12/03/2026 – Entre los 40 y los 65 años, muchas personas atraviesan hoy una realidad cada vez más frecuente: cuidar a sus hijos —muchos de ellos ya mayores de edad pero aún dependientes— y, al mismo tiempo, acompañar a sus padres en la vejez. A esta situación se la conoce como “generación lasaña”, una imagen que busca describir cómo distintas responsabilidades familiares se superponen en una misma etapa de la vida.
Este fenómeno refleja la presión y las demandas que enfrentan quienes están en la mediana edad, en un contexto donde la expectativa de vida se prolonga y las dinámicas familiares cambian. Por un lado, hay jóvenes que continúan necesitando apoyo económico o emocional; por otro, padres y madres que llegan a edades cada vez más avanzadas y requieren nuevas formas de acompañamiento. De este modo, muchas personas se encuentran sosteniendo simultáneamente dos generaciones.
La licenciada Sol Rodríguez Maiztegui, comunicadora social y gerontóloga, explica que el nombre de esta etapa surge también de la creatividad periodística para visibilizar un fenómeno social cada vez más extendido. “Los periodistas y comunicadores somos muy creativos, entonces nos gusta generar títulos como generación lasaña. Podríamos decir también que somos el jamón del sándwich. Son títulos creativos para poner sobre la mesa una temática que ocupa a muchas personas de la mediana edad”, señala.
Más allá de la etiqueta, la especialista destaca que el verdadero desafío es comprender el sentido del cuidado a lo largo de toda la vida. “Celebro que podamos hablar del cuidado y que podamos dimensionar lo importante que es comprender que todos necesitamos cuidados a lo largo de la vida: cuidar y ser cuidados. Esto es una energía que va y viene, que tiene que retroalimentarse permanentemente”, afirma.
En muchos casos, la presión surge de la idea de que quienes están en el medio deben asumir solos la responsabilidad de cuidar a todos. Según Rodríguez Maiztegui, allí aparece uno de los principales problemas. “Muchas veces las personas de mediana edad quedamos atrapadas en la creencia de que somos los únicos cuidadores posibles de las generaciones más jóvenes y de las generaciones más grandes”, advierte.
La prolongación de la vida también cambia los roles tradicionales. En generaciones anteriores era común que, cerca de los 60 años, las personas comenzaran a ser cuidadas. Hoy, en cambio, muchos descubren que siguen ocupando el rol de cuidadores. Esto implica nuevas rutinas, reorganización familiar y una carga emocional que no siempre se reconoce.
Sin embargo, la especialista invita a mirar esta etapa desde otra perspectiva. Para ella, el cuidado no debe entenderse solo como una carga física o funcional. “Cuidar no es solamente recibir a un nieto todas las mañanas o acompañar a alguien al médico. Cuidar también es no sobrecargar, no exigir, no enjuiciar. Cuidar es un mensaje de buen día, es preguntar cómo te fue hoy, es reconocer al otro”, explica.
En ese sentido, propone cambiar la mirada que muchas veces coloca a quienes cuidan en un lugar de sacrificio permanente. Una de las claves, dice, es aprender a compartir responsabilidades y pedir ayuda. “Está bien pedir ayuda y conectar con lo que puedo. Cuando ofrezco lo que me sale bien y fácil, no me cuesta dar”, sostiene.
También subraya la importancia de abrir el diálogo dentro de las familias y reconocer la autonomía de las personas mayores. “Somos todos adultos sentados en un círculo, tratando de ver de qué manera nos cuidamos entre todos”, resume.
En definitiva, la llamada “generación lasaña” pone en evidencia uno de los grandes desafíos sociales de nuestro tiempo: cómo construir redes de cuidado más amplias, donde las responsabilidades no recaigan en una sola persona y donde todas las generaciones puedan aportar desde sus propias capacidades. Porque, como recuerda Rodríguez Maiztegui, cuidar también implica aprender a dejarse cuidar.