Del Amor y los zapatos

jueves, 22 de septiembre de
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Si quisiéramos comenzar el año abriendo los ojos a un sueño, no me equivocaría afirmando que este sueño no puede ser otro que el de la felicidad.

La felicidad es el sueño que todos querríamos hacer realidad. Pero soñar lo mismo cuando lo mismo no alcanza para todos aquí no tiene otra lectura que habernos equivocado de sueño, porque la felicidad verdadera no puede entrar en conflicto con la felicidad ajena. Si mi felicidad se opone a la de los otros, es que no es felicidad. Por el contrario, creo firmemente en la naturaleza complementaria de este valor; es decir, que la felicidad se nutre de la felicidad de los otros. La vida está llena de ejemplos ¿De qué otra forma explicarse que una madre haga depender su felicidad en la de su hijo? ¿Es que hay esposa o esposo más feliz que aquél que hace feliz a su cónyuge?

Pensar en una felicidad que no funcione de esta manera es equivocarse de
felicidad o más bien, confundir la felicidad con otra cosa: la riqueza, por ejemplo o el poder o la manipulación de las otras voluntades para  ponerlas a nuestro servicio.

Y la felicidad no es algo que se pueda aprehender con las manos como sucede con la riqueza y aún, con la manipulación de las otras voluntades (en su sentido literal). Por el contrario, la condición de la felicidad es resbaladiza: mientras más la buscamos más se escurre. Por eso, cuando la buscamos en los asideros de la riqueza se nos escapa y nos convierte irremisiblemente en esclavos de ella, así estemos tan pobres como la leche descremada, pues el afán de la riqueza más que la riqueza en sí misma es lo que nos esclaviza.




 


Yo vi una vez la felicidad tomando mate al filo de una banqueta en la argentina destrozada por la crisis del 2001. Eran un padre, una madre y unos hijos departiendo con una intensidad que había paralizado el tiempo en ese quicio humilde la alegría de sentirse juntos. Como éste podría citar muchos ejemplos. Y en todos ellos encuentro el mismo común denominador: el amor. San Agustín decía “Ama y haz lo que quieras”. Su divisa moral es práctica pura. Si todos la viviéramos nadie se molestaría en formular leyes jurídicas. “Ama y haz lo que quieras”, de paso, es la fórmula de la felicidad, pues la felicidad cumpliría con
ella su condición de estado universal para las personas de manera muy distinta a como acontece en el estado de competencia darviniana en que vivimos. Decididamente, no habría necesidad de una selección natural para mejorar la especie, puesto que el tabulador de la mejoría mediría parámetros muy ajenos a la fuerza y al dominio y más cercanos a la bondad y el sacrificio. En definitiva: al amor.

Y qué poco se parece el amor a los zapatos, que mientras más se usa menos se acaba. El amor está hecho para crecer andando y encontrar la felicidad en el acto mismo del recorrido antes que en cualquier destino premeditado.

La felicidad sólo puede estar al alcance de quién ama.

 

Fuente: motivaciones.org

 

Oleada Joven