El amor que nos saca de la mediocridad: la reparación según Santa Teresa y Santa Teresita

miércoles, 17 de junio de 2026

17/06/2026 – ¿Puede una persona cambiar el mundo desde el silencio de una habitación, desde una enfermedad o incluso desde una situación de aparente impotencia? La espiritualidad cristiana responde que sí. No por las propias fuerzas, sino porque el amor de Dios encuentra caminos misteriosos para actuar a través de quienes se entregan a Él.

En el ciclo “Enseñanzas desde el Magisterio de la Iglesia”, el Padre Javier Soteras, director de Radio María Argentina, continuó profundizando la encíclica Dilexit Nos del Papa Francisco. En esta ocasión, la reflexión se centró en dos grandes maestras de la espiritualidad: Santa Teresa de Jesús y Santa Teresita del Niño Jesús, quienes ofrecen dos imágenes complementarias para comprender el misterio de la reparación y la colaboración del creyente con la obra de la gracia.

La reparación como un “pararrayos” de misericordia

El Padre Javier parte de una imagen muy expresiva utilizada por Santa Teresa de Jesús. La santa propone ofrecerse a Dios como un “pararrayos” frente a las consecuencias destructivas del pecado.

La explicación requiere comprender primero qué significa la justicia divina. Lejos de la idea de un Dios que castiga arbitrariamente, la tradición cristiana entiende muchas veces esa justicia como el respeto de Dios por la libertad humana. Cuando el hombre se aparta de Dios y utiliza mal su libertad, genera desorden, división y sufrimiento. Las consecuencias de ese alejamiento repercuten en la persona, en las relaciones humanas y en la creación entera.

Ante esa realidad, Santa Teresa propone una actitud de intercesión. Ofrecerse a Dios significa implorar su misericordia para que intervenga allí donde el ser humano se encuentra atrapado en las consecuencias de sus propias decisiones.

No se trata de reemplazar a Dios ni de salvar al mundo por cuenta propia. Se trata de convertirse en un espacio disponible para que la gracia actúe.

Cuando el sufrimiento se transforma en ofrenda

La reflexión adquiere una profundidad especial cuando se aplica al sufrimiento humano. El Padre Soteras recuerda que muchas personas atraviesan enfermedades, privaciones, crisis familiares, dificultades morales o situaciones que no han elegido. La espiritualidad cristiana no invita a buscar el sufrimiento, pero sí a descubrir que incluso esas experiencias pueden adquirir un sentido nuevo cuando se ofrecen a Dios.

Aquí aparece la enseñanza de San Pablo: “Completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo”. No porque la redención de Jesús sea insuficiente, sino porque el Señor permite que sus hijos participen de su obra salvadora.

Cada persona que lleva con fe y amor sus propias cruces se convierte en un lugar donde el misterio pascual sigue actuando en la historia.

La reparación, entonces, no consiste solamente en hacer cosas por Dios. También consiste en ofrecer la propia vida para que Él pueda obrar a través de ella.

Lo importante no es lo que vivimos, sino cómo lo vivimos

Uno de los puntos más luminosos de la reflexión aparece cuando el Padre Javier recuerda las palabras del profeta Isaías: “Pondré mis ojos en el humilde y contrito de corazón”. La mirada de Dios no se detiene primero en las circunstancias externas, sino en la actitud interior. Dos personas pueden atravesar la misma situación dolorosa y vivirla de manera completamente distinta. Lo decisivo es la disposición del corazón.

El sufrimiento vivido desde la rebeldía puede encerrarnos en nosotros mismos. El sufrimiento vivido desde la confianza puede transformarse en una fuente de gracia. Por eso la espiritualidad de la reparación no busca el dolor. Busca el amor capaz de transformar incluso el dolor.

Santa Teresita y el canal de la gracia

Si Santa Teresa de Jesús utiliza la imagen del pararrayos, Santa Teresita del Niño Jesús ofrece otra perspectiva complementaria. La joven carmelita no habla tanto de detener las consecuencias del mal, sino de convertirse en un canal por donde fluya el amor de Dios.

