Jueves, 23 de julio de 2015

Aprender a cuidarnos como hermanos

Jueves, 23 de julio de 2015
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En esta noche de Retiro Radial reflexionamos en torno a cuidarnos como hermanos. ¿Con qué gestos sencillos te sentís llamado a cuidar a tus cercanos, familiares y amigos?

Posted by Radio María Argentina on Miércoles, 22 de julio de 2015

23/07/2015 – En la segunda noche del Retiro Radial Arquidiocesano de Córdoba, Monseñor Carlos Ñañez y la Hna María Luz reflexionaron en torno a la hospitalidad como cuidado de los hermanos.

Mons. Ñáñez invitó, en un primer momento, a centrar la mirada en la casa de Jesús. “Nazareth, ubicada en periferias geográficas, distante de los centros de poder. Y también existencialmente porque era una zona de pobreza, de explotación de los campesinos, de agobios de los impuestos… Nazareth no gozaba de buena fama, de hecho Natanael dice ¿De Nazareth puede salir algo bueno? Allí la Familia de Nazareth tendrá que vivir también con dificultades, incluso en el destierro.

Jesús es el niño que crece en Nazareth, el adolescente que crece sujeto.. María es la mujer humilde, cuidadosa y servidora. José es el custodio de la familia, hombre bueno y tierno. Como decía el Papa Francisco no tener miedo al amor ni a la ternura. Podemos describir el ambiente de Nazareth como un ambiente de trabajo, de silencio, de amabilidad,… un ambiente acogedor y hospitalario. Dejemos que esta imagen quede en nuestra mente y corazón. ¿Cómo es el clima de nuestras familias? ¿Se parece a Nazareth? ¿cómos acogedores unos a otros en el seno de la familia, incluídos los primos, tíos y abuelos? ¿Cómo nos sentamos a la mesa, con disposición de compartir, de conversar amablemente? ¿Nos acogemos unos a otros en la mesa, estamos siendo hospitalarios? ¿Apagamos el televisor y el celular? ¿Esperamos al que llega tarde?”.

 

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Practicar la hospitalidad

La Hna María Luz, monja benedictina, comenzó la reflexión desde la recomendación de San Pablo a los Colosenses:

Como elegidos de Dios, sus santos y amados, revístanse de sentimientos de profunda compasión. Practiquen la benevolencia, la humildad, la dulzura, la paciencia. Sopórtense los unos a los otros, y perdónense mutuamente siempre que alguien tenga motivo de queja contra otro. El Señor los ha perdonado: hagan ustedes lo mismo. Sobre todo, revístanse del amor, que es el vínculo de la perfección. Que la paz de Cristo reine en sus corazones: esa paz a la que han sido llamados, porque formamos un solo Cuerpo. Y vivan en la acción de gracias. Que la Palabra de Cristo resida en ustedes con toda su riqueza. Instrúyanse en la verdadera sabiduría, corrigiéndose los unos a los otros. Canten a Dios con gratitud y de todo corazón salmos, himnos y cantos inspirados. Todo lo que puedan decir o realizar, háganlo siempre en nombre del Señor Jesús, dando gracias por él a Dios Padre”  Col 3, 12-17

 

A partir de allí comenzó a reflexionar  sobre  el llamado a cuidamos como hermanos desde Jesús. Para ello tomó de la tradición de 1500 años de San Benito, como uno de los santos que con su enseñanza y testimonio no sólo iluminaron su tiempo sino todos los tiempos.  ¿Cómo nos cuidamos con Jesús?

 

Con Jesús nos cuidamos desde el servicio

“Recíbanse a todos los huéspedes que llegan como a Cristo, pues Él mismo ha de decir: “Huésped fui y me recibieron” (Mt 25,35).  A todos dése el honor que corresponde, pero sobre todo a los hermanos en la fe y a los peregrinos. Cuando se anuncie un huésped, el superior o los hermanos salgan a su encuentro con la más solícita caridad”  Capítulo 73 de la regla de San Benito

Hay una actitud de fe ante quien llama, cualquiera sea el motivo de su venida esa persona busca a Dios y Dios lo busca. San Benito es muy exigente cuando se trata de recibir a un postulante, pero cuando se trata de recibir a un huésped es muy liberal: “Llamen y se les abrirá a todos”.

