15/05/2026 – Las despedidas no suelen ser fáciles. Despedir a alguien querido, ver partir a un hijo, un nieto o un amigo hacia otro lugar, atravesar una ausencia o incluso aceptar ciertos cambios de la vida deja siempre una mezcla de tristeza, incertidumbre y nostalgia. Sin embargo, en una nueva edición del ciclo “Reflexiones para el finde”, el Padre Humberto González S.J. propuso una mirada profundamente esperanzadora: el pueblo fiel nos enseña que también las despedidas pueden celebrarse.
La reflexión se dio en el marco de dos celebraciones muy unidas entre sí: la solemnidad de la Ascensión de Jesús al cielo y la devoción popular al Señor de los Milagros de Mailín.
El sacerdote parte de una pregunta muy humana: ¿Por qué celebramos la Ascensión si, en definitiva, Jesús “se va”?
A primera vista, podría parecer extraño festejar una despedida. Pero justamente ahí aparece una de las claves más profundas de la fe cristiana. Jesús asciende al cielo no para abandonar a la humanidad, sino llevando consigo nuestra propia humanidad hacia el Padre. Ya no vuelve solamente como Dios que se encarna, sino como aquel que presenta nuestra vida ante Dios.
Por eso, explica el Padre Humberto, la Ascensión no es un final triste. Es una despedida atravesada por la esperanza.
Esa misma experiencia aparece reflejada en la devoción al Señor de los Milagros de Mailín, una de las expresiones más fuertes de religiosidad popular del norte argentino. La imagen —según la tradición encontrada por Juan Serrano hacia 1780 en un árbol luminoso del monte santiagueño— muestra a un Cristo crucificado, pero al mismo tiempo glorioso.
Ahí conviven dos dimensiones:
Por eso Mailín no es una fiesta triste.Es una celebración profundamente popular donde el sufrimiento humano se mezcla con la esperanza.
Durante la reflexión, el Padre Humberto recuerda especialmente a quienes tuvieron que partir de sus lugares de origen buscando trabajo o nuevas oportunidades.
Muchos santiagueños viven la fiesta de Mailín lejos de su tierra natal. Incluso en lugares del conurbano bonaerense —como Villa de Mayo— miles de personas recrean cada año esa celebración para sentirse nuevamente cerca de sus raíces. Ahí la fiesta se vuelve también memoria, pertenencia y abrazo colectivo. Porque quienes conocen el peso de las despedidas descubren en la fe una manera distinta de atravesarlas.
Uno de los ejes más profundos de la reflexión aparece cuando el sacerdote plantea una pregunta muy simple:
¿Por qué Jesús se va?
“Qué fácil sería todo si se hubiera quedado”, reconoce.
Pero justamente su partida abre otro camino: el de la fe, el de la comunidad y el de la responsabilidad compartida.
Jesús confía su Iglesia a personas frágiles, limitadas y muchas veces contradictorias. Sin embargo, sigue apostando por la humanidad.
Y aunque se va, permanece de otro modo:
Por eso la Ascensión no es ausencia.Es otra forma de presencia.
En uno de los pasajes más fuertes de la charla, el Padre Humberto advierte que muchas veces los cristianos olvidan el corazón festivo de la fe. “A veces nuestras caras dicen que parece que somos promotores de un velorio.”
Sin embargo, la vocación cristiana es exactamente la contraria: ser testigos de la alegría del cielo. La fiesta popular —como sucede en Mailín, Huachana, Itatí o tantas devociones populares— recuerda precisamente eso: Dios sigue caminando con su pueblo.
El sacerdote comparte además una imagen profundamente conmovedora.
En algunos campos de concentración de Europa durante la Segunda Guerra Mundial, una de las frases más repetidas en las paredes era: “Yo estaré con ustedes hasta el fin.” Y explica que ese “fin” no se refiere solamente al fin del mundo.
Es también:
Ahí también está Jesús.
Ahí también acompaña.
La reflexión termina mirando nuevamente al pueblo sencillo que sostiene estas fiestas populares.
Muchos de quienes peregrinan a Mailín hacen enormes sacrificios para llegar:
Y sin embargo llegan con alegría.
Porque para ellos la fiesta no es evasión.Es descanso del alma.Es encuentro.Es esperanza.
Para el Padre Humberto, cada celebración popular es una especie de anticipo del cielo. Una “muestra gratis”, como él mismo la llama, de esa fiesta definitiva a la que todos estamos invitados. Por eso incluso las despedidas pueden vivirse de otra manera cuando se miran desde la fe. Porque Jesús se va… pero no abandona. Y porque en medio de nuestras cruces, dolores y distancias, sigue repitiendo:
“Yo estaré con ustedes hasta el fin.”