22/04/2026 – ¿De dónde nace la verdadera caridad cristiana? La tradición espiritual de la Iglesia responde con una imagen poderosa: del corazón de Cristo brota un manantial de vida que se convierte en amor para los demás. En el ciclo radial “Enseñanzas desde el Magisterio de la Iglesia”, el Padre Javier Soteras, director de Radio María Argentina, continúa profundizando la encíclica Dilexit Nos del Papa Francisco. En esta reflexión, el sacerdote invita a comprender cómo la devoción al Sagrado Corazón de Jesús no es solo una práctica espiritual, sino una fuente concreta de compromiso con los hermanos y con la vida del mundo.
La encíclica recuerda una intuición presente desde los primeros siglos del cristianismo: quien bebe de Cristo se convierte también en fuente para otros.
Padres de la Iglesia como Orígenes interpretaron las palabras del Evangelio —“de su seno brotarán manantiales de agua viva”— como una imagen del creyente que, unido a Cristo, comienza a irradiar vida hacia los demás. La unión con el Señor no se limita a saciar la propia sed espiritual. Esa experiencia interior se convierte en una corriente de amor que alcanza a quienes más necesitan misericordia.
El Padre Soteras explica que esta imagen es profundamente elocuente. Cristo es el pozo original, la fuente de donde nace toda vida. El creyente, al beber de esa fuente, se llena de esa misma vida y se transforma en canal de caridad para los demás.
La tradición cristiana insiste en una idea central: la gracia no se agota cuando se comparte, sino que se multiplica.
San Ambrosio exhortaba a “beber de Cristo para que abunde en ti la fuente de agua que salta a la vida eterna”. En la misma línea, Mario Victorino afirmaba que el Espíritu Santo se derrama con tal abundancia que quien lo recibe termina convirtiéndose en un seno que derrama ríos de agua viva.
San Agustín interpretaba este río como la benevolencia que brota del corazón creyente. Y Santo Tomás de Aquino reafirmaba esta convicción señalando que cuando alguien comunica a otros los dones recibidos de Dios, el agua viva fluye aún con mayor fuerza.
El mensaje es claro: el don recibido no se pierde al ser entregado. Al contrario, cuanto más se comparte, más crece en el corazón del creyente.
La encíclica también recuerda que la salvación realizada por Cristo en la cruz es un acontecimiento único y definitivo. Del costado abierto de Jesús brota la gracia redentora que alcanza a toda la humanidad.
Sin embargo, esa gracia necesita ser comunicada a lo largo de la historia. Allí aparece la misión de la Iglesia.
El Padre Soteras explica que la Iglesia nace precisamente de ese corazón abierto de Cristo y tiene la misión de actualizar y transmitir los frutos de la redención en cada tiempo y lugar. A través de la predicación, los sacramentos y el servicio, la comunidad cristiana hace presente esa gracia para quienes todavía no la han descubierto.
En otras palabras, la salvación ya ha sido realizada, pero su comunicación se realiza mediante el testimonio y el ministerio de los creyentes.
La reflexión de la encíclica también contempla el lugar de María dentro de esta dinámica espiritual.
La tradición cristiana reconoce en ella una participación singular en la obra redentora de Cristo. Su maternidad espiritual y su intercesión no compiten con la mediación única de Jesús, sino que la manifiestan y la conducen hacia Él.
El Padre Soteras subraya que toda gracia proviene de Cristo. Incluso el misterio del Corazón Inmaculado de María se comprende a la luz de los méritos de su Hijo. María no reemplaza a Cristo ni ocupa su lugar, sino que actúa como madre que conduce a los creyentes hacia Él.
Por eso, acercarse a María significa, en definitiva, acercarse al mismo corazón de Cristo.
Los puntos trabajados de la encíclica, en esta ocasión, concluyen en esta reflexión con una imagen profundamente esperanzadora: del costado abierto de Cristo brota un inmenso manantial que alcanza a la Iglesia, a María y a todos los creyentes.
Cada uno, según su vocación y su historia, puede convertirse en canal de esa agua viva que renueva la vida del mundo.
El llamado es claro. Quien se deja transformar por el amor de Cristo no puede guardarlo solo para sí mismo. Ese amor se convierte espontáneamente en servicio, en misericordia y en compromiso con los demás.
La espiritualidad del corazón de Jesús no es, entonces, una devoción intimista. Es una experiencia que impulsa a los cristianos a llevar la vida de Dios allí donde hay sed de esperanza, de dignidad y de amor.