04/03/2026 – “Cristo sigue sufriendo estando resucitado”. La frase impacta. ¿Cómo puede el Resucitado seguir unido al dolor del mundo? En el ciclo Enseñanzas desde el Magisterio de la Iglesia, el Padre Javier Soteras nos invita a redescubrir la devoción al Sagrado Corazón como una experiencia viva, actual y profundamente transformadora.
El Padre Javier Soteras, director de Radio María Argentina, desarrolla en este Ciclo: «Enseñanzas desde el Magisterio de la Iglesia» en la que seguimos reflexionando acerca de la carta del Papa Francisco llamada Dilexit Nos. En esta ocasión vemos como el Sagrado Corazón no es una espiritualidad de otros tiempos, sino una corriente viva que nos pone en sintonía con el presente de Cristo. A través de cinco claves, el Padre Javier nos propone un camino que une contemplación, reparación y compromiso concreto con los que sufren.
El primer punto es claro: el corazón de Jesús no ha dejado de amar. No se trata de una devoción nostálgica, sino de una presencia actual. “Este corazón no ha dejado de amar”, afirma el Padre Javier, y agrega que tampoco ha dejado de latir. El Papa Francisco recuerda en Dilexit Nos el testimonio de santos como San Pío de Pietrelcina, Santa Teresa de Calcuta y Santa Faustina Kowalska, junto con la experiencia profundamente personal de San Juan Pablo II, quien reconocía: “Él me ha hablado desde mi juventud”. Todos ellos encontraron en el Corazón de Cristo la fuerza para comprometerse con la miseria humana, en el espíritu y en la carne.
Aquí aparece una clave teológica central: el Cristo que contemplamos es el crucificado resucitado. Las llagas no desaparecieron con la Pascua. El Resucitado conserva las marcas de la cruz. Por eso, el dolor humano no le es ajeno.
Si Cristo resucitado conserva sus llagas, entonces nuestro vínculo con Él no es simbólico. Es real. Cuando nos acercamos a los heridos de este tiempo, nos encontramos directamente con el crucificado resucitado.
El Padre Javier lo explica con una profundidad conmovedora: cuando buscamos consolar a Jesús en su pasión, también recibimos consuelo. Se produce un intercambio misterioso. Consolamos al Cristo doliente presente en la historia y, al mismo tiempo, recibimos la gracia pascual que brota de su Resurrección. “El tiempo que nos lleva hasta la parusía final está atravesado por la cruz”, señala. La resurrección no elimina la herida, sino que la transforma. Mientras exista dolor en la humanidad, el Cristo glorioso permanece unido a los que sufren.
Otro punto central es que la redención no es un hecho estático del pasado. Es dinámica. Nuestros actos de hoy, ofrecidos con amor, alcanzan el corazón herido de Cristo, superando toda distancia temporal. Siguiendo una intuición profundamente ignaciana, el Padre Javier recuerda que así como Cristo cargó con nuestros pecados futuros, también nuestros actos de reparación y de amor, previstos en el misterio de Dios, se hacen presentes en su pasión. La gracia atraviesa el tiempo y el espacio. Esto significa que nuestra oración es siempre pascual. Entramos en comunión con el crucificado resucitado, no con un recuerdo lejano.
Vivir en gracia es unir nuestros sufrimientos y cansancios a las llagas del Resucitado. Aquí aparece una expresión fuerte tomada de la carta a los Colosenses: “Yo llevo sobre mí lo que falta a la pasión de Cristo”. No se trata de que la redención esté incompleta, sino de que el misterio continúa desplegándose en la historia. Cada herida humana puede entrar en comunión con la herida de Cristo. “Cada uno de nosotros tiene una herida”, explica el Padre Javier. Y en esa comunión somos transformados y redimidos. La redención es dinámica. Cuando ofrecemos nuestras luchas, nuestras enfermedades, nuestras batallas interiores por permanecer en la alegría, participamos conscientemente del misterio pascual. Es una ofrenda que nos une al amor que brota de la cruz.
La devoción al Sagrado Corazón no se queda en lo interior. Se hace concreta. Se hace social. Se traduce en obras de misericordia. Dar de beber al que tiene sed, vestir al desnudo, visitar al enfermo, enseñar al que no conoce, acompañar con la oración. En cada gesto de caridad estamos reparando el corazón herido de Jesús. El corazón es la síntesis de la persona. Allí está todo Cristo, el crucificado resucitado. Por eso, la evangelización misma es un acto inmenso de caridad. Anunciar a Jesús, explicar el misterio de su encarnación, muerte y resurrección como respuesta a las grandes preguntas del dolor humano, es uno de los mayores actos de amor que podemos ofrecer.
En una cultura que muchas veces huye del sufrimiento o lo vive sin horizonte, el Sagrado Corazón nos propone otra mirada. El dolor no es negado ni romantizado. Es asumido y transformado.
La cruz da respuesta a las grandes preguntas: por qué el dolor, por qué la muerte. Y lo hace desde la gracia de la Resurrección. Nada de lo humano queda fuera del corazón de Cristo.
Cuando vos te acercás a un hermano herido, no estás haciendo solo una obra buena. Estás entrando en comunión con el misterio pascual. Estás consolando y siendo consolado. Estás participando de un amor que rompe el tiempo y que sigue latiendo hoy.