Domingo 20 de Marzo de 2022 – Evangelio según San Lucas 13,1-9

martes, 15 de marzo de
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En ese momento se presentaron unas personas que comentaron a Jesús el caso de aquellos galileos, cuya sangre Pilato mezcló con la de las víctimas de sus sacrificios. El les respondió: “¿Creen ustedes que esos galileos sufrieron todo esto porque eran más pecadores que los demás? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera. ¿O creen que las dieciocho personas que murieron cuando se desplomó la torre de Siloé, eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera”. Les dijo también esta parábola: “Un hombre tenía una higuera plantada en su viña. Fue a buscar frutos y no los encontró. Dijo entonces al viñador: ‘Hace tres años que vengo a buscar frutos en esta higuera y no los encuentro. Córtala, ¿para qué malgastar la tierra?’. Pero él respondió: ‘Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré.
Puede ser que así dé frutos en adelante. Si no, la cortarás'”.

 

 

Palabra del Señor

Padre Marcelo Amaro sacerdote jesuita

 

 

 

Seguimos transitando este tiempo de Cuaresma preparándonos como Iglesia para la fiesta de la Pascua. Un tiempo que nos invita a reconocer el amor y el perdón que Dios nos ofrece, tiempo que nos impulsa a la introspección y a la conversión para que demos frutos de solidaridad y de servicio.

El reconocimiento de nuestras tendencias egoístas y de la necesitad de conversión es un camino que lo tenemos que hacer todos, sin excepción. Debemos tener cuidado de no caer en la ilusión de justificar nuestras acciones por el hecho de que nos va bien, o que no tenemos mayores problemas o males que nos aquejan, y así, quedarnos instalados en nuestros modos de pensar, de actuar y de relacionarnos con los demás, aunque atenten contra la fraternidad que nos invita a vivir el Señor.

Cuidado con esas miradas que nos pueden conquistar el alma, y que se quedan con el juicio simple y erróneo que dice: al que le va bien, Dios lo bendice y al que le va mal, algo habrá hecho… Pues, claramente si miramos a Jesús clavado en la cruz, no encontraremos en Él el ejemplo de alguien a quien le fue bien en la vida, sin embargo sí apreciaremos la imagen del hombre bueno que da su vida por amor, buscando vivir la fraternidad del Reino hasta el final.

Dios quiere que el pecador se convierta y viva, y a todos nosotros nos cabe este vestido… a los que están padeciendo en la actualidad el drama de la guerra, y a aquellos que viven en sociedades pacificadas; a los que no les alcanzan sus ingresos para vivir y a aquellos que tienen y tienen de sobra… a los sanos y a los enfermos. Todos, sin excepción podemos hacer un camino de conversión que impacte en relaciones de justicia y reconciliación en la vida de nuestras sociedades. Cuidado con que estemos muy atentos a los pasos de conversión que pensamos que tienen que hacer los otros, sin reconocer la propia necesidad de cambiar las propias actitudes que nos alejan de vivir el amor al que nos invita Jesús.

Dios, así como desea que la higuera de higos, pide que demos frutos de fraternidad y todos tenemos la capacidad de hacerlo; no nos pide algo imposible, los pasos de conversión que estamos invitados a dar están a nuestro alcance. Dios conoce nuestras limitaciones, no nos idealiza, y por eso es paciente… nos da tiempo, nos da pistas para que entendamos por dónde nos come el corazón el egoísmo, nos anima y nos espera. Pero, también, es exigente y Jesús en su Palabra nos interpela y nos anima a que no nos dejemos conquistar por esas miradas injustas que distorsionan nuestra manera de entender a Dios y de mirar la realidad, esas miradas que nos arrastran a buscar acomodarnos en falsas seguridades y a mal juzgar a los demás. Toda mirada que rompe con la compasión y nos aleja del amor, daña la fraternidad y daña nuestro propio corazón.

Hagamos camino, miremos hacia adentro, descubramos nuestros impulsos egoístas que afectan nuestra relación con los demás, y busquemos, con la gracia de Dios dar frutos de conversión, construyendo la fraternidad tan necesaria en este mundo y en este tiempo. Que Dios nos bendiga y fortalezca.