Ven y verás

jueves, 4 de enero de 2007
image_pdfimage_print
Estaba Juan Bautista con dos de sus discípulos y mirando a Jesús que pasaba, dijo; “Este es el Cordero de Dios”.
Los dos discípulos al oírlo hablar así siguieron a Jesús. Él se dio vuelta y viendo que lo seguían les preguntó:-¿Qué quieren?-Ellos le respondieron:-Rabí (que traducido significa Maestro), dónde vives?
-Vengan y lo verán- les dijo. Fueron, vieron donde vivía y se quedaron con Él ese día.
Eran alrededor de las cuatro de la tarde. Uno de los dos que oyeron las palabras de Juan y siguieron a Jesús, era Andrés, el hermano de Simón Pedro.  Al primero que encontró fue a su propio hermano Simón y le dijo;-Hemos encontrado el Mesías, que traducido significa Cristo. Entonces lo llevó adonde estaba Jesús. Jesús lo miró y le dijo:-Tú eres Simón, el hijo de Juan. Tú te llamarás Cefas, que traducido significa Pedro.”
Juan 1, 35 – 42

En este relato del evangelio de Juan se nos presenta nuevamente a Juan, el Bautista dando testimonio de Jesús. Y frente a este testimonio, dos de sus discípulos van a seguir a Jesús.

Precisamente, la misión de Juan es preparar los caminos del Señor. Es hacer que aquellos que lo reconozcan como al Mesías y que puedan seguirlo. Aquí empieza, entonces, este llamado de Jesús a sus primeros discípulos.

Este párrafo del evangelio de Juan que hemos proclamado narra como Jesús recluta sus cinco primeros discípulos entre los seguidores de Juan, el Bautista. Es cierto, que tan sólo de los dos primeros se dice explícitamente, que se contaban entre los discípulos de Juan pero la observación puede extenderse también a los otros tres. Ya que fueron hallados igualmente en las cercanías del lugar en que Juan ejercía su actividad. Y respondieron sin vacilar a la invitación de Jesús.

Los cinco estaban evidentemente, ligados por vínculos de amistad. La perícopa muestra pues, la forma en que el Bautista cumple la misión a él encomendada, de dar testimonio en favor de la Luz.

Esta proclamación que hemos hecho en el evangelio de Juan, el testimonio que da ante los discípulos se da en el mismo lugar en que había hecho la primera proclamación, al decir que: “Él es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.”

Al ver a Jesús, que camina a cierta distancia de allí, repite las palabras del día anterior. Los dos discípulos, entendiendo que el Bautista, directamente a seguir a aquel hombre, se van tras él.

Jesús se vuelve y les pregunta ¿Qué desean? Éstos, le manifiestan el deseo de saber dónde vive, porque quieren pedirle los admita allí, a una entrevista más detenida en la cual pueden informarse con exactitud a cerca de su persona. Jesús los invita cortésmente a seguirlo hasta su albergue donde se quedan con él el resto del día.

Rabí era un título usual para personas de consideración y lo empleaban sobre todo los alumnos cuando hablaban a su maestro. La hora décima según la costumbre en el mundo romano, según la época. De contar las horas del día desde la salida hasta la caída del sol, equivale a decir a las 4 de la tarde.

La entrevista los satisface. Y los dos amigos deciden unirse a Jesús en calidad de discípulos. Uno de ellos, es como se dice, Andrés, el hermano de Simón Pedro, a quien se supone conocido de los lectores, bajo el anónimo del amigo de Andrés. Aquel que no se nombra oculta seguramente a el discípulo que Jesús amaba cuyo nombre propio no se da nunca en el cuarto evangelio, pero que se ha de identificar como Juan, el hijo del Zebedeo y autor del libro.

Andrés se encuentra al día siguiente, según parece, con su hermano Simón, y lleno de alegría le comunica que acaban de encontrar al Mesías. Y lo conduce hasta Jesús. En el texto original griego el semítico Mesías, se encuentra en todo el Nuevo Testamento. Sólo aquí y en 4, 25. En todos los otros casos se usa en vez de ésta, la correspondiente forma griega Xristós, o Cristo.

Nosotros vamos a tratar de ir descubriendo en este encuentro de Jesús con los discípulos de Juan, como ellos buscaron al Señor, como llegan a través de una invitación y cómo también en nuestra vida, se va dando este encuentro con Jesús a través de la invitación, a través de un consejo de unas personas que tienen mayor experiencia en el encuentro con Dios.

