El proyecto Arimatea

viernes, 27 de marzo de 2026

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27/03/2026 – Tras años de trabajo sostenido, compromiso y acompañamiento a familias atravesadas por el dolor, la Fundación Rafaelinos por la Vida logró concretar un hecho significativo en la ciudad de Rafaela: la sepultura de los restos de 51 bebés fallecidos durante la gestación, muchos de ellos hace varios años. La inhumación en el cementerio municipal no solo representa un acto concreto, sino también un hito en la búsqueda de reconocimiento y dignidad para quienes, hasta ahora, no habían podido ser despedidos de manera adecuada.

El caso pone en evidencia una problemática poco visibilizada. Durante años, bebés fallecidos antes de las 20 semanas de gestación o con un peso inferior a 500 gramos no eran registrados formalmente, lo que impedía su sepultura. En muchos casos, sus restos eran considerados residuos patógenos, producto de interpretaciones erróneas de la normativa vigente. Sin embargo, la Ley Nacional 26.413 establece que todas las muertes prenatales —denominadas legalmente “defunciones fetales”— deben ser registradas, lo que habilita el correspondiente certificado y la posibilidad de inhumación.

En este contexto, el proyecto Arimatea, impulsado por Pablo Possetto, surgió como una respuesta concreta ante esta realidad. Inspirado en la figura de José de Arimatea —quien, según el relato evangélico, pidió el cuerpo de Jesús para darle sepultura—, el proyecto busca garantizar un trato digno para estos niños y acompañar a sus familias.

“Detectamos la existencia de cuerpos de bebés fallecidos en el seno materno, de menos de 20 semanas o 500 gramos, que no estaban recibiendo el tratamiento adecuado. A partir de allí se iniciaron los trámites y se logró la sepultura de estos primeros 51 niños en un espacio que denominamos proyecto Arimatea”, explica Possetto, detallando el origen de esta iniciativa.

Más allá del aspecto legal, el impacto humano es profundo. La experiencia permitió visibilizar historias cargadas de dolor, muchas veces atravesadas en silencio durante años: “Las historias más fuertes son las de mamás que mucho tiempo después pudieron saber qué había pasado con sus hijos. Algunas no sabían siquiera que el cuerpo estaba disponible. Eso genera una conmoción muy grande y deja al descubierto lo invisibilizado que está este fenómeno y lo importante que es ponerle nombre, identidad y humanidad para poder sanar”.

El proyecto no solo contempla la sepultura, sino también el reconocimiento de la identidad. En muchos casos, estos niños eran registrados como “NN”, lo que profundizaba el dolor de las familias.
Al respecto, Possetto relato: “Nos encontramos con padres que nos decían ‘quiero que mi hijo tenga nombre’. Recuerdo el caso de una mamá que tenía los nombres de sus bebés tatuados desde hacía años. Lograr que se reconociera oficialmente esa identidad fue para ella algo profundamente reparador”.

Para el entrevistado, el eje central es la dignidad humana, más allá de cualquier circunstancia:
“Creemos que, independientemente del vínculo afectivo que pueda haberse desarrollado, estos niños tienen una dignidad intrínseca que merece ser respetada. Por eso trabajamos para que reciban un trato digno, incluso después de su muerte”.

El proyecto Arimatea también abre la puerta a un acompañamiento más amplio. A través de asesoramiento legal y contención, la Fundación Rafaelinos por la Vida busca asistir a familias que atraviesan situaciones similares en distintas partes del país, promoviendo la correcta aplicación de la ley y el respeto por los derechos de estos niños.

En definitiva, esta iniciativa no solo resuelve una deuda pendiente en términos legales y sanitarios, sino que también interpela a la sociedad sobre la necesidad de visibilizar, humanizar y acompañar realidades muchas veces silenciadas. Porque, como reflejan quienes impulsan este trabajo, reconocer la dignidad también implica no olvidar, dar nombre y permitir una despedida.