viernes, 20 de abril de 2018

La espiritualidad de comunión

viernes, 20 de abril de 2018
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20/04/2018 – Hoy en le Evangelio Jesús nos dice que quien come su carne tiene vida para siempre. La carne de Cristo es el vínculo de amor con mi hermano. Allí el Señor nos invita a tocar sus llagas.

 

Catequesis en un minuto

Los judíos discutían entre sí, diciendo: “¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?”. Jesús les respondió: “Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente”. Jesús enseñaba todo esto en la sinagoga de Cafarnaún.

Jn 6,52-59

Comer la carne de Jesús para la vida en comunión

El uno que estamos llamados a ser es el que nos da vida y se alimenta y fortalece cada vez que comemos su carne eucarística. En la Eucaristía el resucitado nos hace uno con El y con el Padre en el Espíritu. En la unidad realizada por la Eucaristía y vivida en el amor recíproco Cristo toma el fin del modelo de al humanidad un solo Padre en un proyecto de fraternidad.

En un mundo erosionado en su raíz de comunión por el individualismo y el “sálvese quien pueda”, Juan Pablo II nos invitaba a un programa pastoral que tiene como fundamento una espiritualidad de comunión. Nos decía: “Ante todo una mirada del corazón sobre todo hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado. Espiritualidad de la comunión significa, además, capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y, por tanto, como « uno que me pertenece”, para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad. Espiritualidad de la comunión es también capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un « don para mí », además de ser un don para el hermano que lo ha recibido directamente.

En fin, espiritualidad de la comunión es saber « dar espacio » al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros (cf. Ga 6,2) y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos asechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias. No nos hagamos ilusiones: sin este camino espiritual, de poco servirían los instrumentos externos de la comunión. Se convertirían en medios sin alma, máscaras de comunión más que sus modos de expresión y crecimiento”

Catequesis completa