Domingo 3 de Octubre de 2021 – Evangelio según San Marcos 10,2-16

martes, 28 de septiembre de
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Se acercaron algunos fariseos y, para ponerlo a prueba, le plantearon esta cuestión: “¿Es lícito al hombre divorciarse de su mujer?”. El les respondió: “¿Qué es lo que Moisés les ha ordenado?”. Ellos dijeron: “Moisés permitió redactar una declaración de divorcio y separarse de ella”. Entonces Jesús les respondió: “Si Moisés les dio esta prescripción fue debido a la dureza del corazón de ustedes. Pero desde el principio de la creación, Dios los hizo varón y mujer. Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre, y los dos no serán sino una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Que el hombre no separe lo que Dios ha unido”. Cuando regresaron a la casa, los discípulos le volvieron a preguntar sobre esto. El les dijo: “El que se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra aquella; y si una mujer se divorcia de su marido y se casa con otro, también comete adulterio”. Le trajeron entonces a unos niños para que los tocara, pero los discípulos los reprendieron. Al ver esto, Jesús se enojó y les dijo: “Dejen que los niños se acerquen a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos. Les aseguro que el que no recibe el Reino de Dios como un niño, no entrará en él”. Después los abrazó y los bendijo, imponiéndoles las manos.

 

 

Palabra de Dios

Padre Marcelo Amaro sacerdote jesuita

 

 

Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre, dice Jesús. A partir del Evangelio de este domingo les propongo considerar el cuidado de la manera de vivir el amor que elijamos en nuestro seguimiento de Jesús. En la propuesta del Señor, el amor lo es todo, y se fundamenta en el mismo Dios que es amor, que nos ama y que nos involucra en ese amor. Se trata de vivir a la manera de Jesús, un amor que no se aparta del compromiso, de la fidelidad y de la misericordia.

Creer en Dios es creer en el amor, ilusionarnos con él, volver a él si nos hemos despistado. No desde la ingenuidad, ni desde idealizaciones, sino desde la convicción, que en nuestra humanidad a veces tan frágil y egoísta, el amor es el único camino que nos saca de nosotros mismos y nos permite construir fraternidad y sanar nuestro corazón roto.

Un proyecto de amor vale la pena y eso implica una paciente preparación y también un cuidado perseverante, como lo vivió Jesús en su entrega por todos nosotros. Emprender un camino así, implica mucha lucidez, porque el amor muchas veces estará amenazado, pero implica también la confianza en la gracia de Dios que siempre nos sostiene y siempre, aún en tiempos oscuros, nos acompaña y da perseverancia a nuestro camino.

“Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre”: esto nos invita a vivir Jesús, y lo hace en este mundo descreído de la posibilidad de un Sí fiel y duradero, sostenido en la gracia de Dios. Sin embargo el divorcio sigue siendo una dolorosa realidad, también en medio de quienes honestamente buscan seguir al Señor. La perseverancia en cualquier camino de amor sigue siendo muy difícil. Gracias a Dios, seguimos teniendo testigos alegres y comprometidos de la posibilidad del amor, y aunque la experiencia de muchos sea la de caminos frustrados, todo cristiano puede seguir mirando con ilusión y lucidez que es posible ese amor hasta el fin, como signo y sacramento, del amor de Dios por todos sus hijos.

Escuchando la Palabra, como Iglesia, hoy nos toca dar gracias a Dios por tantos matrimonios que hoy siguen unidos y que han podido encontrar caminos de fidelidad, de perdón y de gozo que les han impulsado a la perseverancia. También pidamos por tantos matrimonios que hoy están pasando tiempos de crisis, para que encuentren las ayudas necesarias que les permitan luchar por ese amor si Dios ha sido su fuente; y pidamos también por quienes se han separado y quizás han emprendido nuevos caminos, para que encuentren en la Iglesia la comprensión y el apoyo que les ayude a perseverar en la fe y en la búsqueda generosa del bien.

Pidamos al Señor por todas las vocaciones en la Iglesia, los que vienen de caminos nuevos, y aquellos que han experimentado caminos rotos, para que a ejemplo de estos matrimonios que con fe han perseverado en su rumbo, podamos vivir nuestro seguimiento de Jesús en una entrega de amor coherente, comprometida, fiel y que nos haga felices por creer en la promesa de la fidelidad que nos ha hecho Dios.

Que Dios nos bendiga y fortalezca.