El Papa Francisco en su visita a Paraguay comentó sobre “cuántas heridas, cuánta desesperanza se puede curar en un hogar donde uno se pueda sentir recibido. Para eso hay que tener las puertas abiertas, sobretodo las del corazón”.

Cuando hablamos de hospedar, salta una actitud fundamental que es el servicio. La pregunta que Jesús le hace a sus discípulos “¿Qué dice la gente sobre el hijo del hombre?” En labios de Pedro “tú eres el Cristo”.

Todo discípulo, todo cristiano, tendría que destacarse por lavar los pies a los hermanos, es decir con el servicio. “Cristiano es aquel que aprendió a hospedar”. Nosotros caminamos y tenemos los pies sucios, y es propio del peregrino ensuciarse. Si uno no se quiere ensuciar que se encierre en una caja, y no se ensuciará pero tampoco crecerá. Es preferible a veces equivocarse y ensuciarse los pies porque ama y sirve, y no estar limpito pero no amar ni servir. Lo dice el Papa en la Evangelii Gaudium “prefiero una iglesia accidentada por salir a la calle que una iglesia enferma por encierro”.  Cristo se ensució los pies por nosotros, por venir a servir.

“¿Quién dice la gente que soy yo? ¿Y ustedes quién dicen que soy?” Eres el que viene a lavarnos los pies y nos recibe. Nosotros podemos alojar y lavar los pies porque antes fuimos alojados. El servicio surge de la contemplación, por eso antes de servir hay que rezar mucho. Contemplativos en medio del servicio cotidiano.

Servir entonces es una manera de cuidar, cuidarnos en los detalles cotidianos: servirnos en la mesa, tratar bien al pasajero que llevo, cuidarnos de los ruidos… Es sano preguntarse ¿Cómo estoy ante la vida, sirviendo o buscando que me sirvan? ¿Estoy instalado y cómodo en la mesa de la vida?. Cristo siendo Dios se hace hombre para venirnos a servir, nosotros en cambio, siendo hombres buscamos ser dioses para que nos sirvan.

 

Con Jesús nos cuidamos desde la oración

“Lleven a orar a los huéspedes que reciben, y luego el superior, o quien éste mandare, siéntese con ellos. Léanle al huésped la Ley divina para que se edifique, y trátenlo luego con toda cortesía. (…) El abad vierta el agua para lavar las manos de los huéspedes, 13 y tanto el abad como toda la comunidad laven los pies a los huéspedes. Después de lavarlos, digan este verso: “Hemos recibido, Señor, tu misericordia en medio de tu templo” (Sal 47,10).

 

El monje ayudará a descubrir al que llega la dicha de orar. Que el que llega pueda descubrir que ser dichoso es dejar que nuestras vidas estén unificados con la escucha de la Palabra de Dios.

Es el diálogo permanente entre Dios y el hombre. Se trata de una escucha que tiende a convertirse en vida, sino no sirve. Nos vamos a dar cuenta que si hemos rezado en espíritu y en verdad, nos pasará lo de Moisés (Ex 34) “su rostro se volvió radiante”. Cuando vemos al huésped apenas llega está apesadumbrado, ansioso, con miles de temas en la cabeza.. y a los pocos días sale sereno y con un rostro alegre. “Que paz que dan ustedes” nos dicen, pero no somos nosotros los que damos paz, sino el Señor. Es que el huésped pudo vivir un auténtico encuentro con Dios en la oración. Uno se da cuenta si rezó bien si es capaz de meterse en la vida del otro bien, como servicio de sanación.