Tiene toda una resonancia para Juan, el Ciervo de Yahvé, que viene para salvar no sólo a Israel, sino a la humanidad. Y esto se cumple en Jesús, que Jesús es el Cordero.

Dios siempre toma la iniciativa, en el llamado, en la vocación. Dios es siempre el que la toma. Y esa iniciativa, que se da a través de este testimonio de Juan, que cala hondo en el corazón de esos dos discípulos. Y por eso, dejando a su primer maestro, van en busca del segundo. Es decir, de aquel que se dan cuenta es más importante. De alguna manera, el primer maestro, Juan el Bautista, los ha ido preparando para este encuentro con Jesús.

Entonces ese deseo es realidad: se acercan a Señor, lo siguen. Cuando Jesús se da cuenta les pregunta:-Qué quieren? Ellos responden:-Maestro ¿Dónde vives? Frente a este interés, Jesús les dice:-Vengan y verán. Fueron, vieron donde vivía y se quedaron con Él.

Aquí el evangelio no señala ningún lugar como nosotros ubicamos dónde vivía Jesús. Dónde era su morada. Y esto puede ser también un dato desde una interpretación espiritual: “Jesús es el lugar. Él en su persona es el lugar donde nosotros debemos vivir.”

Vengan y lo verán: Vieron dónde vivía y se quedaron con ÉL. No importa el lugar, en todas partes está el Señor. En todo lugar podemos encontrarnos con Él. Por eso nadie puede decir: ¿Cómo voy a conocer yo a Jesús? ¿Adónde tengo que ir para poder encontrarme con ÉL?

El Señor está en todas partes. Que importante que nosotros lo busquemos. Que sintamos el deseo de encontrarlo y que haya quienes nos lo puedan señalar: “Este es el Cordero de Dios”.

Muchos en sus vidas han encontrado así personas que le han ido señalando, le han indicado quién es Jesús, dónde encontrar al Señor. Y ha hecho posible de que muchos pudieran seguirlo en la vida matrimonial, o en la vida consagrada, en la vida sacerdotal.

En la historia vocacional de muchos, sacerdotes, religiosas, religiosos, siempre ha habido, alguien que les ha presentado a Jesús de una manera hermosa, de una manera fuerte. Que les ha llamado la atención y ha hecho surgir en ellos ese deseo de seguir a Jesús, encontrase con Él.

¿Dónde vives? Vengan y lo verán.

Esto también nos hace recordar aquellas otras palabras de Jesús: Vengan a Mí, los que están cansados y afligidos. Es un llamado también del Señor.

No sólo podemos ir al Señor, cuando estamos entusiasmados, fervorosos por lo grande que hemos descubierto de su ser, de su persona, de su Amor. Sino también ir al Señor en los momentos difíciles porque descubrimos en Él, es el único que nos puede aliviar, que nos puede ayudar, en nuestras necesidades más profundas y nos puede sacar nuestras miserias más grandes.

Y dice: “se quedaron con Él todo el día”.

Esto también nos recuerda lo que dice el evangelio de Marcos en el cap. 3, 13: “y Jesús llamó a los que Él quiso para que estuvieran con Él.” Es importante estar con Jesús. Para poder ser discípulos del Señor, primero tenemos que estar con Él, dejarnos moldear por Él, conocerlo más a Él, experimentar su Amor, para poder entonces, después sí seguirlo y anunciarlos a los demás.

Otro dato interesante es que uno de los dos que oyeron las palabras de Juan y siguieron a Jesús, era Andrés, el hermano de Simón Pedro. Y queda el otro, ése que está anónimamente, de quien no se dice su nombre. Pero es un poco el que está narrando y es el autor de este cuarto evangelio; que es Juan, el amado del Señor.

Es Juan el que tiene también tiene ese encuentro con Jesús. También vemos como en este encuentro con el Señor se le va dando distintos títulos a Jesús: “Cordero de Dios”, dice Juan, el Bautista. Estos dos discípulos que lo siguen lo llaman “Maestro”, y después Andrés (cuando al otro día se encuentra con su hermano), le dice: hemos encontrado al “Mesías”.

“Cordero de Dios, Maestro, Mesías”. Juan ya va presentando quien es Jesús. De alguna manera, ya nos va diciendo que Jesús es aquél que viene a salvar a los hombres, es aquél en quien se cumplen todas las promesas de salvación. Aquél que viene a nosotros a mostrarnos, a enseñarnos el camino para llegar a Dios, el que viene a enseñarnos sobre el Reino de Dios. Y de esa manera lo entienden ya  estos primeros discípulos.

