«Es realmente preocupante este debilitamiento del derecho internacional: a la justicia la ha sustituido la fuerza». El cardenal Pietro Parolin, Secretario de Estado de la Santa Sede, habla con los medios vaticanos sobre la guerra en curso en Oriente Medio y observa con inquietud que «se está afirmando peligrosamente un multipolarismo caracterizado por el primado de la fuerza y la autorreferencialidad».
Eminencia, ¿cómo está viviendo estas horas dramáticas?
Con gran dolor, porque los pueblos de Oriente Medio, incluidas las ya frágiles comunidades cristianas, han vuelto a caer en el horror de la guerra, que quiebra brutalmente vidas humanas, produce destrucción y arrastra a naciones enteras a espirales de violencia de desenlace incierto. El domingo pasado, en el Ángelus, el Papa habló de una «tragedia de proporciones enormes» y del riesgo de un «abismo irreparable». Son palabras más que elocuentes para describir el momento que estamos atravesando.
¿Qué piensa del ataque estadounidense e israelí contra Irán?
Considero que la paz y la seguridad deben cultivarse y buscarse a través de las posibilidades que ofrece la diplomacia, especialmente la ejercida en los organismos multilaterales, donde los Estados pueden resolver los conflictos de manera incruenta y más justa. Tras la Segunda Guerra Mundial, que causó alrededor de 60 millones de muertos, los padres fundadores, con la creación de la Organización de las Naciones Unidas, quisieron ahorrar a sus hijos los horrores que ellos mismos habían vivido. Por eso, en la Carta de la ONU establecieron indicaciones precisas sobre la gestión de los conflictos.
Hoy, esos esfuerzos parecen haberse desvanecido. Más aún, como recordó el Papa al Cuerpo Diplomático a comienzos de año, «a una diplomacia que promueve el diálogo y busca el consenso de todos, se está sustituyendo una diplomacia de la fuerza, de individuos o de grupos de aliados», y se piensa que la paz puede perseguirse «mediante las armas».
Cuando se habla de las causas de una guerra, es complejo determinar quién tiene razón y quién no. Lo que sí es seguro es que siempre producirá víctimas y destrucción, además de efectos devastadores sobre la población civil. Por eso, la Santa Sede prefiere insistir en la necesidad de utilizar todos los instrumentos que ofrece la diplomacia para resolver las disputas entre los Estados. La historia ya nos ha enseñado que solo la política, con el esfuerzo de la negociación y la atención al equilibrio de intereses, puede aumentar la confianza entre los pueblos, promover el desarrollo y preservar la paz.
La justificación del ataque ha sido impedir la fabricación de nuevos misiles, en definitiva, una “guerra preventiva”…
Como establece la Carta de la ONU, el recurso a la fuerza debe considerarse únicamente como última y gravísima instancia, después de haber utilizado todos los instrumentos del diálogo político y diplomático, tras evaluar cuidadosamente los límites de la necesidad y la proporcionalidad, sobre la base de verificaciones rigurosas y motivaciones fundadas, y siempre en el marco de una gobernanza multilateral.
Si se reconociera a los Estados el derecho a la «guerra preventiva», según criterios propios y sin un marco jurídico supranacional, el mundo entero correría el riesgo de verse envuelto en llamas. Es realmente preocupante este debilitamiento del derecho internacional: a la justicia la ha sustituido la fuerza; a la fuerza del derecho la ha reemplazado el derecho de la fuerza, con la convicción de que la paz solo puede nacer después de que el enemigo haya sido aniquilado.
¿Qué peso tienen las masivas manifestaciones de las últimas semanas en Irán, sofocadas en sangre? ¿Pueden olvidarse?
Ciertamente no; también esto ha sido motivo de profunda preocupación. Las aspiraciones de los pueblos deben ser tomadas en consideración y garantizadas dentro de un marco legal que permita a todos expresar libre y públicamente sus ideas, y esto vale también para el querido pueblo iraní. Al mismo tiempo, nos podemos preguntar si realmente se piensa que la solución puede llegar mediante el lanzamiento de misiles y bombas.
¿Por qué el derecho internacional y la diplomacia atraviesan hoy este punto de declive?
