Tengo cinco panes y dos peces.

domingo, 26 de julio de
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El gentio era incontable. 

y el clima de expectacion, indescriptible. Estuvimos ahi horas y horas, colgados de sus palabras, conteniendo la respiracion para oirlo todo.

su palabra era completamente novedosa y sin embargo, parecia que algo en nosotros la hubiera estado esperando desde siempre, desde nuestro nacimiento, o desde mucho antes.

el dia se paso sin que nos dieramos cuenta. nadie habia percibido que el sol estaba ya cayendo sobre las colinas.

Solo nos dimos cuenta cuando sus amigos empezaron a discutir, entre molestos y preocupados. 

Hacian señas como de que era tarde, y nosotros demasiados. Escuche algo del pan, y ahi recorde que no habia comido nada en todo el dia.

Habia salido temprano. Pense que volveriamos en unas dos o tres horas, y sin embargo, acepte el pequeño canasto que me dio mi previsora madre. Yo tenia alli lo necesario para, en un instante, saciar el hambre de la cual solo ahora era consciente. Los que lo acompañaban empezaron a preguntar: ¿Alguien tiene algo para comer? 

yo estuve luchando conmigo mismo un buen rato. Me daba cuenta de que nadie alrededor habia traido nada: habian venido como yo, pero no tenian quiza una madre como la mia.

Una enorme tentacion de salir corriendo, o deslizandome sigiloso, y alejarme de la multitud y comenzar a comer por el camino parecia ya vencerme. Pero de pronto mi mirada se cruzo, por un fugaz instante con la suya. Y al instante lo supe: tenia que darlo TODO.

Yo tengo” musite.

¿Cuanto tienes, muchacho?” Grito uno de sus amigos. 

“Cinco panes y dos pescados. Es todo. Llevenlo al Maestro, debe estar cansado y hambriento, yo puedo soportar.”

Dos de ellos, con esceptica mirada, tomaron el pequeño paquete, como sufriendo de antemano por la escasez.

Nuevamente nuestras miradas se cruzaron. 

Y lo vi tomar eso poco, mientras nos ordeno sentarnos. Obedecimos sin saber por que. Tambien nosotros estabamos cansados. 

Lo vi mirar al Cielo, y rezar como solo El sabe hacerlo. Y luego, sus manos comenzaron a partir el pan. Pan sabroso, abundante, pan que rapidamente pasaba de mano en mano- llevado por sus amigos a cada extremo- y de ellas a nuestras bocas.

Nadie supo, y todos supimos, lo que paso.

Nadie podia explicarlo, y sin embargo, todos vimos con claridad alli, quien era El.

Las doce canastas llenas, la paz que reinaba, los corazones y nuestros cuerpos satisfechos: todo era claro. 

Su Milagro pronto se hizo conocido por todos. Pocos supieron que, cuando se iba yendo, se acerco a mi y me dijo, simplemente, “Gracias”.

 

(Extraido del Libro “Y la red se lleno de peces” del Padre Leandro Bonnin.)

Leonel Rodriguez