29/12/2025 – La inteligencia artificial ya no es una promesa futura: es una realidad cotidiana que atraviesa nuestra vida, la economía, la política y la democracia. En el ciclo “Un mundo artificial, ¿una sociedad más humana?”, Gustavo Béliz propone una lectura profunda, crítica y esperanzadora sobre las tendencias clave de la inteligencia artificial en 2025.
Gustavo Béliz, miembro permanente de la Academia Pontificia de Ciencias Sociales del Vaticano y director del Atlas de inteligencia artificial para el desarrollo humano de América Latina y el Caribe, compartió en Radio María un análisis claro y accesible sobre los principales cambios que marcaron este año en materia de inteligencia artificial.
Según explicó, el 2025 puede definirse como el año de la masividad de la inteligencia artificial: una tecnología que dejó de ser exclusiva de expertos para incorporarse aceleradamente a la vida cotidiana.
La irrupción de los chats de inteligencia artificial —como ChatGPT y sus múltiples variantes— aceleró una adopción social sin precedentes. Muchas personas ya usaban IA sin saberlo en sus teléfonos celulares, aplicaciones y plataformas digitales.
“Sigue siendo un término polisémico, con muchos significados, pero hoy la inteligencia artificial ya forma parte de nuestra vida cotidiana”, explicó Béliz.
Esta masividad plantea oportunidades enormes, pero también desafíos éticos, sociales y espirituales.
Una de las primeras grandes tendencias es la explosión de regulaciones. Béliz utilizó una imagen muy gráfica:
“Es como un gran plato de tallarines: muchas normas, muchas leyes, muchas iniciativas, pero sin coherencia global”.
Existen regulaciones municipales, provinciales, nacionales e incluso regionales, pero falta un gran tratado internacional sobre inteligencia artificial, comparable a los pactos sobre derechos humanos o no proliferación nuclear.
Sin una convención global, el riesgo es avanzar de manera fragmentada, confusa y contradictoria.
Otra tendencia preocupante es el relajamiento de las medidas de seguridad. En la carrera por lanzar productos al mercado —y en la competencia militar— se están habilitando sistemas que no cuentan con controles suficientes.
Esto se vuelve especialmente delicado cuando la inteligencia artificial se combina con:
La humanidad ya ha sufrido consecuencias graves por la falta de controles, recordó Béliz, citando la incertidumbre que aún rodea el origen del COVID.
El 2025 también se caracteriza por una oleada gigantesca de inversiones. Ya no se habla de millones, sino de billones de dólares destinados al desarrollo de IA.
Esto genera una pregunta inquietante:
¿Estamos ante una nueva burbuja financiera?
Tal como ocurrió con las empresas “.com” a comienzos de los años 2000, existe el riesgo de que estas inversiones —financiadas con deuda— no puedan sostenerse en el tiempo.
El propio Fondo Monetario Internacional ha advertido sobre la posibilidad de un desequilibrio financiero global vinculado a la expansión descontrolada de la inteligencia artificial.
Para pagar esas enormes inversiones, las empresas necesitan ganancias crecientes. ¿Cómo las obtienen?
Béliz fue claro:
Aquí se abre un dilema central del 2025:
¿La inteligencia artificial se desarrollará para alimentar la adicción o para promover el desarrollo humano?
Uno de los puntos menos visibles —pero más críticos— es el consumo energético.
La llamada “nube” no es etérea: son gigantescos centros de datos que requieren:
Cada consulta a un chat de IA implica un gasto energético significativo. Algunas supercomputadoras llegan a consumir lo mismo que una ciudad o un país pequeño.
Béliz destacó que en regiones como la Patagonia podría existir una oportunidad si los centros de datos se asocian con:
Al mismo tiempo, se están desarrollando modelos de IA más eficientes, capaces de consumir menos energía y reducir el impacto ambiental.
Más allá del uso cotidiano, la transformación más profunda se dará en el mundo productivo. La inteligencia artificial impulsa una nueva revolución industrial, con:
Pero Béliz subrayó un punto clave de la Doctrina Social de la Iglesia:
“El ser humano debe estar siempre en el centro”.
La automatización no puede excluir a los trabajadores ni imponerse sin diálogo.
Una de las grandes tendencias emergentes es la discusión sobre los pactos predistributivos. Antes de aplicar inteligencia artificial, hay que preguntarse:
Empresarios, trabajadores y consumidores deben participar del beneficio. Sin consenso, la tecnología genera rechazo, temor y menor productividad.
Béliz presentó una mirada “poliédrica”, siguiendo al Papa Francisco, sobre el impacto de la IA en la democracia.
La IA puede mejorar la transparencia:
Con voluntad política, puede fortalecer la participación democrática.
La IA puede transparentar campañas y financiamiento, pero también:
Este es uno de los desafíos más complejos del presente.
La IA puede mejorar salud y educación, pero también profundizar brechas si solo acceden a ella quienes tienen recursos, especialmente en proyectos transhumanistas.
La inteligencia artificial puede ser:
Depende de quién controle el timón.
Béliz compartió un fenómeno emergente: ya no solo el Estado vigila a los ciudadanos, sino que los ciudadanos también controlan al poder.
Con teléfonos y cámaras, se denuncian abusos policiales, excesos de fuerza y violaciones a derechos, ampliando libertades en lugar de restringirlas.
En el cierre, Béliz propuso una clave fundamental:
“La inteligencia artificial no puede ser un pequeño dios escondido en una caja”.
El corazón humano contiene lo mejor y lo peor. Por eso, sin vida espiritual, sin valores y sin fe, la tecnología se vuelve peligrosa.
Estos temas —afirmó— deben hablarse en familia, porque son intergeneracionales y afectan nuestra forma de vivir, decidir y creer.