Después de este encuentro, que ha dejado fascinados a estos dos discípulos, Andrés y Juan; cuando hay una fuerte experiencia de encuentro con Dios es algo que no podemos callarlo, que no podemos guardarlo solamente para nosotros y que, necesariamente, con quien nos encontremos se lo vamos a comunicar. Y aquí Andrés se encuentra con su hermano Simón: – Hemos encontrado al Mesías. Nos podríamos figurar en la cara que tenía en ese momento Andrés, cómo le brillarían los ojos, con qué alegría le estaría diciendo a su hermano Simón. Pero no solamente le comenta: “hemos encontrado al Mesías”, entonces dice: “lo llevó adonde estaban ellos”. Lo que él había descubierto, había vivido, no podía callarlo, y hace que no solamente lo comente sino que lo lleve a su hermano a la presencia del Señor.

Esto tiene que pasar también en nuestra vida de creyentes. Si realmente nos encontramos con Jesús, esto nos tiene que impulsar a contarlo. En la experiencia diaria de cada uno nos damos cuenta cómo están avanzando hoy las iglesias o comunidades cristianas no católicas. Entre los mismos católicos escuchamos comentarios que dicen: “que bárbaro! Cómo estos evangélicos no tienen miedo de salir, de golpear las puertas, de anunciar a Cristo por las calles”… Y nos quedamos en eso, nosotros no hacemos nada. Pareciera que nuestro encuentro con el Señor no es algo que verdaderamente nos entusiasme y por lo tanto, nos impulse a comunicarlo a los demás.

Qué importante que esto nos anime a decir: “y bueno, si ellos tienen esa fuerza ¿qué los impulsa? Y bueno, debe ser también el amor al Señor”. Yo pienso también, que eso nos tiene que impulsar a nosotros a no guardar, a no esconder nuestra fe.

Y en éste último versículo dice Jesús, la miró y le dijo: – Tú eres Simón, el hijo de Juan. Tú te llamarás Cefas, que traducido significa Pedro.

Algo que también impacta en el relato en los evangelios, es cuando dice que Jesús miró a alguien. A veces especifica más y dice “lo miró con amor”. Esta mirada de Jesús a Simón nos hace recordar esa mirada de Jesús al mismo Simón cuando lo niega, cuando no tiene la valentía de presentarse como su discípulo. Pero es una mirada que lo invita al arrepentimiento y a descubrir el Amor y la Misericordia de Dios. Esta mirada de Jesús a Simón, frente al anuncio de su hermano Andrés, es una mirada también cautivante, está llamando a Pedro a algo más de lo que él tiene costumbre de hacer.

Que nosotros podamos también de alguna manera, sentir, experimentar esa mirada del Señor en nuestra vida. Para que también nosotros nos animemos a ser sus discípulos a seguirlo. En esto tratemos de volver a reflexionar sobre este relato. Ir descubriendo pequeños detalles que nos van abriendo a un encuentro con el Señor. Ese Señor que sigue estando en medio de nosotros, que sigue llamando a colaborar con Él en la obra de la Redención, en el anuncio del Reino, en esta sociedad que tanto necesita de Dios. Tratemos de pedirle a Dios esa Gracia.

Ya desde el comienzo el evangelio de Juan, cuando habla de Simón, siempre lo nombra como Simón Pedro. Cefas, pone el vocablo arameo, que significa “roca”. La imposición de este nombre equivale a la declaración de que Jesús lo juzga idóneo para ser algún día el pastor del rebaño, que Él como Mesías habrá de reunir. Las palabras de Jesús pueden significar que Simón recibe el nombre de Cefas, bien sea en este mismo momento, o bien en otra ocasión, posteriormente. No se puede excluir la posibilidad de que Jesús le haya dado el nombre ya desde el primer encuentro. Pero el verbo en futuro sugiere que la imposición se hará efectiva más tarde.

El nombre de Cefas no aparece en ninguna otra parte de los evangelios. Pablo, en cambio, lo emplea habitualmente. Juan escribe generalmente, Simón Pedro. Según los sinópticos el nombre de Pedro o Cefas no le fue impuesto o prometido a Simón en el momento en que fue llamado, sino con motivo de la elección de los Apóstoles. Una divergencia semejante se observa, también a propósito del anuncio de la traición de Judas, que en Juan se hace (si bien en forma misteriosa), con ocasión de la profesión mesiánica de Pedro. Mientras que en los tres sinópticos sucede en el transcurso de la última cena.