Se ha debilitado la conciencia de que el bien común beneficia verdaderamente a todos, es decir, que el bien del otro es también un bien para mí; por tanto, la justicia, la prosperidad y la seguridad se realizan en la medida en que todos puedan beneficiarse de ellas. Este principio está en la base de la creación del sistema multilateral o de un proyecto audaz como el de la Unión Europea. Esa conciencia se ha atenuado, dando lugar a un mayor apetito por los propios intereses.
Esto tiene otra consecuencia: el sistema de la diplomacia multilateral en las relaciones entre los Estados vive una crisis profunda, entre otras cosas por la desconfianza que estos sienten hacia los vínculos jurídicos que limitan su acción. Esta actitud representa la otra cara de la voluntad de poder: el deseo de actuar libremente, de imponer a otros el propio orden, evitando el dramático pero noble esfuerzo de la política, hecho de discusiones, negociaciones, ventajas para uno mismo y concesiones a los demás.
Se está afirmando peligrosamente un multipolarismo caracterizado por el primado de la fuerza y la autorreferencialidad. Lamentablemente, se vuelven a cuestionar principios como la autodeterminación de los pueblos, la soberanía territorial y las normas que regulan la propia guerra (ius in bello). Se pone en tela de juicio y se va dejando de lado todo el aparato construido por el derecho internacional en ámbitos como el desarme, la cooperación al desarrollo, el respeto de los derechos fundamentales, la propiedad intelectual y los intercambios y tránsitos comerciales.
Y sobre todo parece haberse perdido la conciencia de lo que ya escribió Immanuel Kant en 1795: «La violación del derecho en un punto de la Tierra se siente en todos los demás». Aún más grave, en ciertos aspectos, es invocar el derecho internacional según la propia conveniencia.
¿A qué se refiere?
Me refiero a que hay casos en los que la comunidad internacional se indigna y se moviliza, y otros en los que no lo hace o lo hace con mucha más tibieza, dando la impresión de que existen violaciones del derecho que deben sancionarse y otras que pueden tolerarse; víctimas civiles que deben deplorarse y otras que pueden considerarse como «daños colaterales».
No hay muertos de primera y de segunda categoría, ni personas que tengan más derecho a vivir que otras solo por haber nacido en un continente u otro o en un determinado país. Quisiera subrayar la importancia del derecho internacional humanitario, cuyo respeto no puede depender de las circunstancias ni de intereses militares o estratégicos.
La Santa Sede reitera con firmeza su condena de toda forma de implicación de civiles y de estructuras civiles -como residencias, escuelas, hospitales y lugares de culto- en operaciones militares, y pide que se proteja siempre el principio de la inviolabilidad de la dignidad humana y de la sacralidad de la vida.
¿Qué perspectivas a corto plazo ve para esta nueva crisis?
Espero y rezo para que el llamamiento a la responsabilidad que el Papa León XIV dirigió el domingo pasado sea acogido y logre tocar el corazón de quienes toman las decisiones. Deseo que cese pronto el estruendo de las armas y se vuelva a la negociación. No se debe vaciar de sentido el proceso negociador: es fundamental conceder el tiempo necesario para que pueda llegar a resultados concretos, actuando con paciencia y determinación.
Además, debemos reconocer que el orden internacional ha cambiado profundamente respecto al diseñado hace ochenta años con la creación de la ONU. Sin nostalgias del pasado, es necesario contrarrestar toda deslegitimación de las instituciones internacionales y promover el fortalecimiento de normas supranacionales que ayuden a los Estados a resolver pacíficamente sus disputas, mediante la diplomacia y la política.
¿Qué esperanza hay ante todo esto?
Los cristianos esperan porque confían en el Dios hecho Hombre, que en Getsemaní ordenó a Pedro envainar la espada y que en la Cruz vivió en primera persona el horror de la violencia ciega e insensata. Esperan también porque, a pesar de las guerras, las destrucciones, las incertidumbres y un extendido sentimiento de desconcierto, desde muchas partes del mundo siguen elevándose voces que reclaman paz y justicia.
¡Nuestros pueblos piden paz! Este clamor debería sacudir a los gobernantes y a quienes actúan en el ámbito de las relaciones internacionales, impulsándolos a multiplicar los esfuerzos por la paz.
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