Una amistad en la que veo a Dios

martes, 23 de julio de
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Hace unos días fui, con parte de mi comunidad, a una jornada en la que predicarían dos hermanas de una congregación muy querida. Resultó ser un día para dar gracias por los designios divinos y por la amistad: pude contemplar con total claridad la obra que Dios va haciendo, incluso cuando no nos damos cuenta.

Yo tenía unos plenos 15, 16 años cuando, con mi mejor amiga, peregrinaba mensualmente a la Ermita que queda a siete kilómetros de nuestro pueblo (no sabía, entonces, que en ese lugar tomaría las decisiones más importantes de mi vida). Nosotras íbamos solas, con una botellita de agua y el rosario; subíamos al cerro donde está la protagonista de la Ermita: la Virgen del Luján de las Sierras (tampoco sabía, entonces, que esta Virgencita se convertiría en mi protectora). Íbamos con el único propósito de rezar por nuestras vocaciones: pronto terminaríamos el secundario y queríamos decidir bien nuestro futuro.

Además, nos encontrábamos cada día en el sagrario de nuestra parroquia, calentando el agua para mate en la cocina de alguna casa, charlando en la pieza o en el recreo de la escuela, acarreando guitarras por el pueblo, haciéndolas sonar un poco en la Misa. Rocío era un mar de calma y yo, por el contrario, una tormenta de ansiedad. Pero nos entendíamos a la perfección. Íbamos descubriendo de a poco el mundo e intentábamos encontrar la manera en la que cada una quería caminarlo. En lo que a mí respecta, pasé por casi una decena de carreras que me gustaban, pero siempre latían en nuestras conversaciones el ardor que me producía este o aquel libro que había leído, las preguntas que me generaba aquella novela, y el delirio en que me había dejado una obra de teatro. (No sabía, entonces, que esos libros que leía por primera vez marcarían mi rumbo y mi personalidad para siempre). Yo compartía lo mío; ella, lo suyo. Mientras tanto, leíamos el catecismo juntas, rezábamos, compartíamos retiros y seguíamos peregrinando cada mes para pedir por nuestras vocaciones.

Llegado el momento, las dos elegimos lo que nos hacía estremecer de felicidad. Yo me decidí, claro, por la literatura. Ella, por la vida consagrada. Acompañarla en esa decisión y en la elección de congregación fue un regalo que coronaba nuestra amistad. Por esas cosas de la vida, ella hizo sus votos perpetuos el mismo año que yo me recibí y que me casé (lo hice, por cierto, en la misma Ermita donde antes habíamos estado rezando por nuestras vocaciones). Lo entendí como una confirmación de que nuestras peregrinaciones habían dado su fruto. ¿No son preciosos esos pequeños gestos de Dios?

Hace unos días, cuando fui a esa jornada, con parte de mi comunidad, Rocío era una de las dos hermanas que predicaba. Se había ido hace once años a Jujuy para unirse a las Discípulas de Jesús. En estos once años, fue la primera vez que la escuché predicar. Por eso, ese día fue inevitable ver la obra de Dios en nuestro camino (separado pero unido), en nuestra adolescencia, en la amistad que Él gestó.

Hoy vivimos a 1.800 kilómetros y nos vemos una vez por año, pero nuestros mates siguen siendo tan interminables como antes y nuestra pasión por lo que hacemos sigue estremeciéndonos. La Virgen ha sabido interceder por nosotras a la perfección. Pido que lo siga haciendo en todas las amistades que nos ayudan a ver la obra de Dios.