Regateo de misericordia cuando Dios anuncia a Abraham la destrucción de la ciudad (Gn 18, 16-33). Abraham se apoya en la promesa de Dios. Allí regatea primero 50, después 40, hasta llegar a 10. ¿Podremos rechazar a Abraham el que no haya rebajado hasta 1? Ni si quiera, porque el único justo es Jesús. En nuestras grandes ciudades, a veces tan numerosas y anónimas, al entrar en una iglesia vemos a un justo que intercede.

Existe en la Regla un capítulo, el 28, “De los que muchas veces corregidos no se enmiedan”. Acá Benito habla al Abad:

” el abad obre como un sabio médico: 3 si ya aplicó los fomentos y los ungüentos de las exhortaciones, los medicamentos de las divinas Escrituras y, por último, el cauterio de la excomunión y las heridas de los azotes, 4 y ve que no puede nada con su industria, aplique también lo que es más eficaz, esto es, su oración y la de todos los hermanos por aquel, 5 para que el Señor, que todo lo puede, sane al hermano enfermo”.

¿Qué hacemos con los hermanos que no se dejan curar? Lo primero que se nos ocurre es bajar la cortina.  ¿Yo llego a rezar a mi hermano? ¿Lo ayudo a entrar en la órbita de Dios? ¿Lo cuido con mi oración de intercesión? ¿Soy capaz de abandonarme y de abandonar en las manos del Señor el cuidado de mi hermano?

 

 Con Jesús nos cuidamos desde la caridad

 “Así como hay un mal celo de amargura que separa de Dios y lleva al infierno,  hay también un celo bueno que separa de los vicios y conduce a Dios y a la vida eterna. Practiquen, pues, los monjes este celo con la más ardiente caridad,  esto es, “adelántense para honrarse unos a otros” (Rm 12,10); 5 tolérense con suma paciencia sus debilidades, tanto corporales como morales; obedézcanse unos a otros a porfía; 7 nadie busque lo que le parece útil para sí, sino más bien para otro; 8 practiquen la caridad fraterna castamente;  teman a Dios con amor; y nada absolutamente antepongan a Cristo, 12 el cual nos lleve a todos juntamente a la vida eterna”.

Cap 72 El buen celo que han de tener los monjes

 

 

San Benito nos está diciendo que el amor es ingenioso y se hace todo para todos. Nosotros queremos el celo ingenioso del amor, pero sólo lo conseguiremos si servimos a los demás y nos situamos por debajo de ellos. Sin humildad no se puede amar, sin humildad no puedo cuidar a mis hermanos. Esto supone no excluir nunca a nadie de la caridad.

“¿Acaso yo soy el guardían de mi hermano?” pregunta Caín a Dios. La respuesta será siempre sí, tu eres guardían de tu hermano. ¿Qué hemos hecho con nuestros hermanos, los hemos ayudado a ser semejantes a Cristo?. Tal vez, a veces sucede que los que tenemos más cerca son con los que tenemos más problemas. ¿Qué hiciste con tu hermano?.

San Benito nos dice que evitemos el celo amargo y a ese consejo lo tenemos que tomar todos, porque es un sentimiento al que todos estamos expuestos si no estamos atentos. El odio, la envidia, los celos, San Benito nos invita a estrellarlos contra Cristo que es la roca.

Cuidamos a nuestros hermanos no hablando mal de ellos, ni murmurando. ¿No le sparece que todos necesitamos un suplemento de caridad?  La que comparte, la que se hace cargo del malestar y del sufrimiento del hermano.

Cuidarnos desde la caridad es tolerarnos con suma paciencia, practicar la caridad fraterna castamente, adelantarnos para servirnos, estar atentos a los detalles y no tener miedo. El Señor se hizo servidor de todos, y Él es el modelo del buen celo. Hay una bienaventuranza para elo, la del corazón del lavatorio de los pies “ustedes serán felices si sabiendo estás cosas las practican”.