El mismo aunque diferente

viernes, 2 de septiembre de
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Contemplación Juan 20, 11-18

Lloraba sobre la piedra agarrándose las piernas al tiempo que escondía la cabeza. Se acercó Jesús, se paró al lado. ¿Por qué lloras, mujer? le preguntó. Ella le contestó sin levantar la mirada: “porque se han llevado a mi Señor  y no sé donde lo han puesto.” Jesús se sentó a su lado. Le puso su mano en la rodilla y pronunció su nombre: María. Ella alzó la cabeza y vio, lo vio, se le iluminaron los ojos y mientras sonreía porque de nuevo se sentía en casa, dijo: Maestro. Al mirarlo pudo contemplar su rostro escondido, que a diario veía, que a veces no reconocía, que ahora intentaba buscar en el ayer cuando Jesús se le regalaba una vez más en el hoy. Era el mismo que le había enseñado a amar y a vivir aunque luciera diferente. Era el mismo y había todavía mucho por aprender.

Se quedó mirándolo mientras las lágrimas le corrían por los ojos y agradecía en silencio a este Jesús de la iniciativa. Siempre había sido Él quien la había buscado y amado primero.

Ahora que lo veía no podía menos que agradecer. Sonreír, reír y agradecer.