Libertad: por qué no es simplemente hacer lo que queremos

jueves, 9 de abril de 2026

09/04/2026 – ¿Qué significa realmente ser libres? En un tiempo en el que la palabra “libertad” aparece constantemente en discursos políticos, debates sociales y conversaciones cotidianas, la filosofía vuelve a plantear una pregunta tan antigua como necesaria: ¿de qué hablamos cuando hablamos de libertad?

En el ciclo “Pensar lo que vivimos, para no vivir sin pensar”, el licenciado Diego Fonti, doctor en Filosofía, profesor de la Universidad Católica de Córdoba e investigador del CONICET, compartió en Radio María una profunda reflexión sobre el significado de la libertad humana. En diálogo con el programa, el filósofo propuso recorrer algunas claves que la tradición filosófica y el pensamiento cristiano ofrecen para comprender mejor esta dimensión esencial de la condición humana, especialmente en el marco del tiempo pascual.

La libertad: una pregunta tan antigua como la filosofía

Fonti recordó que la pregunta por la libertad atraviesa toda la historia del pensamiento. Ya en la antigüedad, los filósofos distinguían dos grandes dimensiones del problema.

Por un lado, la libertad en su dimensión política y social, vinculada a la posibilidad de que las personas participen en la organización de su comunidad, determinen sus leyes y construyan formas de convivencia justas.

Por otro lado, aparece una pregunta más profunda, casi metafísica: ¿está el ser humano determinado por fuerzas externas o posee una auténtica capacidad de elegir?

La actualidad de este interrogante se vuelve evidente cuando observamos el uso cotidiano de la palabra libertad. Muchas veces —explica el filósofo— se la define rápidamente como “hacer lo que uno quiere”. Sin embargo, esa definición resulta insuficiente.

En la vida real, ser libres muchas veces implica no hacer aquello que deseamos. Elegir no responder con violencia, decidir no actuar impulsivamente o renunciar a una reacción inmediata son ejemplos concretos de cómo la libertad también se expresa en el dominio de uno mismo.

Deseos, condicionamientos y responsabilidad

Otro aspecto interesante que aparece en la reflexión filosófica es la relación entre libertad y deseo. Algunos pensadores, como John Locke, señalaban que la voluntad humana no es completamente libre porque nuestros deseos no dependen totalmente de nosotros.

No elegimos qué nos conmueve, qué nos atrae o qué nos interpela. Hay experiencias —la belleza, el amor, la compasión— que nos alcanzan sin que las programemos.

Esto revela algo fundamental de la experiencia humana: no todo en nuestra vida es pura actividad o control. También somos receptores de aquello que la realidad nos presenta.

En ese contexto, el pensamiento cristiano y filosófico ha intentado comprender cómo se articulan estas dimensiones: condicionamientos culturales, influencias sociales, experiencias personales y capacidad de decisión.

Libertad condicionada, pero real

Para explicar esta tensión, Fonti utilizó una imagen sugerente: la libertad humana podría compararse con una “libertad condicional”.

No existe una libertad absoluta. Todos vivimos condicionados por múltiples factores: nuestra historia, nuestra cultura, nuestras circunstancias sociales y económicas. Sin embargo, dentro de esos límites sí existe un espacio real para elegir.

La libertad, entonces, no sería una cosa que poseemos de manera absoluta, sino una capacidad: la posibilidad de optar entre diferentes caminos dentro de las posibilidades que tenemos.

Cuando la responsabilidad viene antes que la libertad

El filósofo también recuperó el pensamiento del filósofo Emmanuel Levinas, quien propuso invertir una idea muy difundida.

Habitualmente pensamos que primero elegimos libremente y luego asumimos la responsabilidad por nuestras decisiones. Pero Levinas sugiere lo contrario: la responsabilidad hacia el otro aparece antes que nuestra libertad.

La presencia del otro —su rostro, su fragilidad, su necesidad— ya nos interpela. Nos convoca a responder. A partir de ahí, podemos elegir ignorar ese llamado o asumirlo.

En ese sentido, la libertad humana se juega en la forma en que respondemos a esa llamada del otro.

Dos formas de entender la libertad

Para profundizar esta reflexión, Fonti mencionó la distinción del filósofo Isaiah Berlin entre dos formas fundamentales de libertad:

Libertad negativa, entendida como libertad “de”:
la ausencia de coerción o de restricciones injustas. Es la libertad de no sufrir violencia, de no ser oprimido, de no ser privado de derechos básicos.

Libertad positiva, entendida como libertad “para”:
la capacidad de participar activamente en la vida social, debatir ideas, construir acuerdos y orientar la propia vida junto a otros.

Ambas dimensiones son necesarias. Una sociedad verdaderamente libre requiere proteger a las personas de la opresión, pero también generar condiciones para que puedan desarrollarse, dialogar y construir el bien común.

Incluso las leyes —cuando están orientadas al bien común— no son enemigas de la libertad. Al contrario, pueden ser expresiones de acuerdos sociales que permiten la convivencia.

Reflexión pastoral: la libertad como camino hacia el amor

En el contexto de la Pascua, esta reflexión adquiere una resonancia especial. La historia de la salvación está profundamente marcada por la experiencia de la liberación.

La primera Pascua fue la salida del pueblo de Israel de la esclavitud en Egipto. No se trató solo de una experiencia espiritual, sino también histórica: Dios libera a su pueblo de una situación concreta de opresión.

En el cristianismo, esta experiencia se profundiza en la vida de Jesús. Su entrega libre en la cruz revela que la verdadera libertad no consiste en hacer lo que queremos, sino en amar hasta el extremo.

María, al aceptar el anuncio del ángel, también expresa una libertad plena: una decisión consciente de ponerse al servicio del proyecto de Dios.

Así, la libertad cristiana no es simplemente independencia individual. Es la capacidad de responder al llamado del amor, de hacerse cargo del otro y de construir comunidad.

La verdadera libertad no se agota en la autonomía personal: se realiza plenamente cuando se transforma en responsabilidad y servicio.