Inesperando al Dios inesperado

domingo, 11 de diciembre de
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A propósito de Inesperar, verbo no verbal. 

 

Tengo una duda lingüística a pesar de ser profesor de lengua, o quizá por eso… ¿Se puede “inesperar”? ¿Existe ese verbo? Pero más allá del verbo, que, mira, casi me da igual… ¿existe la verdad del que “inespera”? ¿Existe alguien, ahora mismo, que esté “inesperando”?

No, no se rían de mí todavía. Esperen. Sí esperen. Quizá estas líneas tengan un final inesperado. Pero para eso tendrán que aprender a inesperar sobre la marcha, así, según me leen. Si no, difícilmente el final será inesperado. Permítanme que le haya quitado ya las comillas a esta palabra, para la que reclamo un hueco en nuestro léxico, igual que lo tienen inesperado/a. Ya se encargará Word de subrayar con rojo cada inesperanza, no se preocupen por eso. 

Porque ese participio sí que existe, él solito, sin verbo que le guarde una casilla en su tabla de tiempos, números y personas… I-nes-pe-rado. Debe ser un participio reducido a la categoría de adjetivo. 

Y como simple adjetivo, lo maltratamos, y se lo aplicamos a muchas cosas que sin duda no lo son, y nos equivocamos casi siempre, porque no sabemos inesperar. 
Por ejemplo, decimos que inesperadamente llegó la navidad en El Corte Inglés, pero, ¿hay algo más esperable que los reclamos para el negocio, luces enchufables para invitar a hacer lo mismo de siempre?

O decimos que fue un éxito inesperado el de aquél o aquella cantante nuevo/a, siendo sin embargo un fruto más del mercado de las novedades que la propia novedad de la siguiente novedad se encargará de hacer olvidar. 

O fue inesperado el triunfo de tal o cual político, y lo decimos como si fuera la novedad del milenio, sabiendo que el egoísmo estaba ya más que inventado, y se deja ver con una frecuencia que difícilmente le puede a uno pillar por sorpresa. 

No. Eso no tiene nada de inesperado. Y no lo tiene porque no había nadie “inesperando”. 
Definitivamente, inesperar debe ser un verbo no verbal, entiéndase, un gesto, actitud, sensación o pálpito. Algo que sólo puede sentirse y no pronunciarse, de ahí su no “verbalidad” (y disculpen de nuevo la agresión al léxico). Y hace falta la persona que sienta eso ahí, dentro. 

Pregunté a Google por tal verbo, y le pillé por sorpresa. No me supo dar ni una sola entrada del verbo inesperar, y amablemente, como es él, me corrigió por “esperar”. Sólo un cantante brasilero le puso ese nombre a una canción. Eso sí, los bites me invitaron a hacer en Facebook una nueva página con ese nombre, e innumerables propuestas me llevaban a sus páginas inventando películas con ese nombre, para quedarme allí, en sus tentáculos. Qué previsible. 

Hablando de películas, yo creo que en las de miedo sí que inesperamos bastante. En ellas, nos vamos preparando para el susto, como en aquél chiste de zuto o muete. La música nos prepara, la puerta, el picaporte, el primer plano… Y de repente, cuando más lo esperábamos, entonces nos cansamos de esperar, nuestro sistema nervioso relaja un poco, lo suficiente para seguir comiendo palomitas, o rascarnos la cabeza… y entonces, sólo entonces, cuando inesperamos, llega el susto y nos asustamos. Es curioso pero tiene que haber un segundo, o una milésima de segundo, donde dejamos de esperar, y es entonces donde se cuela lo inesperado. El director sabe perfectamente cuando inesperamos. ¿Cómo te quedas?

Pero… ¿y si además de con los sustos, pasase con la alegría?. ¿Y si de tanto esperar las alegrías de siempre, intentando poner nuestra mejor música y color, buscar nuestro mejor perfil y olor, comprando nuestro mayor placer y solaz… y si en medio de tanta expectativa… de repente inesperásemos, le dejásemos un resquicio a la alegría para que nos sorprenda por la espalda, relajásemos el corazón y dejemos de buscarla, precisamente para así poder recibirla? 

Pues sí, existen los saltos de alegría, los sopetones de amor, que, como el susto, nos pueden estar esperando a que dejemos de controlarlo todo, a que relajemos, a que callemos, a que esponjemos el corazón, a que dejemos que alguien nos regale la alegría. 

 Los acomodados, los que vivimos a este lado de las alambradas y los mares asesinos, casi ya no inesperamos. Sólo en las pelis de miedo. Normalmente no queremos que ninguna alegría nos meta el dedo allí donde más cosquillas tenemos. Sólo compramos alegrías. 

Pero los pobres sí, esos sí saben. Lo veo en María. Esta niña nos enseña bastante de esto en Adviento. Es experta en dejar que lo inesperado la sorprenda del modo más natural, porque está siempre inesperando. Porque sabe que sus logros no conquistarán nunca la alegría, sino que le vendrá. 

También saben de esto los pescadores, siempre inesperando, noche tras noche, hasta que la cuerda tira y la comida llena la cesta. 

Jesús pescador era sin duda un inesperador impenitente: ¡tantas veces saltó de alegría!. Fue en aquella mesa en que la extranjera le pide con más fe que el más judío. O en casa de Zaqueo, que rima con Mateo en el susto solidario que le dieron a Jesús. O en casa del fariseo Simeón donde le hicieron cosquillas en los pies con los cabellos. O en el susto inesperable de Jesús por las canastas sobrantes del banquete de los pobres. O en las gracias de un leproso. O en la mirada de un niño. O en la oveja encontrada. O en la piedra que suelta la mano terca. O en el Cirineo que suda con él. O en la cara de susto de los apóstoles inesperadamente resucitados. Ya de niño aprendió a inesperar de pastores y magos, de José y Maria. 

 Es curioso lo inesperado, porque viene de fuera, como un susto alegre, pero hay que inesperarlo. 

Desde luego, Dios es… inesperado no, lo siguiente.

 

Juan Carlos de la Riva