19/05/2026 – La inteligencia artificial avanza cada vez más rápido y ya forma parte de la vida cotidiana. Está en las búsquedas, en las conversaciones, en las imágenes que editamos y hasta en la manera en que muchas personas comienzan a vincularse emocionalmente. Pero en medio de este crecimiento tecnológico surge una pregunta profunda: ¿qué pasa con nuestra humanidad cuando empezamos a reemplazar el encuentro real por respuestas automáticas?
En el ciclo “Buscadores de sentido” de Radio María Argentina, la licenciada en Psicología y logoterapeuta Patricia Farías reflexionó sobre este tema desde una mirada existencial. El punto de partida fue una experiencia concreta: personas que aseguran sentirse más comprendidas por una inteligencia artificial que por sus propios vínculos cercanos.
Lejos de demonizar la tecnología, la reflexión apuntó a algo más profundo: el riesgo de perder la calidez humana y despersonalizar nuestros vínculos. Farías planteó que muchas veces buscamos versiones “mejoradas” de nosotros mismos —como fotos corregidas artificialmente, sonrisas que no existían o respuestas automáticas para evitar conflictos— y eso termina alejándonos de lo auténtico.
Desde la logoterapia desarrollada por Viktor Frankl, Patricia Farías recordó la importancia de la “inteligencia existencial”, es decir, la capacidad de preguntarnos por el sentido de nuestra vida, por nuestros valores y por el lugar que ocupamos en el mundo.
En este contexto, explicó que el gran riesgo no es la tecnología en sí misma, sino dejar de pensar, reflexionar y responder desde nuestra propia interioridad. La inteligencia existencial implica detenerse, contemplar, discernir y elegir desde los valores personales, no solamente reaccionar impulsivamente o dejarse llevar por lo que hacen los demás.
Farías compartió un ejemplo muy concreto: jóvenes que pasan horas encerrados en su habitación interactuando con “amigos” creados por inteligencia artificial, mientras el contacto humano real desaparece. También mencionó situaciones cotidianas en las que alguien responde mensajes generados por IA incluso estando a pocos metros de distancia de otra persona de su familia.
Allí aparece, según explicó, uno de los grandes peligros de esta época: la despersonalización. Es decir, dejar de responder desde el propio ser auténtico para empezar a actuar según modelos externos, algoritmos o necesidades de aprobación.
Durante la entrevista, Patricia Farías retomó un esquema muy trabajado en la logoterapia: cuatro dimensiones que ayudan a orientarse en el “mapa de la existencia”.
La primera es la receptividad: la capacidad de recibir lo que la vida trae sin reaccionar automáticamente. Aprender a contemplar, escuchar y abrirse a la realidad.
La segunda es la reflexividad: detenerse a pensar antes de responder. No reaccionar impulsivamente, sino preguntarse qué sentido tiene lo que estamos viviendo y desde dónde queremos actuar.
Luego aparece la responsabilidad, entendida como la capacidad de responder libremente desde los propios valores y convicciones. Para Farías, una persona comienza a despersonalizarse cuando deja de elegir desde su interior y simplemente sigue lo que hacen los demás o lo que “marca la tendencia”.
Finalmente, la resiliencia permite sostenerse incluso cuando las respuestas no son las esperadas. No quedarse atrapado en la frustración, sino seguir buscando caminos con esperanza.
A lo largo de toda la conversación aparece una idea central: ninguna tecnología puede reemplazar completamente el encuentro humano. La mirada, el abrazo, la presencia y la conversación cara a cara siguen teniendo un valor único.
Por eso, Farías insistió en que el desafío actual no es rechazar la inteligencia artificial, sino aprender a usarla sin perder lo esencial: la capacidad de amar, vincularnos, reflexionar y vivir desde nuestra autenticidad.
En definitiva, la pregunta no es solamente cuánto avanza la tecnología, sino cuánto estamos cultivando nuestra humanidad en medio de ese avance.
En una cultura donde todo parece acelerado, automático y programable, el Evangelio sigue recordando el valor del encuentro personal. Jesús nunca reemplazó la cercanía humana: miró a las personas a los ojos, escuchó sus historias y se detuvo ante el dolor concreto de cada uno.
La tecnología puede facilitar muchas cosas, pero no puede reemplazar la profundidad de un vínculo auténtico. El corazón humano sigue necesitando presencia, escucha, abrazo y sentido.
Por eso, en medio de tantos avances, tal vez el mayor desafío espiritual de este tiempo sea no dejar de ser verdaderamente humanos.