Ajustar la mirada para reconocernos

lunes, 11 de noviembre de
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Me parece que muchas veces vamos caminando sin ver y más aún… sin mirarnos.

Nosotros, los hombres (varones y mujeres) andamos tan preocupados por nosotros mismos que no somos capaces de ver, mejor dicho, de mirar.

Pienso en el amor reciproco que Jesús tanto enseñó con su propia vida. En asumir los dolores, el cansancio, las dudas, el fracaso, el temor y también las alegrías, las esperanzas, los anhelos y las ilusiones del “otro”, del otro que es mi hermano.

En la medida que vamos asumiendo con compasión la vida del “otro”, vamos conociéndonos y creciendo nosotros mismos como mejores personas, dando sentido a nuestra existencia.

Les comparto lo que una vez leí y que ilumina nuestra vida para “mirarnos” y descubrir en nosotros cómo estamos en relación al “hermano·.

Un viejo maestro preguntó a sus discípulos:

“¿Quién de ustedes sabría decirme como se puede distinguir el momento en que termina la noche y empieza el día?”

“Yo diría -contesto el primero-, cuando uno viendo un animal de lejos, sabe distinguir si es oveja o perro”.

“¡No!” –Le contestó el maestro.

“podría empezar el día –dijo otro discípulo-, cuando viendo de lejos un árbol, se puede decir si es una higuera, un manzano, un roble o un peral”.

“¡Tampoco!” –Insistió el maestro.

Los discípulos se quedaron pensando y preguntaron:¿entonces, como podremos saber cuándo termina la noche y empieza el día?

El maestro contestó: “cuando mirando el rostro de un hombre cualquiera, vez que es tu hermano”. Porque si no logramos ver esto, cualquiera sea la hora del día, será siempre de noche.

 

Carolina Lizárraga