12/05/2026 – (Fuente: Vatican News) El 14 de mayo León XIV visitará la universidad romana La Sapienza. Los estudiantes que se preparan para recibirlo cuentan a los medios vaticanos el valor de la experiencia en la capilla, un lugar que se ha convertido en una familia, especialmente para los muchos estudiantes de fuera de la ciudad. Don Vecchione: “Me ha ocurrido muchas veces escuchar en confesión a chicos que ya no tenían ganas de vivir».
“Estoy totalmente en hype”. La jerga juvenil traduce la fuerte expectación entre los estudiantes que frecuentan la Capilla de la Universidad Sapienza ante la visita, en la mañana del jueves 14 de mayo, de León XIV a la Univerdad principal de Roma. Allí mismo, a las 10:20, el Obispo de Roma llegará para un momento de oración y un saludo a la comunidad, para después dirigirse al rectorado y al Aula Magna, donde pronunciará un discurso.
El campus principal de la universidad más grande de Europa, situado en la plaza dedicada a Aldo Moro, a pocos pasos de la estación Termini, es un cuadrilátero atravesado por decenas de avenidas que se cruzan según la típica arquitectura racional de hace un siglo. Aquí se estudia, se investiga, se organizan congresos, exposiciones y conciertos. Se recuerda a los premios Nobel que han dejado una gran herencia intelectual. La gente se enamora. Y también se reza.
“Este es un laboratorio de los corazones humanos”, dice don Gabriele Vecchione, el capellán, “con 125.000 estudiantes procedentes de todo el mundo, que harán el mundo de mañana. Aquí se quiere vivir la fe con un enfoque racional a la altura del siglo XXI”.
“Este lugar se está convirtiendo cada vez más en un hogar”, dicen los chicos y chicas que frecuentan la capilla. Una de ellas cuenta que durante su carrera de grado nunca había vivido la dimensión de la fe en el ámbito universitario, pese a tener un fuerte vínculo con la vida de su parroquia de origen, donde colabora desde la escuela secundaria.
“Encontrar ahora esto en otros universitarios como yo, que sienten el deseo de algo más, es realmente bonito. Es como una unidad interior”, dice emocionada.
“Hace un año estaba allí, en la plaza de San Pedro, cuando hubo la fumata blanca, así que este Papa es especial para mí porque viví su elección. Es un hecho histórico que pueda venir a la Sapienza, me hace decir ¡Wow! Y esta acogida me da mucha esperanza, esperanza en nosotros los jóvenes, mucha”.
“Aquí he encontrado una familia y un lugar que poco a poco me está haciendo descubrir que soy hija, y yo necesitaba esto.”
Es ya última hora de la tarde; hay alguien en adoración frente al altar central. Detrás, una pequeña capilla para reuniones de grupos. Mobiliario muy sobrio, poca luz. Pero luego se descubre que la luz son ellos, los jóvenes.
Se baja un piso y hay una amplia aula circular donde se puede estudiar libremente. La recuperación de este espacio ha sido una gran fuente de alegría para algunos. Beatrice, por ejemplo, que estudia Economía y Finanzas y colabora en las actividades, se ha visto especialmente implicada: “Fue el momento en el que me sentí parte de algo”.
Es de Pantelleria, ha vivido muchas mudanzas y la percepción de ser “una eterna extranjera”. Ahora este lugar lo es todo: “Aquí vengo cuando estoy mal, cuando tengo miedo, cuando soy feliz, cuando quiero estar en compañía o también sola. Con los años, los continuos traslados me han generado muchas dificultades para sentirme hija de alguien. Aquí he encontrado una familia y un lugar que poco a poco me está haciendo descubrir que soy hija, y yo necesitaba esto. En el primer año viví una gran soledad. Estaba perdida, en un callejón sin luz. Pero poco a poco la estoy reencontrando. Ahora me siento parte de toda esta maravilla”.
También para Lorenzo la capilla es un lugar de encuentro en medio de fragilidades y deseos de reflexión. “Representa un espacio también para ponerse en discusión a uno mismo. Para nosotros los jóvenes es fundamental, tanto si son creyentes como no creyentes”.
Llega aquí expresamente desde el edificio Marco Polo, fuera de la ciudad universitaria, como hacen muchísimos; muchos pasan por aquí incluso sin ser estudiantes: “Vengo cada semana para poder hablar. Muchas veces me ha pasado simplemente pasar por delante, y luego me he aficionado de verdad”.
Como otro joven de Salento; ha estudiado Diseño del Cine, pelo rubio platino y gafas gruesas, y está a la espera de trabajo: “A los 16 años dejé completamente de ir a la iglesia. Hace dos años empecé el recorrido de los Diez Mandamientos de don Fabio Rosini. No me considero al cien por cien cristiano, pero estoy en camino. Jesús es tanto hombre como Dios; este es el aspecto que me hace sentir más cerca de él”.
Para un joven estudiante de Historia del Arte, de origen molisano y con la voz profunda de un actor, confiar cada aspecto de su vida cotidiana “A Aquel que lo sabe todo” es fundamental. “La fe es una puerta que abre muchas puertas en mi vida”.
