Domingo 24 de Octubre de 2021 – Evangelio según San Marcos 10,46-52

lunes, 18 de octubre de
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Después llegaron a Jericó. Cuando Jesús salía de allí, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud, el hijo de Timeo -Bartimeo, un mendigo ciego- estaba sentado junto al camino. Al enterarse de que pasaba Jesús, el Nazareno, se puso a gritar: “¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!”. Muchos lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte: “¡Hijo de David, ten piedad de mí!”. Jesús se detuvo y dijo: “Llámenlo”. Entonces llamaron al ciego y le dijeron: “¡Animo, levántate! El te llama”. Y el ciego, arrojando su manto, se puso de pie de un salto y fue hacia él. Jesús le preguntó: “¿Qué quieres que haga por ti?”. El le respondió: “Maestro, que yo pueda ver”.
Jesús le dijo: “Vete, tu fe te ha salvado”. En seguida comenzó a ver y lo siguió por el camino.

 

Palabra de Dios

Padre Marcelo Amaro sacerdote jesuita

 

Cuando nos exponemos a Dios, Él nos inspira deseos hondos que se prenden de lo más auténtico de nosotros mismos y que emergen del tesoro de bondad que tenemos en nuestro corazón. Esos deseos, cuando los escuchamos, nos invitan a caminar dando pasos de libertad, de generosidad, de amor. Ellos nos impulsan a vivir la vida con sentido y a comprometernos en la construcción de una humanidad nueva y fraterna.

Sin embargo, abrazar esos deseos, elegirlos y determinarnos por ellos, siempre llevará consigo salir de nuestras comodidades, romper con nuestras tendencias egoístas, hacer procesos de libertad para no hacer caso a esas dinámicas que nos atan y que hemos dejado asentar en nuestras vidas. Eso es, se trata de dar pasos positivos que construyan nuestro ser en plenitud, pero eso implicará mirar a los ojos nuestras heridas y reconocer nuestras parálisis, nuestras cegueras, para dejarnos sanar y abrirnos a la felicidad que solo es posible como consecuencia del amor que se hace realidad en la vida.

El ciego Bartimeo, tenía su rutina. condicionado por su ceguera, su vida estaba marcada por la dependencia de los demás y pedía limosna poniéndose al borde del camino. Eran los demás quienes protagonizaban la vida dando pasos de un lugar a otro, él solo estaba con las manos extendidas, al costado, envuelto en la pasividad propia de quien se deja convencer por sus límites y no por el fuego que tiene en su interior. El mendigo ciego, dependiente de los otros, corría el riesgo de quedarse así para siempre. Al sentir cercanos los pasos de Jesús, Bartimeo comienza a gritar llamándolo, reconociendo en el Nazareno al Mesías y Señor. Nada lo puede frenar, una dinámica nueva se va creciendo en su corazón y se hace grito que rompe con el caparazón que encerraba su potencial, su fuerza, sus dones. Bartimeo se arriesga a la novedad que le puede traer el encuentro personal con Cristo.

Y así es, Jesús no transa con la acostumbrada dependencia de Bartimeo, y le pregunta por sus deseos hondos: “¿Qué quieres que haga por ti?”, es aquel mendigo que estaba al margen del camino, quien ahora tiene que preguntarse por lo que realmente desea; Jesús no le ahorra el que ponga su interioridad y su libertad en juego. Bartimeo responde: “Que vea, Señor”… y se abre a los deseos de su corazón; deseos que vienen de Dios; deseos que lo harán salir de sí y de su propia comodidad; deseos que le harán ver la vida de una manera nueva y que le harán hacerse responsable de su camino, sin dependencias. Deseos que al mismo tiempo que lo plenifican, lo harán ponerse en riesgo; y así comienza, con fe libre y decidido, el camino de su seguimiento.

Y nosotros: ¿Vamos como mendigos por la vida? ¿Cuáles son las cegueras que nos ponen al costado del camino, que nos impiden ver los dones que tenemos en el corazón, que nos impiden reconocer al Nazareno, como el Señor vivo y activo hoy en nuestra historia? Preguntas hondas que si nos las tomamos en serio nos desacomodarán y nos abrirán de una manera nueva a la acción del Espíritu para ponernos en el camino del seguimiento de Jesús.

Que Dios nos bendiga y fortalezca.