Discernir qué ideas orientan el mundo que se está construyendo

jueves, 30 de abril de 2026

30/04/2026 – En un mundo donde la tecnología avanza a una velocidad inédita y donde figuras influyentes del ámbito digital proponen nuevas formas de organizar la sociedad, surge una pregunta decisiva: ¿qué tipo de verdad hay detrás de esos discursos?

En el ciclo “Pensar lo que vivimos, para no vivir sin pensar”, el Licenciado Diego Fonti —doctor en Filosofía, profesor de la Universidad Católica de Córdoba e investigador del Conicet— propuso una reflexión profunda a partir de un caso concreto: el pensamiento de ciertos líderes tecnológicos contemporáneos que cuestionan la democracia y promueven visiones marcadas por , la élite y hasta imaginarios apocalípticos.

Más allá de los nombres propios, la invitación es más amplia: aprender a discernir qué ideas orientan el mundo que se está construyendo.

La verdad como “poliedro”: múltiples caras de una misma realidad

Para abordar este tema, Fonti retomó una imagen sugerente propuesta por el papa Francisco: la verdad como un poliedro, es decir, una figura con múltiples caras.

Esta idea permite comprender que no existe una única forma de acercarse a la verdad. Ya en encuentros anteriores, el filósofo había explicado distintas dimensiones:

  • La verdad como correspondencia con la realidad.
  • La verdad dentro de sistemas lógicos o matemáticos.
  • La verdad pragmática, vinculada a sus consecuencias.
  • La verdad como autenticidad de vida.

A estas formas se suma una dimensión muchas veces incómoda: la verdad como disputa.

Siguiendo al filósofo Friedrich Nietzsche, Fonti recordó que en algunos casos la verdad aparece como el resultado de una lucha, de la imposición de una determinada visión del mundo sobre otras.

Este aspecto es clave para comprender los discursos contemporáneos que buscan instalar determinadas ideas como únicas o inevitables.

Cuando la verdad se vuelve imposición

Uno de los riesgos actuales es que ciertas narrativas —especialmente vinculadas al poder tecnológico— se presenten como verdades indiscutibles cuando en realidad responden a intereses, visiones parciales o proyectos ideológicos.

En este sentido, Fonti analizó cómo algunas corrientes toman conceptos filosóficos para construir discursos que justifican el control social, la desigualdad o la concentración del poder.

Ideas como el “deseo mimético” —la tendencia a desear lo que otros desean— o la noción del “chivo expiatorio” —culpar a un grupo por los problemas sociales— pueden ser utilizadas para interpretar la realidad, pero también para manipularla.

El problema no es pensar estas categorías, sino cómo se las utiliza y con qué finalidad.

Tecnología y control: una tensión creciente

Uno de los puntos más sensibles de la reflexión fue el vínculo entre tecnología y control.

Hoy contamos con herramientas capaces de identificar personas, analizar comportamientos y predecir decisiones. Estas capacidades pueden tener usos positivos —como mejorar la seguridad o la salud—, pero también pueden derivar en sistemas que limiten la libertad humana.

Fonti advirtió sobre el riesgo de una lógica en la que la tecnología no solo asiste al ser humano, sino que decide por él. Un escenario donde algoritmos o sistemas automatizados determinen qué nos conviene, qué debemos hacer o incluso qué podemos desear.

La pregunta entonces se vuelve inevitable: ¿seguimos siendo sujetos libres o nos convertimos en objetos de gestión?

Democracia imperfecta… o control total

Frente a esta tensión, aparece otro debate de fondo: el valor de la democracia.

Es cierto que la democracia es imperfecta. Implica discusiones, tensiones, intereses cruzados. Es, en palabras del propio Fonti, un sistema “barroso”, complejo y a veces frustrante.

Pero la alternativa —un sistema de control absoluto basado en datos, eficiencia y decisiones centralizadas— puede resultar mucho más peligrosa.

Una sociedad donde unos pocos deciden por todos, incluso con buenas intenciones, corre el riesgo de perder algo esencial: la dignidad y la libertad de cada persona.

La pregunta clave: ¿para qué?

Para salir de simplificaciones, el filósofo recuperó una enseñanza clásica de Aristóteles y Santo Tomás de Aquino: todo debe analizarse según su finalidad.

No alcanza con preguntarnos qué puede hacer una tecnología. Es necesario preguntarnos:

  • ¿Para qué se desarrolla?
  • ¿A quién beneficia?
  • ¿Qué tipo de sociedad promueve?

Esta pregunta por la finalidad es la que permite discernir el valor ético de los avances técnicos y de los proyectos políticos.

Porque no todo lo posible es deseable.

Entre la fascinación y el discernimiento

Las nuevas generaciones han nacido en un mundo atravesado por la tecnología. Para ellas, muchas de estas herramientas no son novedad, sino parte natural de la vida cotidiana.

Esto plantea un desafío particular: cómo educar en el discernimiento sin caer en el rechazo simplista ni en la aceptación acrítica.

La tecnología tiene un potencial enorme para el bien: puede democratizar el acceso al conocimiento, visibilizar injusticias, mejorar la calidad de vida. Pero también puede concentrar poder, manipular información y profundizar desigualdades.

Por eso, el problema no es la tecnología en sí, sino los valores que la orientan.

El valor del control… y sus límites

En la reflexión apareció también una distinción importante: no todo control es negativo.

Existen controles necesarios para proteger la vida, la salud y la seguridad de las personas. Desde la regulación de medicamentos hasta la verificación de productos o la formación profesional, el control puede ser una herramienta de cuidado.

El problema surge cuando el control se transforma en un mecanismo de dominación que anula la libertad. La clave, nuevamente, está en la finalidad.

🌿 Reflexión pastoral

En el corazón de esta reflexión aparece una verdad profundamente cristiana: el ser humano está llamado a transformar el mundo, pero no a dominarlo de manera absoluta.

La capacidad técnica es un don, pero necesita ser orientada por valores que pongan en el centro a la persona y al bien común.

Frente a discursos que promueven la supervivencia del más fuerte o la concentración del poder, el Evangelio propone otro camino: el de la dignidad de cada vida, la solidaridad y el cuidado de la casa común.

Discernir la verdad hoy implica también una actitud espiritual: no dejarse seducir por promesas de poder o control, sino buscar aquello que construye humanidad.