerdo… y aun así mejorar la comunicación. Si el desacuerdo se sostiene en el respeto y en el reconocimiento mutuo, no es una derrota. Puede ser crecimiento. El verdadero obstáculo no es pensar distinto. Son el orgullo, la soberbia, la prisa, los prejuicios y el miedo a revisar nuestras propias certezas.
En la vida cristiana, el diálogo no es solo método humano: es reflejo del modo en que Dios se relaciona con nosotros. La Revelación misma es historia de diálogo. Dialogar no significa diluir la verdad. Tampoco significa ganar una discusión. Significa disponerse a un encuentro donde el otro no es objeto a convencer, sino persona a respetar.
Quizá el mayor desafío espiritual del diálogo hoy sea este: ¿busco tener razón o busco crecer?
Pensar lo que vivimos, para no vivir sin pensar, implica revisar nuestras actitudes cotidianas: ¿escucho realmente? ¿me dejo interpelar? ¿estoy dispuesto a cambiar algo de mí?