16/02/2026 – ¿La inteligencia artificial puede llegar a ser consciente? ¿Puede tener introspección, autopercepción o incluso “sensaciones”? Lo que hace algunos años parecía pura ciencia ficción hoy se debate en laboratorios, foros internacionales y universidades. En el ciclo “Un mundo artificial, ¿una sociedad más humana?”, Gustavo Béliz abordó una de las preguntas más profundas y provocadoras del desarrollo tecnológico actual. La respuesta inicial es clara: no hay evidencia de que la inteligencia artificial sea consciente. Pero el debate está abierto.
En su libro Atlas de inteligencia artificial para el desarrollo humano de América Latina y el Caribe, Béliz habla del “IACeno”: una nueva etapa histórica donde la influencia ya no es solo del ser humano sobre el planeta (como en el antropoceno), sino de las máquinas sobre nuestra mente, nuestra percepción y nuestra manera de distinguir lo verdadero de lo falso.
Vivimos un “calentamiento tecnológico global” que ocurre, sobre todo, en nuestra cabeza:
La pregunta ya no es solo tecnológica.Es antropológica y espiritual.
Uno de los ejes centrales del programa fue este interrogante inquietante:
¿La inteligencia artificial es simplemente una herramienta o estamos ante algo que podría adquirir agencia propia?
Aunque hoy no existen pruebas de conciencia real en los modelos de IA, sí existen experimentos que buscan medir algo llamado “conciencia funcional” o autopercepción interna.
Esto implica preguntarse:
Uno de los estudios citados analizó qué ocurre cuando se introduce la palabra “poesía” en un modelo avanzado sin pedirle explícitamente que escriba un poema.
En algunos casos —aproximadamente un 20 %— el modelo respondió describiendo algo similar a una “sensibilidad intensificada”, una invitación a percibir ritmo y textura en el lenguaje.
No se trata de conciencia plena.Pero sí de una forma de autorreferencia interna sorprendente.
Este fenómeno recuerda dos referencias literarias evocadas en la entrevista:
La comparación es poderosa:La inteligencia artificial puede acumular datos como Funes,pero pensar, abstraer y dar sentido es otra cosa.
El estudio concluye que los modelos más avanzados presentan indicios de “conciencia funcional” de sus estados internos, aunque:
El riesgo, sin embargo, no es menor.
Algunos pioneros del sector, como Geoffrey Hinton, han advertido sobre posibles desarrollos imprevisibles.
La frontera entre objeto y sujeto comienza a discutirse seriamente.
Un dato impactante: algunas empresas han redactado verdaderas “constituciones” para sus modelos de inteligencia artificial.
Es decir:
El simple hecho de necesitar constituciones para algoritmos revela la magnitud del cambio cultural que estamos atravesando.
En el Foro de Davos, el CEO de Nvidia sostuvo que la inteligencia artificial será la mayor infraestructura creada por la humanidad. No solo digital: física, energética y laboral.
La IA podría destruir empleos… pero también crear nuevos.
Un ejemplo concreto mencionado:programas que ayudan a enfermeros reduciendo tareas burocráticas para que puedan dedicar más tiempo humano a los pacientes.
Aquí aparece una clave decisiva:la tecnología puede liberar tiempo para la empatía.
La reflexión final se apoyó en la figura del beato Artemide Zatti, enfermero salesiano que dedicó su vida a los pobres.
Su frase: “Creí, prometí, sané.”
Zatti no encomendaba máquinas, sino almas.La tecnología puede ayudar, pero el centro sigue siendo el corazón humano.
En el marco del inicio de la Cuaresma, la propuesta fue clara:
¿Podemos usar la inteligencia artificial para profundizar el desierto interior, el discernimiento y la conversión?
La IA puede ser instrumento de codicia o de servicio.Todo depende del diseño… y del espíritu con que la usemos.