El estudio y la fe no son mundos separados, subraya. Y cuenta aquella vez, en octubre, cuando por casualidad —o Providencia— se enteró de una recogida de juguetes para los niños del hospital Umberto I: “Yo aporté mi parte. Desde entonces se ha creado un grupo muy bonito en el que uno se siente bienvenido. Nuestro papel es precisamente acoger y dar consuelo a quien lo necesita”.
También Simone está descubriendo cada vez más que “fe e intelecto pueden incluso coincidir”. Él también trabaja, “pero este estar aquí ha reavivado la pasión por el estudio, que ahora parece tener un sabor un poco más eterno, más infinito”. Una vez fueron a Rebibbia para el Vía Crucis en la cárcel: “Una experiencia muy bonita —cuenta— porque un preso, en el fondo, no tiene nada que darte. Si no tiene libertad, ¿qué puede darte? Y sin embargo… poder anunciar la pasión, muerte y resurrección de Jesús en un lugar así, donde se ven muchas muertes, fue algo muy potente”.
En las habitaciones del semisótano viven dos de los sacerdotes que guían las actividades propuestas en la capilla. Uno de los dos vicecapellanes, don Claudio Tagliapietra, explica el valor de estar dentro del torrente de la vida de la universidad.
“Nosotros nunca nos hemos planteado el problema de cómo atraer a los jóvenes; en realidad, nos hemos planteado cómo interceptar su lenguaje, las inquietudes que los mueven: solo entonces se habla la misma lengua. Aquí muchas veces buscan un padre, un hermano. A veces, desde conversaciones periféricas se llega a un discurso más profundo”.
El reto —que es precisamente el que se quiere volver a poner en el centro con la visita del Papa— es crear una síntesis entre las dos formas de sabiduría: la de Dios y la de los hombres. “Ambas tienen la misma fuente, basta con poner el corazón en actitud de escucha”.
Y menciona figuras de referencia en la historia de la Iglesia que conviene releer: “Para Santo Tomás de Aquino existe una única sabiduría; San Agustín es un maestro de corazón ardiente y sabio; luego está Newman, otro Doctor de la Iglesia que proponía un ideal elevado de universidad. Es precisamente la unificación del saber lo que estas figuras han enseñado como objetivo, al que también se aspira cuando se pide a los distintos grupos que en la capilla organizan reuniones y encuentros de oración que no piensen solo en su propio ámbito”.
Don Claudio no deja de citar la Constitución de la República italiana, que habla del progreso espiritual del trabajo, un aspecto que hoy, dice, tiende a infravalorarse. Él mismo, como profesor en la Universidad Santa Croce, recuerda: “Educar es una de las misiones más nobles que tenemos como docentes: poner ante el estudiante toda la belleza que Dios ha visto en ellos antes de la Creación. Se les da todo el conjunto de herramientas para que sean lo que deben ser”.
Educar significa sacar lo mejor de uno mismo y de los demás, y salir —con la cabeza y con el corazón— para sintonizar con las necesidades del otro. Es lo que se hizo, por ejemplo, el pasado 4 de mayo, en el Auditorio de la capilla, dentro de las iniciativas de apoyo a los 16 estudiantes de Gaza becados por la universidad: una velada de memoria y reflexión para evitar que el dolor de Gaza caiga en el silencio.
También es belleza, como la que se puede disfrutar los martes de mayo con el festival de literatura contemporánea “Jardines de tinta”. Lo promueve el propio capellán, don Gabriele Vecchione, que también es vicedirector de la Oficina diocesana para la Pastoral universitaria. Encontrado entre los jóvenes, tiene palabras a la vez incisivas y dulces, un estilo amoroso y exigente. Evangélico, en definitiva.
“El Papa aquí eliminará definitivamente de Dios esa pátina luciferina que quiere hacer creer que Dios, en cierto sentido, es el garante de la guerra”, afirma. Y pone el foco en el drama actual: “Todas las guerras de las que leemos en los periódicos estos días están también revestidas de una retórica religiosa. Eso es una blasfemia inaceptable”.
“Me ha ocurrido muchas veces escuchar en confesión a jóvenes que ya no tenían ganas de vivir”, confiesa. “Y esto realmente me queda dentro; se trata de decirles que lo que están atravesando es un periodo que luego termina”.
Don Gabriele no es dado a reduccionismos fáciles. Y cuando se trata de dar profundidad al plano espiritual, a menudo simplificado de forma apresurada y superficial en el plano psicológico o, por el contrario, excluido de él, insiste:
“La Iglesia tiene un arsenal, una reserva de espiritualidad que es inmensa. Es decir, lo espiritual tiene muchas cosas que decir: por ejemplo, San Juan de la Cruz, en su noche oscura, describió de hecho una depresión, pero también el paso a través de la noche oscura y el encuentro con Dios. Así que el lenguaje psíquico está integrado dentro de una dinámica de fe, no es algo ajeno”.
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