Duelo entre el desaliento y la esperanza

lunes, 16 de enero de
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Habla el desaliento

Soy un hombre encorvado por el peso de la desilusión y la experiencia de la vida. He vivido 50 años, 60 años. Soy un viejo lobo marino. Nada me ilusiona, nada me entristece, todo me resbala; estoy curtido por la vida e inmunizado.

Fui joven. Soñé; porque sólo sueñan los que aún no han vivido.Mis árboles, en aquel entonces, florecían de ilusiones. Cada tarde, sin embargo, había un golpe de viento, y volaban las ilusiones. Me levanté y caí. Volví a levantarme y volví a caer. Sobre el horizonte de mi vista clavé las banderas del combate: Obediencia, Humildad, Paciencia, Pureza, Contemplación, Amor…

Vi que los sueños y las realidades estaban tan distantes como el oriente del occidente. Me dijeron: “Aún puedes”, y de nuevo me embarqué en la nave dorada de la ilusión. Los naufragios se sucedieron. De nuevo me gritaron: “Aún es tiempo” y, aunque encorvado por el peso de tanta derrota, me empiné de nuevo sobre el pináculo de la ilusión. La caído fue peor.

Hoy soy un hombre decepcionado.

Yo no nací para ser hombre de Dios. Me equivoqué de ruta. Pero no es posible regresar a la infancia feliz o al seno materno, para comenzar de nuevo.

Miro atrás y todo son ruinas. Miro a mis pies y todo es desastre. No sé si soy culpable de eso o no, ni siquiera tengo interés en saberlo. No sé si luché con todas las armas o si puse toda la carne en el asador. ¿Importa algo? Nadie vuelve atrás.

Lo que sí sé con certeza es una cosa: no hay esperanza para mí. Lo que fui hasta hoy y lo que soy ahora, lo seré hasta el final. Mi sepultura se levantará sobre las ruinas de mi propio castillo.

 
 
 

Habla la esperanza

Sobre la espuma de la ilusión habías levantado tu casa. Por eso se desmoronó una y mil veces, al vaivén de las olas. La arena de las playas fue el fundamento de tus edificaciones, y era inevitable de la ruina.

Tus reglas de juego fueron el cálculo de probabilidades y las constantes psicológicas, y los resultados están a la vista. Pero tengo una palabra final para decirte en este amanecer; todavía puedes; aún es posible la esperanza; mañana será mejor.

Comencemos otra vez.

Si hasta ahora hubo ruinas, desde ahora habrá castillos de luz apuntando con su proa hacia vértices eternos. Si hasta ahora has cosechado desastres, recuerda: se avecinan centelleantes primaveras.

Detrás de la noche cerrada hay altas montañas, y detrás de las montañas nocturnas viene galopando la aurora. Sólo es bonito creer en la luz cuando es noche.

Detrás del silencio respira el Padre. La soledad está habitada por la presencia, y allá arriba nos esperan el descanso y la liberación.

Ven. Comencemos otra vez.

 
 
 
Yo nací una tarde oscura, sobre un cerro pelado, regada con sangre, cuando todos a coro repetían: “todo está perdido; no hay nada que hacer; murió el soñador: se acabaron los sueños”.

Nací del seno de la muerte. Por eso la muerte no puede destruirme. Soy inmortal porque soy hija primogénita del Dios inmortal. Aunque miles de veces me digas que todo está perdido, miles de veces te responderé que todavía estamos a tiempo.

Si hasta ahora los éxitos y fracasos fueron alternándose en tu vida como los días y las noches, desde ahora, cada mañana Jesús resucitará en ti, y florecerá como primavera sobres las hojas muertas de tu otoño. El vencerá, en ti, el egoísmo y la muerte. Sí, el Hermano te tomará de la mano y te conducirá por los cerros transformantes de la contemplación. Volverán a ondear tus antiguas banderas: Fortaleza, Amor, Paciencia…

La Pureza levantará su desnuda cabeza de plata en tus patios de naranjos, y bajo todas las flores de tu jardín florecerá, invisible, la Humildad.

Resplandecerás con el fulgor de los antiguos profetas en medio del pueblo innumerable. Y, al verte, todos dirán: es un prodigio de nuestro Dios.

Ven. Comencemos otra vez.

Los pobres ocuparán el rincón más privilegiado de tu huerto. ¿Quiénes son esos que, como un enjambre, acuden presurosamente a ti? Son todos los olvidados del mundo, los que no tienen voz, ni esperanza ni amor. Vienen a beber de tus primaveras encendidas por el Resucitado.

Mira: esas estrellas, azules o rojas, parpadean desde la eternidad y hasta la eternidad. Sé como ellas: no te canses de brillar.

Siembra por los campos secos y por las agrias cumbres la misericordia, la esperanza y la paz. No te canses de sembrar, aunque tus ojos  nunca ven las espigas doradas. Los pobres un día las verán.

Camina. El Señor Dios será luz para tus ojos, aliento para los pulmones, aceite para las heridas, meta para tu camino, premio para tu esfuerzo.

Ven. Comencemos otra vez.

Fuente: “Muéstrame Tu Rostro”, Ignacio Larrañaga, San Pablo