Lunes 16 de Agosto de 2021 – Evangelio según San Mateo 19,16-22

martes, 10 de agosto de
image_pdfimage_print

Luego se le acercó un hombre y le preguntó: “Maestro, ¿qué obras buenas debo hacer para conseguir la Vida eterna?”. Jesús le dijo: “¿Cómo me preguntas acerca de lo que es bueno? Uno solo es el Bueno. Si quieres entrar en la Vida eterna, cumple los Mandamientos”. “¿Cuáles?”, preguntó el hombre. Jesús le respondió: “No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, honrarás a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo”. El joven dijo: “Todo esto lo he cumplido: ¿qué me queda por hacer?”. “Si quieres ser perfecto, le dijo Jesús, ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres: así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme”. Al oír estas palabras, el joven se retiró entristecido, porque poseía muchos bienes.

Palabra de Dios

Padre Gustavo Balarrio sacerdote de la Diócesis de San Francisco  – Córdoba

 

Un hombre va ante Jesús y le pregunta: ¿qué obras buenas debo hacer para conseguir la Vida eterna?”. El comportamiento de este hombre es verdaderamente único, parece un enfermo que se acerca a Jesús para implorar la gracia de la curación.

Por la lectura nos enteramos de que es una persona justa y que es consciente de haber llevado una vida intachable. Sin embargo, siente una preocupación profunda, una pena íntima e indefinida que le hace sufrir como si fuera una enfermedad espiritual. Busca a Jesús porque ha intuido que sólo de un maestro excepcional como él le puede venir la palabra que comunica serenidad y esperanza.

El joven le pregunta a Jesús qué le falta aún por hacer. Se da cuenta de que no sólo debe esperar, sino que debe estar dispuesto porque el Señor no obliga a nadie a aceptar su regalo.

Como solían hacer los rabinos, Jesús responde con otra pregunta que puede parafrasearse así: Ya tienes un maestro excepcional: Dios, que te da instrucciones a través de las Escrituras. ¿Qué más quieres? ¿Acaso no está escrito: “Todos serán enseñados por Dios” (Jn 6,45)? Entonces, para ayudarlo en su búsqueda, le recuerda los preceptos que el Señor ha revelado a su pueblo y que constituyen la condición mínima para el acceso a la vida. Cita el Decálogo, pero de forma incompleta, omite los tres primeros mandamientos, los relativos a Dios. Para él es suficiente el cumplimiento de las obligaciones para con el hombre, de hecho, la única manera de expresar el amor a Dios es compartir su proyecto en favor del hombre, como bien lo ha comprendido el apóstol Juan: “Queridos, si Dios nos ha amado tanto, también nosotros debemos amarnos unos a otros” (1 Jn 4,11).

La observancia de los mandamientos no representa, sin embargo, ningún mérito, sino que es motivo de gratitud al Señor, el único maestro bueno que ha dado a su pueblo la ley de la vida. Reflexionaba el salmista: “Bienaventurado el hombre que teme al Señor, el que se deleita en sus mandamientos” (Sal 112,1) y, con agudeza, los rabinos comentaban: la alegría está “en sus mandamientos”, no en la recompensa que se espera recibir. El bien hecho es su propia recompensa, como el mal castiga a aquellos que lo cometen.

La respuesta del joven rico es increíble. Declara, convencido, haber guardado todos los mandamientos desde que tenía uso de razón.

Con toda probabilidad el joven del evangelio no sería exactamente una persona intachable, también debió haber sucumbido a alguna debilidad, sin embargo, su juicio sereno y tranquilo contiene un mensaje valioso: es una invitación a evaluar con cierto optimismo la propia vida. Ante Dios –nos dice Juan– debemos tranquilizar nuestros corazones “aunque la conciencia nos acuse, Dios es más grande que nuestra conciencia y lo sabe todo” (1 Jn 3,20). La presencia de alguna falta no impide que se considere buena, en su conjunto, una vida al amor. Angustiarse, sentirse rechazados por Dios, autocastigarse porque uno no es perfecto no es un signo de santidad, sino de orgullo. No es lícito llamar bueno a lo que es malo, pero tampoco se puede ser cruel con uno mismo, de lo contrario terminaríamos convirtiéndonos en crueles con los demás.

Lo que propone Jesús no se trata de otro mandamiento más, sumado a los del Decálogo, sino de la invitación a dejarse guiar por una lógica totalmente nueva. Pide la renuncia de cualquier uso egoísta no sólo del dinero, sino de todos los bienes recibidos de Dios: inteligencia, salud, belleza, tiempo…No pueden ser discípulos suyo si no desprenden el corazón de lo que poseen.

Incluso los filósofos cínicos han predicado el desapego radical de la propiedad. Crates, discípulo de Diógenes, se había deshecho de sus considerables riquezas arrojándolas al mar. Frente a los bienes de este mundo, Jesús asume una actitud completamente diferente. No los desprecia, no invita a destruirlos, sino indica como valorizarlos: compartiendo con quienes necesitan.

El ideal del cristiano no es la miseria, el hambre, la desnudez, sino el compartir fraterno de los bienes que Dios ha puesto a disposición de todos. El pecado no es la posesión de bienes, sino enriquecerse en solitario. El pecado no está en tener sino en retener.

La historia termina amargamente: el joven rico decide quedarse con sus posesiones; no tiene el coraje de fiarse de la propuesta de Jesús, no se siente capaz de correr el riesgo, tiene miedo de perderlo todo y se aleja triste. Se aflige porque no podía separarse de los bienes. No se ha dado cuenta de que el corazón del hombre está hecho para el amor infinito y mientras permanezca esclavo de las cosas no puede sino estar decepcionado y descontento.

El grano de trigo, una vez sembrado, brota, crece y produce la planta y la espiga; este proceso no se puede alterar, ya que pertenece a la naturaleza de la semilla. El hombre está hecho a imagen de Dios y en su corazón siente, incontenible, la exigencia de infinito. Aunque reprimido, silenciado, olvidado, este deseo resurge y ninguna criatura es jamás capaz de satisfacerlo.

El joven rico no era un novato, movido por el entusiasmo de un momento; había crecido alimentando profundas convicciones religiosas, por lo que no es probable que, después de reunirse con Jesús, se haya abandonado al libertinaje, haya comenzado a transgredir los mandamientos. Seguiría sin duda siendo una persona justa, llevando una vida piadosa impecable… pero no llegó a ser un cristiano, no pudo dar el salto de calidad.

Y vos que sos discípulo de Jesús, ya te animaste a dar el salto? ¡Hasta la próxima!