Domingo 14 de Noviembre de 2021 – Evangelio según San Marcos 13,24-32

viernes, 12 de noviembre de
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En ese tiempo, después de esta tribulación, el sol se oscurecerá, la luna dejará de brillar, las estrellas caerán del cielo y los astros se conmoverán. Y se verá al Hijo del hombre venir sobre las nubes, lleno de poder y de gloria. Y él enviará a los ángeles para que congreguen a sus elegidos desde los cuatro puntos cardinales, de un extremo al otro del horizonte. Aprendan esta comparación, tomada de la higuera: cuando sus ramas se hacen flexibles y brotan las hojas, ustedes se dan cuenta de que se acerca el verano.
Así también, cuando vean que suceden todas estas cosas, sepan que el fin está cerca, a la puerta. Les aseguro que no pasará esta generación, sin que suceda todo esto. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. En cuanto a ese día y a la hora, nadie los conoce, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, nadie sino el Padre.

 

Palabra de Dios

 

 

 

Ya nos vamos acercando al final del año litúrgico y la Palabra nos confronta con nuestra actitud frente a la vida, con la búsqueda de ir caminando por esta historia plenamente y con sentido, atendiendo así a los signos de los tiempos, de tal modo que nos permitan discernir la hondura y la esperanza con la que siempre es posible vivir, en las buenas y en las malas.

Lo cierto, es que nos podemos distraer de lo esencial, de lo que realmente es importante y en lugar de abrir el corazón a Dios, buscando amar, buscando madurar y reconciliar, buscando vivir la fraternidad del Reino al que nos llama Jesús en el aquí y el ahora, nos podemos quedar en miradas oscuras y entristecidas que nos lleven a actitudes perezosas frente a nuestras cualidades y responsabilidades, o también nos podemos encerrar en un sálvese quien pueda subrayando actitudes egoístas que nada aportan al bien común; podemos, también, andar por la vida con pasos cortos, quedándonos en lo pasajero, alimentando el estómago o entreteniendo nuestros sentidos, sin hacernos preguntas hondas ni buscar vivir con sentido.

La vida en este mundo pasa, nuestro tiempo en esta historia es limitado, y aunque lo sabemos de sobra nos cuesta mirar la muerte y nos cuesta creer de verdad en la vida eterna que nos promete el Señor; porque asumir la fe en ella, también es asumir vivir con la esperanza radical que ilumina esta vida, que nos llama a la paciencia frente al dolor, y que sobretodo nos impulsa a amar.

“Cielo y tierra pasarán más mis palabras no pasarán”, dice Jesús. Aprendamos de los signos de los tiempos que en esta pandemia nos dicen de la importancia del cuidado de cada ser humano y de la casa común, de lo necesario que es ayudarnos unos a otros a vivir así con una actitud responsable y solidaria, sin quedarnos en fantasías que nos distraigan y nos escondan de dar respuesta a la realidad que nos toca vivir, y hacerlo desde lo mejor de nosotros mismos.

Los pies pisando bien el suelo pero mirando al cielo, y eso solo lo podemos hacer confiando en la Palabra que viene de Dios y que nos revela el sentido pleno de la vida.

Pidamos la lucidez para darnos cuenta de la verdad que estamos llamados a vivir y que nos impulse a gastar la vida en el amor fiel y comprometido al modo de Cristo. Y caminemos con confianza en este Dios que nos ama y que es Él el único que sabe el día y la hora en que daremos ya personalmente o ya como humanidad toda el paso definitivo hacia sus brazos de Padre y Madre. Que Dios nos bendiga y fortalezca.

Encaramos el penúltimo domingo del año litúrgico. El pueblo cristiano, peregrino hacia Dios, cree atisbar de cerca la meta que otros ya han conseguido (fiesta de Todos los Santos). ¿Cuándo y cómo será el final del recorrido? ¿Qué es lo que Dios nos tiene deparado? ¿Cómo es preciso preparase para acoger cristianamente acontecimiento tan significativo? Son algunas de las preguntas que se hacían los primeros cristianos y que afectan en el presente a los seguidores de Jesús.