Soledad fecunda o sufrida: cómo transformarla en crecimiento

jueves, 19 de febrero de 2026

19/02/2026 – “Hay silencios que abrazan y silencios que duelen.” En el ciclo “Buscadores de sentido”, la licenciada en Psicología y logoterapeuta Patricia Farías abordó una pregunta profundamente existencial:
¿Qué diferencia a la soledad que construye de la que lastima? No es lo mismo estar solo que sentirse solo. Y en esa distinción se juega gran parte de nuestra salud emocional y espiritual.


¿Qué pensamos cuando pensamos en soledad?

Desde la logoterapia —la escuela fundada por Viktor Frankl— la primera pregunta no es cómo evitar la soledad, sino qué significa para nosotros. “¿Qué es la soledad para vos?”, propone Patricia.

Si la asociamos automáticamente a abandono, fracaso o vacío, nuestra vivencia será negativa. Pero si la entendemos como espacio de encuentro interior, puede convertirse en una experiencia fecunda.


Soledad concreta y soledad existencial

Hay una soledad objetiva: la pérdida de un ser querido, una separación, un duelo.
Pero también existe una soledad existencial, que es parte de la condición humana: hay decisiones que solo nosotros podemos tomar.

Esa soledad no necesariamente es sufrimiento. Puede ser profundidad.

En filosofía se habla de:

  • Soledad sufrida: vivida como abandono y vacío.
  • Soledad fecunda: vivida como autoconocimiento y libertad.

La diferencia no está en la circunstancia, sino en la actitud.


El riesgo del autoaislamiento

Patricia compartió un ejemplo concreto: una persona que lloró toda la noche por pasar sola la Navidad, pero había rechazado una invitación. Aquí aparece una clave logoterapéutica: Muchas veces no estamos solos, sino que elegimos aislarnos.

El aislamiento es una situación externa. La soledad es la respuesta emocional ante esa situación. Y no siempre coinciden.


¿Por qué tememos la soledad?

Porque en el silencio aparecen preguntas. Porque en el silencio emerge la propia conciencia.

En un mundo saturado de redes sociales, notificaciones y estímulos permanentes, el silencio puede resultar incómodo. Pero sin silencio no hay autoconocimiento. Como expresó uno de los oyentes, la soledad puede ser el espacio donde escuchamos “esa voz interior”. Para el creyente, es también el lugar donde habla Dios.


La soledad no es sinónimo de tristeza

Una persona puede vivir sola y no sentirse sola. Otra puede estar rodeada de gente y sentirse profundamente aislada. La clave está en la experiencia de pertenencia:

  • Sentirse hijo amado.
  • Sentirse parte de una comunidad.
  • Sentirse llamado a una misión.

Cuando existe sentido, la soledad se vuelve espacio de crecimiento.


La dimensión espiritual: nunca completamente solos

Patricia recordó algo central desde la fe cristiana: nadie está absolutamente solo. El vínculo con Dios no es una idea abstracta, sino una relación que sostiene incluso en la ausencia humana. En este tiempo litúrgico de conversión, la soledad puede transformarse en cita interior, en encuentro profundo con Aquel que ama sin condiciones.


Soledad social, emocional y crónica

La reflexión también permitió distinguir distintas formas de soledad:

  • Soledad social: falta de red o vínculos.
  • Soledad emocional: carencia de conexión íntima.
  • Soledad crónica: sensación persistente que puede requerir ayuda profesional.

Aquí la logoterapia recuerda que el sentido no desaparece, aunque la circunstancia sea adversa.


¿La soledad es inevitable?

En cierto modo, sí. La vida incluye momentos de separación, duelo, decisiones personales. La pregunta no es si la evitaremos, sino cómo la viviremos.

Podemos padecerla como tormenta devastadora… o convertirla en lámpara que ilumina, como aquella imagen del objeto reciclado que adquiere nueva belleza. La soledad fecunda no es ausencia de dolor.
Es presencia de sentido.