03/04/2026 – En este día tan significativo para la fe cristiana, la contemplación de la Pasión de Jesús invita a adentrarse en el misterio del dolor, pero también —y sobre todo— en su sentido más profundo. No se trata simplemente de recordar un sufrimiento, sino de comprenderlo a la luz de la Resurrección.
Como señala el padre Francisco Javier de Igarzábal, sacerdote del Verbo Divino que se encuentra en Ucrania, “celebramos la pasión y la muerte de Jesús porque sabemos que resucitó, que no dio su vida en vano, y porque uno de los frutos de este misterio de salvación… es la paz, esa paz que sólo Jesús puede darnos, la paz de Dios” . Así, la cruz deja de ser un signo de derrota para convertirse en fuente de esperanza.
En la contemplación del Viernes Santo, el dolor no queda encerrado en sí mismo, sino que abre una puerta hacia un horizonte nuevo. El mismo sacerdote lo expresa con claridad al afirmar: “en la contemplación de la dolorosa pasión de Jesús, vislumbramos el sentido y el fruto: la paz que Jesús resucitado les ofrece a los discípulos… ‘La paz sea con ustedes’, esa paz que sólo el Señor puede darnos, aun en medio de dolores, sufrimientos, encierros” . De este modo, la fe cristiana propone una mirada que no niega el sufrimiento, pero lo atraviesa con una certeza: la última palabra es la vida.
Esta experiencia adquiere una dimensión concreta cuando se observa la realidad de tantos pueblos que hoy viven situaciones extremas. Desde Ucrania, marcada por la guerra y el dolor cotidiano, el testimonio del padre Igarzábal hace visible cómo esa paz puede abrirse camino incluso en medio de la adversidad. En ese contexto, recuerda que “el sufrimiento tiene un valor si es ofrecido… ese mismo sufrimiento que nos toca vivir, si lo unimos al dolor de Cristo crucificado, tiene un valor infinito que ayuda a la salvación” . Esta mirada transforma la experiencia humana del dolor en una oportunidad de encuentro con Dios.
Al mismo tiempo, el sacerdote invita a una reflexión que interpela la vida cotidiana de cada persona. En un mundo atravesado por conflictos visibles e invisibles, sostiene que “si queremos que reine la paz en el mundo, el modo concreto que tenemos es evitar el pecado… cada vez que logramos vencerlo, estamos contribuyendo a la paz” . Así, la construcción de la paz no aparece como una idea abstracta, sino como un compromiso personal y concreto que comienza en el corazón de cada uno.
Finalmente, el camino propuesto vuelve siempre al centro: la contemplación de Cristo crucificado. Allí, en ese gesto extremo de amor, se encuentra la clave para comprender el sentido del sufrimiento humano. Como expresa el padre Igarzábal, “al ver lo que Cristo sufrió por amor a nosotros… comprendemos que no sufrimos solos, que Él también sufre con nosotros y que su sufrimiento fue mucho más grande” . Desde esa certeza, el dolor deja de ser un límite y se convierte en un puente hacia la esperanza.
De este modo, la Pasión de Jesús, contemplada en este tiempo santo, se revela como una invitación a vivir con una fe renovada, capaz de descubrir en medio de las cruces cotidianas el germen de una paz profunda, verdadera y duradera.