Está señalando Jesús, al llamarlo de esa manera (Cefas: Pedro), esa capacidad que descubre, porque el Señor al mirar conoce el corazón de los hombres. Él mejor que nadie, sabe quien está delante de Él. Y entonces estará pensando en Simón, como a aquel a quien le va a encomendar la tarea, de guiar, de gobernar, de presidir la Iglesia que ÉL va a fundar.

Esto también nos hace pensar a nosotros cuando el Señor nos llama. Uno se pregunta y se dice: ¿Por qué a mí? ¿Qué tengo yo para que el Señor me elija?  ¿Por qué no a otro? El Señor conoce el corazón, y nos conoce mejor que nosotros mimos. Él sabe de qué estamos hechos. Y que hay siempre una posibilidad que puede ir creciendo; que tal vez nosotros en este momento, no estamos conociendo. Y por eso decimos: ¿por qué a mí, por qué no a otros?

Sí, uno puede pensar que hay otros que son mejores, y es cierto. Pero aquí está el misterio de la llamada, de la iniciativa de Dios. Y que Él nos llama también porque ÉL quiere, no por méritos propios, sino según su Amor y Misericordia.

Por eso el Señor le decía a los apóstoles: “No son ustedes los que me eligieron a Mi, sino yo el que los elegí a ustedes”. “Ustedes son mis amigos”. Ese sentido de amistad, de predilección, de preferencia. Por eso tenemos que tratar de ir descubriendo: primero a qué nos ha llamado el Señor, en la vida consagrada, en la vida sacerdotal, en la vida matrimonial. Creo que también debemos tomar el matrimonio como un llamado. El Señor que llama a los esposos a hacer presente su Amor en el mundo. A hacer presente su Amor en la familia. Esa familia que necesita ser hoy un testimonio del Amor de Dios en el mundo.

Esa familia que ante los ojos del mundo está tan vapuleada, tan desprestigiada, que se entiende de maneras tan distintas. Creo que los católicos, los cristianos debemos presentar dignidad, la vida de todo hombre, de toda persona.

Por eso decimos, el Señor nos llama. ¿A qué nos llama? Buscar de estar con el Señor.

¿De qué manera vamos a estar con el Señor? El Señor cuando dice “vengan y verán”, no dice un lugar preciso. Lo importante es buscarlo al Señor en la oración personal, en la meditación de la Palabra de Dios, pero también nuestra fe, nuestra vida, nuestro llamado se realiza en la Iglesia. Y la Iglesia como comunidad, pero también como lugar de encuentro con Dios. No sólo en el edificio material, sino dónde se reúne la comunidad. La que nos dice el Señor: “donde dos o más se reúnan en mi Nombre, allí estoy Yo”. Por eso es importante la celebración dominical. Poder encontrar y buscar al Señor en esa celebración, porque allí también lo vamos a conocer y nos vamos a encontrar con Él.

Buscar, entonces, los momentos para estar con el Señor, para poder experimentar lo que experimentaron Andrés y Juan: saber dónde vive Jesús, conocer un poco más al Señor. Y para que de esa manera podamos anunciarlo a los demás.

Queremos ser tus discípulos Señor, para que estemos abiertos al encuentro cotidiano con Él. Para que siguiendo el ejemplo de los primeros discípulos, acerquemos a Jesús a otros hermanos que no lo conocen. Y que tengamos fuerza y valentía para renunciar a todo lo que nos aleja de sus huellas, de sus enseñanzas.

Quisiera terminar esta catequesis de hoy, rezándole a Dios, pidiéndole con las mismas palabras que nos enseñó Jesús. Aprender esta oración a rezarla con sentimiento, porque el Padrenuestro es la oración que surge del corazón mismo del Hijo de Dios que se dirige al Padre Dios. Es la oración que está hecha en el Espíritu del Amor del Padre y del Hijo.

Entonces también nosotros, en ese amor del Espíritu, como hijos en el Hijo, nos dirijamos al Padre para pedirle que tengamos siempre el corazón abierto para poder escuchar su llamado, para poder descubrir lo que Él quiere de nosotros, para poder recibir la fuerza que Él nos va a dar, para poder obrar conforme a su misión, a sus designios de amor.