¿La tecnología nos ayuda a vivir mejor o nos está enseñando a vivir sin pensar?

martes, 3 de febrero de 2026

03/02/2026 – En tiempos de inteligencia artificial, pantallas omnipresentes y decisiones automatizadas, la pregunta por lo humano vuelve a ser urgente. El Licenciado Diego Fonti, doctor en Filosofía, profesor de la Universidad Católica de Córdoba e investigador del CONICET, que nos acompaña en el ciclo “Pensar lo que vivimos, para no vivir sin pensar” en Radio María, nos invita a ejercitar la mirada crítica sobre nuestra vida cotidiana y los supuestos que la sostienen.

La técnica como remedio y como veneno

La filosofía —lejos de ser una disciplina abstracta— se ha preguntado desde siempre por la relación entre el ser humano y la técnica. Fonti recupera el mito de Prometeo para explicar esta tensión originaria: el fuego, símbolo de la técnica, permite sobrevivir… pero también destruirse.

“La técnica es como el fármaco: puede ser remedio o veneno. La diferencia está en la cantidad y en el uso”.

Desde las cloacas y el agua potable hasta las vacunas y los derechos humanos, la técnica ha sido clave para la supervivencia de la humanidad. Pero, al mismo tiempo, también nos configura: moldea nuestros vínculos, nuestra percepción del cuerpo, del tiempo y del otro.

¿Existe algo propio del ser humano?

Hoy la ciencia muestra cuánto compartimos con otros seres vivos. Sin embargo, Fonti subraya un rasgo distintivo: la responsabilidad.

“Los seres humanos tenemos la obligación de dar respuesta por nuestras acciones”.

Esta capacidad de responder, de hacernos cargo, es la base de los contratos, de la política y de la vida en común. Por eso —explica— no podemos pensar la técnica sin pensar también la ética y la organización social que la regula.

Inteligencia artificial y sesgos humanos

Uno de los puntos más actuales del diálogo fue el análisis crítico de la inteligencia artificial. Lejos de ser neutral, la IA reproduce los valores, intereses y prejuicios de quienes la diseñan.

“La inteligencia artificial no es objetiva: proyecta los sesgos de la época y de quienes la programan”.

Esto se vuelve especialmente delicado en ámbitos como la medicina, la economía o la educación, donde la lógica del mercado y la ganancia puede primar sobre la dignidad de las personas.

Pantallas, experiencia y vida encarnada

Fonti advierte que no todo se resuelve con prohibiciones o mandatos. La clave está en ofrecer experiencias alternativas: el contacto con la naturaleza, el cuerpo, el otro, el tiempo real.

“Una app puede decirte si una fruta está madura, pero no te reemplaza el perfume del durazno”.

La tecnología puede enriquecer —y de hecho lo hace—, pero cuando reemplaza la experiencia corporal, el encuentro, el error y la fragilidad, algo profundamente humano se pierde.

La fe cristiana nos recuerda que el ser humano no es una pieza más del engranaje técnico, sino imagen de Dios, llamado a cuidar, discernir y amar. La Doctrina Social de la Iglesia insiste en que la técnica debe estar siempre al servicio de la persona y del bien común, nunca al revés.

Pensar lo humano frente a la tecnología no es un lujo intelectual: es un acto de responsabilidad. Como comunidad creyente y como sociedad, estamos llamados a preguntarnos si los desarrollos tecnológicos nos hacen más solidarios, más atentos al sufrimiento ajeno y más custodios de la creación.

En un mundo acelerado, detenernos a pensar —como propone este ciclo— es ya un gesto profundamente evangélico.