19/06/2026 – Cada Día del Padre despierta sentimientos diversos. Hay quienes celebran con alegría, quienes recuerdan con gratitud, quienes atraviesan heridas, ausencias o distancias, y también quienes cargan con la sensación de no haber sido el padre que soñaban ser.
En una nueva edición del ciclo “Reflexiones para el finde”, el Padre Humberto González S.J. propuso una reflexión original y profundamente humana: mirar a Dios como un “padre imperfecto”, tomando como referencia la parábola del Padre Misericordioso.
No porque Dios tenga defectos, sino porque, visto desde nuestros parámetros humanos, muchas de sus actitudes parecen romper todos los esquemas de lo que esperaríamos de un padre.
La parábola comienza con una escena impactante: un hijo le pide la herencia a su padre, algo que equivalía a desear su muerte en vida.
Y sin embargo, el padre lo deja partir.
No lo retiene.
No lo manipula.
No le impone condiciones.
Respeta su libertad y espera.
Desde una lógica humana, podría parecer una actitud equivocada. Pero Jesús presenta precisamente allí una imagen sorprendente de Dios: un padre que ama tanto que es capaz de respetar incluso las decisiones equivocadas de sus hijos.
Cuando el hijo menor regresa, lo hace movido por el hambre y la necesidad. Ni siquiera vuelve con una conversión ejemplar. Sin embargo, al padre no le interesa demasiado el discurso que había preparado. Lo único que le importa es que su hijo ha regresado.
No hay reproches.
No hay cuentas pendientes.
No hay castigos.
Hay abrazo.
Hay fiesta.
Hay alegría.
Y eso rompe completamente nuestras categorías habituales de justicia.
La reflexión no se detiene en el hijo menor. También mira al hijo mayor.
Ese que permaneció siempre en casa.
Ese que cumplió.
Ese que hizo las cosas correctamente.
Y sin embargo, también estaba lejos del corazón de su padre.
Su gran error fue vivir la relación desde la lógica del mérito y la recompensa.
Esperaba reconocimiento.
Esperaba premios.
Esperaba que el padre destacara sus esfuerzos.
Pero nunca descubrió que el verdadero regalo era estar junto a él.
El Padre Humberto advierte que muchas veces trasladamos esa misma lógica a nuestra relación con Dios.
Esperamos que Dios tome asistencia.
Que registre nuestros esfuerzos.
Que valore cuánto hacemos.
Que premie nuestras buenas acciones.
Y terminamos viviendo la fe como una contabilidad espiritual.
Pero la parábola muestra otra cosa.
Dios no ama porque cumplimos.
Ama porque somos sus hijos.
Una de las observaciones más profundas de la reflexión es que el padre sale al encuentro de ambos hijos.
Corre hacia el menor para abrazarlo.
Y también sale a buscar al mayor para invitarlo a entrar a la fiesta.
No se resigna a perder a ninguno.
Incluso le ruega al hijo mayor que participe de la celebración.
Otra actitud que, vista desde criterios estrictamente humanos, parece desconcertante.
Pero que revela hasta dónde llega la paciencia de Dios.
La parábola termina de manera extraña. No sabemos si el hijo mayor entra o no a la fiesta. Jesús deja el relato abierto. Y según el Padre Humberto, ese detalle es fundamental. Porque el final no debe imaginarse. Debe escribirse con la propia vida. Cada persona está llamada a decidir si acepta o no entrar en la lógica de ese Padre que ama sin condiciones.
La reflexión adquiere una fuerza especial en vísperas del Día del Padre. Muchos hombres viven cargando el peso de sus errores, sus limitaciones o sus fracasos. Otros sienten que no estuvieron a la altura. Otros conviven con reproches o distancias familiares. Ante esa realidad, el sacerdote propone contemplar al Padre Misericordioso. No como un modelo de perfección imposible. Sino como un modelo de amor. Porque el centro de la paternidad no está en hacerlo todo bien. Está en amar.
El Padre Humberto relaciona esta experiencia con el encuentro entre Jesús resucitado y Pedro.
Después de haber negado a Jesús tres veces, Pedro podría haber esperado un reproche.
Sin embargo, Jesús no le pregunta por sus errores.
Le pregunta por su amor.
“¿Me amas?”
La lógica vuelve a ser la misma.
Lo decisivo no es la perfección.
Lo decisivo es el amor.
La reflexión también amplía el significado de la paternidad.
No se limita únicamente a quienes tienen hijos biológicos.
Hay formas de paternidad que ejercen:
Todas ellas participan, de alguna manera, de ese cuidado paternal que refleja algo del amor de Dios.
La reflexión concluye con una emotiva oración donde el Padre Humberto agradece por la vocación a la paternidad y por todas aquellas personas que, con aciertos y errores, ayudaron a cuidar, acompañar y amar.
Porque al final, detrás de cada experiencia auténtica de amor paternal, aparece algo del rostro de Dios.
Ese Padre que espera.
Ese Padre que abraza.
Ese Padre que hace fiesta.
Y que nunca deja de confiar en sus hijos.