Su experiencia espiritual se expresa en una imagen sencilla y poderosa: dejarse consumir por el fuego del amor divino para que la gracia alcance a muchas personas. El ejemplo más conocido es el de aquel condenado a muerte por cuya conversión rezó intensamente. Antes de ser ejecutado, el hombre besó un crucifijo y se reconcilió con Dios. Para Teresita, aquel gesto fue la confirmación de que la gracia había actuado. No porque ella hubiera realizado algo extraordinario, sino porque se había ofrecido para que Dios pudiera actuar libremente.

Ser amor en el corazón de la Iglesia

La reflexión alcanza uno de sus momentos más hermosos cuando aparece la célebre intuición de Santa Teresita. Ella soñaba con ser misionera, sacerdotisa, mártir, contemplativa y evangelizadora al mismo tiempo. Quería vivir todas las vocaciones. Pero descubrió que existía un lugar donde podía serlo todo: el corazón de la Iglesia.

Entonces escribió una de las frases más conocidas de la espiritualidad cristiana: “En el corazón de la Iglesia, mi madre, yo seré el amor”. Para Teresita, quien permanece unido al corazón de Cristo participa misteriosamente de toda la vida de la Iglesia.

Por eso incluso una persona enferma, anciana, privada de libertad o limitada físicamente puede ejercer una fecundidad inmensa cuando vive unida al amor de Dios.

La eficacia invisible de la oración

Nuestra cultura suele valorar únicamente aquello que produce resultados visibles e inmediatos. Sin embargo, la lógica del Evangelio es diferente. Teresita estaba convencida de que sus oraciones llegaban a lugares que jamás conocería en esta vida. La comunión de los santos permite que la gracia circule mucho más allá de lo que podemos medir o comprobar.

El Padre Javier recuerda que quien ora con fe se convierte en un canal de misericordia para personas, situaciones y realidades que probablemente nunca llegará a conocer. La eficacia de la oración no depende de verla actuar, sino de confiar en quien actúa.

Dios quiere llevarnos más alto

La reflexión concluye con una imagen muy gráfica tomada del monje benedictino Mamerto Menapace. Cuenta la historia de un águila criada entre pavos. Aunque había nacido para volar alto, terminó viviendo como los demás animales del corral. Veía pasar las águilas y soñaba con volar, pero finalmente permaneció en la mediocridad de aquello para lo que no había sido creada.

La enseñanza es clara: muchas veces los seres humanos estamos llamados a mucho más de lo que creemos. Dios no nos invita a la mediocridad. Nos llama a la grandeza. No porque ignore nuestras limitaciones, sino porque conoce el potencial que ha puesto en cada uno.

El problema no es que Dios espere demasiado de nosotros. El problema suele ser que nosotros esperamos demasiado poco de nosotros mismos.

La fe nace del amor

Durante el diálogo también aparece una afirmación profundamente iluminadora: la fe es fruto del amor. Siguiendo a Benedicto XVI y a Santo Tomás de Aquino, el Padre Soteras recuerda que nadie realiza un acto auténtico de fe si no se siente atraído por el amor que Dios le revela. La fe no es simplemente aceptar una serie de ideas. Es responder al amor recibido.

Por eso el camino espiritual comienza siempre por dejarse amar. Cuando una persona se sabe amada por Dios, comienza a emerger lo mejor de sí misma. La humildad auténtica consiste precisamente en aceptar esa mirada amorosa que Dios tiene sobre nosotros.

Reflexión pastoral

Muchos creyentes piensan que para colaborar con Dios necesitan hacer grandes obras o realizar acciones extraordinarias. Sin embargo, la enseñanza de Santa Teresa y Santa Teresita muestra otro camino.

Dios puede actuar a través de una oración silenciosa, de una enfermedad ofrecida con amor, de una intercesión perseverante o de un sufrimiento vivido con esperanza. Lo importante no es la magnitud visible de lo que hacemos. Lo decisivo es permitir que el amor de Dios encuentre espacio para actuar.

La reparación comienza cuando dejamos de preguntarnos cuánto podemos hacer nosotros y empezamos a preguntarnos cuánto estamos dispuestos a dejarnos amar por Dios. Porque cuando el amor ocupa el corazón, incluso la vida más sencilla puede convertirse en un canal de gracia para el mundo.