Angelelli, el hombre detrás del Monseñor: un retrato íntimo a través de los ojos de su sobrina

miércoles, 27 de agosto de 2025

27/08/2025 – Detrás de la figura histórica de Monseñor Enrique Angelelli, el obispo mártir de La Rioja, existió un hombre de familia, un tío juguetón y confidente al que su sobrina, María Elena Coseano, simplemente llamaba «el tío». Lejos de la solemnidad del anillo episcopal, que de niña se negó a besar porque «vos sos mi tío», Marilé atesora el recuerdo de un vínculo forjado en la complicidad y el afecto profundo. Era una relación, según sus propias palabras, «muy de compinches», marcada por largas charlas donde él, más que hablar, preguntaba. Su llegada a la casa familiar era un evento lleno de alegría que congregaba a todos, demostrando desde el ámbito más íntimo esa vocación de encuentro que definiría su vida pastoral.

El «tío Pelado», como le decían cariñosamente, era un hombre de contrastes entrañables: tan cercano y bromista como exigente cuando la situación lo ameritaba. Marilé lo recuerda como el confidente de sus secretos de adolescente, desde un dolor de muelas hasta sus primeros amores. Pero también rememora las travesuras compartidas, como los asaltos a los frascos de mermelada de la abuela durante la siesta. Con picardía, cuenta cómo Angelelli, para no delatarlos con el ruido de una cuchara, usaba su «mano grandota» para repartir el dulce: «pasaba por mí con el dedo y la otra para él». Era él quien luego asumía la culpa frente a la abuela, protegiendo a sus sobrinas con una excusa cualquiera, un gesto que pintaba de cuerpo entero su carácter protector.

Esa personalidad desbordante y cercana se traducía directamente en su ministerio. Su casa en Córdoba, durante los domingos, se convertía en una extensión de la parroquia, con mesas largas y alegres repletas de sacerdotes que llegaban para disfrutar de los tallarines de la «nona». Esta forma de ser y de pastorear es la que Marilé resume en una frase que resuena con el magisterio del Papa Francisco: «Angelelli siempre vivió en salida». Su método evangelizador era directo y sin rodeos, como cuando enfrentó al amigo ateo de su marido que dudaba en casarse por iglesia, interpelándolo con una pregunta cortante: «¿Hasta dónde la querés? ¿Hasta dónde decís amarla?». No era un cura de medias tintas, sino uno que enfrentaba la vida y la fe con total frontalidad.

Sin embargo, sobre esa vida vibrante pronto comenzó a cernirse una oscura sombra. A medida que su compromiso con los más pobres en La Rioja se profundizaba, también lo hacía la persecución. Angelelli era plenamente consciente del peligro que corría y no se lo ocultó a su familia, aunque siempre intentó protegerlos del miedo. En una confesión tan dolorosa como premonitoria, le dijo directamente a su sobrina: «A mí en cualquier momento de estos me bajan«. Ante la angustia de Marilé, su respuesta revelaba una fe inquebrantable y una aceptación total de su destino: «Dios sabe por qué hace las cosas», la misma frase con la que la había consolado en los dolores más profundos de la vida.

El 4 de agosto de 1976, esa premonición se cumplió. La noticia llegó a la familia disfrazada de «accidente automovilístico», una versión oficial que el corazón de su madre no aceptó ni por un segundo. Mientras todos intentaban proteger a los abuelos de la verdad, la intuición materna se impuso con una certeza desgarradora. Al escuchar sobre el supuesto siniestro, la abuela sentenció sin dudar: «No. A Enrique lo mataron». Fue la afirmación de una verdad que tardaría décadas en ser reconocida por la justicia, un grito silencioso que marcó el inicio de un largo y arduo camino en busca de la verdad sobre su asesinato.

Hoy, el recuerdo de su tío sigue vivo en el corazón de Marilé, no solo como el mártir que inspira, sino como el familiar cuya ausencia se siente a diario. «Yo lo extraño todos los días», confiesa con emoción, asegurando que siempre hay un detalle cotidiano que se lo trae a la memoria. La lucha por la justicia, que finalmente llegó gracias al impulso de figuras como el obispo Marcelo Colombo y la decisión del Papa Francisco de desarchivar documentos clave, fue la culminación de un reclamo familiar y social. Pero más allá de los tribunales y los reconocimientos, para Marilé, el legado de Angelelli reside en esos gestos imborrables que definieron al hombre: el tío cómplice, el pastor cercano y el profeta valiente que vivió y murió con «un oído en el pueblo y otro en el Evangelio».

Para escuchar el desarrollo completo de la noticia accede al video del inicio