27/05/2026 – Con esta afirmación, el Padre Javier Soteras resume una de las claves más profundas de la espiritualidad del Sagrado Corazón: la reparación no es una acción mágica ni automática, sino una tarea compartida entre la gracia de Dios y la libertad humana.
En el ciclo “Enseñanzas desde el Magisterio de la Iglesia”, el Padre Javier Soteras, director de Radio Maria Argentina, reflexionó sobre los números 181 al 190 de la encíclica Dilexit Nos del Papa Francisco. El eje de la enseñanza gira en torno al “sentido social de la reparación al corazón de Cristo”, una propuesta profundamente actual frente a las heridas culturales, sociales y espirituales del mundo contemporáneo.
La palabra “reparación” puede sonar antigua o difícil de comprender. Sin embargo, el Padre Soteras la explica desde una perspectiva profundamente humana y espiritual.
Reparar no es simplemente restaurar algo roto. Es participar con Dios en la tarea de recrear la vida, devolviendo dignidad, belleza y sentido allí donde el mal ha dejado huellas de destrucción.
La imagen bíblica de la creación ayuda a comprender esta idea. En el Génesis, Dios transforma el caos en cosmos. Del mismo modo, en medio de una realidad muchas veces marcada por la fragmentación y la violencia, Dios continúa recreando la existencia humana.
Pero esta recreación necesita nuestra participación. El sacerdote retoma una conocida frase de San Agustin: “Dios nos creó sin nuestro consentimiento, pero no nos salvará sin él”. La reparación implica entonces un “sí” concreto del ser humano y un compromiso activo para colaborar en la reconstrucción del bien.
El texto de Dilexit Nos cita especialmente a San Juan Pablo II, quien afirmaba que “sobre las ruinas acumuladas por el odio y la violencia” es posible construir la civilización del amor.
El siglo XX dejó una experiencia dolorosa de destrucción masiva: guerras mundiales, totalitarismos y sistemas ideológicos que utilizaron las estructuras del Estado para deshumanizar al hombre. San Juan Pablo II, marcado personalmente por el nazismo y el comunismo en Polonia, interpretó estos procesos como expresiones del mal convertido en estructura.
El Padre Soteras explica que el mal dejó de ser solamente una suma de actos individuales para convertirse en sistemas organizados que destruyen vínculos, culturas y pueblos enteros.
Frente a esa lógica destructiva, la respuesta cristiana no es el resentimiento ni el odio. Es la misericordia. Es el perdón que reconstruye. Es la caridad entendida como fuerza capaz de rehacer el tejido humano roto por la violencia.
La reparación, entonces, consiste en colaborar con Cristo para reconstruir el bien y la belleza allí donde el pecado dejó ruinas.
Uno de los conceptos centrales abordados en el programa es el de “pecado social”, desarrollado especialmente por San Juan Pablo II.
El Padre Soteras aclara que todo pecado tiene una dimensión social porque el ser humano vive siempre en relación con Dios, con los demás, consigo mismo y con la creación. Cuando se rompe esa armonía, las consecuencias alcanzan inevitablemente a otros.
Algunos pecados adquieren incluso una dimensión estructural. Por ejemplo, la corrupción, la indiferencia organizada o los sistemas económicos que generan exclusión terminan produciendo formas estables de injusticia y pobreza.
El sacerdote insiste en una idea importante: la pobreza no se reduce únicamente a la falta de dinero. Existen pobrezas culturales, vinculares, espirituales y humanas.
Una persona puede tener recursos materiales y, sin embargo, vivir en profunda pobreza afectiva, relacional o espiritual. Del mismo modo, una sociedad puede mostrar grandes avances tecnológicos y al mismo tiempo destruir sus vínculos fundamentales.
El Papa Francisco utiliza en este texto la expresión “alienación social”. El Padre Soteras la explica como una desconexión profunda de la realidad y de la propia identidad.
La persona alienada vive fuera de sí misma, desconectada de sus vínculos esenciales y atrapada en una realidad ficticia.
En este contexto, el sacerdote advierte sobre algunos efectos culturales del presente, especialmente el impacto del uso excesivo de las redes sociales y de ciertos modos de comunicación que alteran la relación sana con el tiempo y el espacio.
Cuando se pierden esas coordenadas fundamentales, también se debilita la capacidad de vivir relaciones auténticas y de asumir responsabilidades concretas.
La alienación no afecta solamente a quienes viven situaciones extremas. Puede atravesar silenciosamente la vida cotidiana de muchas personas que terminan desconectadas de sí mismas, de los demás y de la realidad concreta.
La propuesta cristiana frente a este escenario es profundamente comunitaria. Reparar implica reconstruir relaciones humanas sanas y recuperar el sentido de pertenencia.
El Padre Soteras retoma aquí otra expresión de San Juan Pablo II: construir una “casa y escuela de comunión”. Solo desde vínculos auténticos puede humanizarse nuevamente la vida social.
La reparación comienza en el corazón, pero necesariamente se proyecta hacia las estructuras sociales, culturales y políticas. No se trata solo de un cambio interior individual, sino también de una transformación del modo de vivir juntos.
Por eso el amor cristiano no puede permanecer encerrado en lo privado. Está llamado a convertirse en fuerza de comunión y de reconstrucción social.
La espiritualidad del Sagrado Corazón aparece así como una propuesta profundamente contemporánea.
En tiempos donde muchas personas experimentan fragmentación, aislamiento y pérdida de sentido, el mensaje cristiano propone volver al centro: recuperar la dignidad humana desde el amor de Dios.
La reparación no consiste solamente en lamentar lo que está roto. Consiste en colaborar activamente con la gracia para rehacer vínculos, sanar heridas y construir una civilización del amor.
El corazón de Cristo sigue invitando hoy a participar en esa tarea.
Muchas veces repetimos que “todo está roto”. Las relaciones sociales, la confianza, el diálogo, las familias, las instituciones. Sin embargo, la fe cristiana no se queda en el diagnóstico del caos.
Dios continúa creando. Continúa recreando. Y nos llama a participar en esa obra.
La reparación comienza cuando dejamos de mirar el mundo solamente desde la queja o el miedo y nos animamos a ser parte de la reconstrucción. Un gesto de misericordia, una palabra que restaura, una relación que vuelve a cuidarse, una comunidad que aprende a escucharse.
El amor de Cristo no elimina nuestra libertad. La convoca.
Tal vez reparar el corazón del mundo empiece por permitir que Dios repare primero el nuestro.