Lunes 11 de Enero de 2021- Evangelio según San Marcos 1,14-20.

miércoles, 6 de enero de
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Después que Juan fue arrestado, Jesús se dirigió a Galilea. Allí proclamaba la Buena Noticia de Dios, diciendo: “El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia”. Mientras iba por la orilla del mar de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que echaban las redes en el agua, porque eran pescadores. Jesús les dijo: “Síganme, y yo los haré pescadores de hombres”. Inmediatamente, ellos dejaron sus redes y lo siguieron. Y avanzando un poco, vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban también en su barca arreglando las redes. En seguida los llamó, y ellos, dejando en la barca a su padre Zebedeo con los jornaleros, lo siguieron.

 

Palabra de Dios

Padre Gustavo Ballario sacerdote de la Diócesis de San Francisco

 

A qué vino Jesús. A predicar el Reino de Dios. El contenido de su mensaje es Evangelio.

Con este término nosotros entendemos un libro, pero en tiempos de Jesús evangelio significaba solamente “buena noticia”. Eran llamados evangelios todos los anuncios gozosos: un éxito militar, la curación de una enfermedad, el fin de una guerra, el nacimiento de un emperador, su ascensión al trono o su visita a una ciudad.

Al comienzo de su libro, Marcos presenta a Jesús como el heraldo, el encargado de proclamar a los hombres una noticia tan extraordinaria, tan sorprendente como para suscitar en quien la escucha una alegría inmensa.

Existen dos condiciones para poder experimentarla: es necesario convertirse y creer.

Convertirse no significa hacer un propósito firme de evitar un pecado u otro, sino que es la decisión de cambiar radicalmente el modo de ver a Dios, al hombre, al mundo, a la historia.

Se ha puesto siempre demasiado énfasis en la conversión moral y se ha comprendido muy poco que el primer cambio a realizar se refiere a la imagen de Dios que nos hemos hecho y a la que no queremos renunciar, porque ha sido modelada según nuestros pensamientos, nuestros juicios, nuestros sentimientos.

“El reino de Dios ha llegado”. No es la percepción de la inminencia de un terrible castigo sino de una novedad que llena de alegría: hay esperanza para todos; también para el pecador más empedernido, también para quien se siente un desperdicio humano, porque Dios no lo considera un desperdicio sino un hijo.

Dios se había revelado ya así no solo en las Sagradas Escrituras sino también a través de la Creación. Por eso, cuando el hombre imaginaba a Dios, a cualquier dios, lo debía imaginar necesariamente bueno. Convertirse, por tanto, es volver a ver a Dios así, infinitamente bueno, porque esto forma ya parte del nuestro ADN.

Cristo revoluciona el mundo: coloca de nuevo como fundamento el Amor y la compasión, corrigiendo, sobre todo, la idea distorsionada de Dios que poseemos.

Convertirse es también cambiar el modo de considerar al hombre y a la Creación. Es comenzar a ver todo en la perspectiva de Dios; del Dios amoroso, paciente, lleno de atención y de interés por sus criaturas; del Dios que sabe distinguir lo que parece de lo que es; que valora la elección de fondo más que el incidente en el camino, lo duradero sobre lo efímero.

Para asimilar esta mirada de Dios es necesario vivir en un perenne estado de conversión. No se llegará nunca a la perfección del Padre que está en los cielos, pero es necesario tender hacia ella continuamente; quien se cree ya convertido, se coloca fuera del reino de Dios. Sentirnos serenos sí, pero nunca apagados.

Y, por supuesto, también es necesario creer, que no equivale a aceptar un paquete de verdades sino que significa seguir a Cristo con la certeza de llegar, tras innumerables renuncias, a la plenitud de la Vida. Creer es fiarse de Él, de su Palabra y de su Promesa: “Yo hago nuevas todas las cosas” (Ap 21,5). Creer es aceptar con confianza incondicional sus respuestas a nuestros interrogantes.

Te invito a renovar el propósito de hacer tu lectio cotidiana. La lectura orante de la Palabra te mantendrá en sintonía con la propuesta de Jesús. Leyendo, estudiando y meditando diariamente el Evangelio podrás meterte en el Corazón de Cristo, aceptar su propuesta y animarte a jugarte la vida por ella.

¡Paz y Bien! Hasta la próxima.