Miércoles 10 de Noviembre de 2021 – Evangelio según San Lucas 17,11-19

lunes, 8 de noviembre de
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Mientras se dirigía a Jerusalén, Jesús pasaba a través de Samaría y Galilea. Al entrar en un poblado, le salieron al encuentro diez leprosos, que se detuvieron a distancia y empezaron a gritarle: “¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!”. Al verlos, Jesús les dijo: “Vayan a presentarse a los sacerdotes”. Y en el camino quedaron purificados. Uno de ellos, al comprobar que estaba curado, volvió atrás alabando a Dios en voz alta y se arrojó a los pies de Jesús con el rostro en tierra, dándole gracias. Era un samaritano. Jesús le dijo entonces: “¿Cómo, no quedaron purificados los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿Ninguno volvió a dar gracias a Dios, sino este extranjero?”. Y agregó: “Levántate y vete, tu fe te ha salvado”.

 

 

Palabra de Dios

Padre Sebastián García sacerdote de la Congregación Sagrado Corazón de Jesús de Betharram

 

 

 

El evangelio de hoy nos narra el encuentro de Jesús con los leprosos. Son diez. Le salen al encuentro casi afuera de la ciudad dado que allí habitaban. Porque el leproso vivía fuera de las ciudades, marginado y excluido, generalmente en cuevas, y tenía que colgarse una campana al cuello y gritar: “leproso soy”. Esto es porque en época de Jesús se llamaba lepra a cualquier enfermedad o marca de la piel. Por eso no se la considera una enfermedad, sino algo mucho más profundo: una condición de vida.

El relato es fascinante porque ellos son los que salen al encuentro y Jesús no obra la purificación inmediatamente. Les dice que vayan con los sacerdotes, que eran los encargados de “certificar”, -por llamar de alguna manera- la purificación y entonces podía reinsertarse a la comunidad y dejar de ser un paria.

Los diez son los que se ponen en camino y los diez son purificados. Pero sólo uno toma conciencia de que el autor de esa purificación es Jesús. A tal punto que regresa a darle gracias. Y nace así lo hondo de este evangelio y dos enseñanzas fundamentales: el que purifica es Jesús y no hace falta ir a ver a los sacerdotes; y la gracia de ser agradecidos.

Lo primero tiene que ver con que nuestra fe tiene que tener a Jesús como centro. Él es el fundamento de nuestra fe, de nuestro creer, de todo cuanto somos, tenemos y creemos. Esto lo tenemos que decir una y otra vez. Gritarlo si es necesario. Lo más importante del cristianismo es Jesús. Lo demás, acompaña o sobra. Es Él quien obra la purificación del leproso, que en el camino, es decir, en el proceso de conversión, en la vida cotidiana y ordinaria, toma conciencia y a diferencia de los otros nueve, da un giro de 180 grados y vuelve a Jesús. Los otros optan por volver a las mismas tradiciones de antes, a la vida de antes, a la fe de antes… por eso van con los sacerdotes. Uno sólo, el samaritano, es el que reconoce que su vida no puede seguir siendo como era y decide cambiar. Y reconoce como autor de su purificación a Jesús y vuelve a darle gracias. Si se quiere, el pecado de los otros nueve leprosos purificados no será tanto el no ser agradecidos, cuanto no reconocer verdaderamente a Jesús como Señor y Salvador de su vida. Porque eso es lo central del Evangelio: convertirnos a Jesús. Volver una y otra vez a Jesús, su vida, sus hechos y palabras, sus signos y milagros, para que la gracia del Espíritu Santo transforme nuestra vida y haga nuestro corazón.

semejante al suyo. Ya no hace falta la vida de antes. Ya no hace falta acudir a los sacerdotes, es decir, a lo conocido, lo que está a mano, a lo que nos hemos acostumbrado. ¡El que sana, salva y libera es Jesús de Nazaret! Entonces es a él a quien debemos acudir una y otra vez. Y recordar siempre que Él es el centro de nuestra fe, el centro de la Iglesia, la motivación fundamental por la cual nos movemos y existimos, la razón de ser de quiénes somos, el acontecimiento fundante de nuestra fidelidad y confianza. Hoy más que nunca tenemos que volver a Jesús. Para no extraviarnos del camino. Para reconocer verdaderamente quién es el que hace su obra en nosotros. Para ser verdaderamente cristianos, hay que ser de Jesús. Y esto es reconocerlo como único Señor y vivir consecuentemente con los valores del Evangelio. Sin medias tintas, sin cobardías, sin medida, sin retaceo, sin mirar atrás, más por amor que por cualquier otro motivo.

Y entonces nacerá la acción de gracias. Solamente, como fruto de un encuentro profundo con Jesús, que con la gracia de su Espíritu nos renueve de veras, para convertirnos, no volver a lo que éramos y hermanados unos con otros hacer del mundo un lugar más digno para ser vivido.