¿Dónde está tu luz?

jueves, 25 de enero de 2007
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En aquel tiempo dijo Jesús a la muchedumbre, ¿Acaso se trae una lámpara para meterla debajo de un cajón o debajo de la cama? ¿O para ponerla en el candelero? Si algo se esconde es para que se descubra, si algo se hace a ocultas es para que salga a la luz. El que tenga oídos para oír, que oiga.
Les dijo también, atención a lo que les digo: la medida que usen se usará con ustedes, con aumento. Porque al que tiene se le dará y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene.
Marcos 4, 21 – 25

Ayer escuchábamos la parábola del sembrador. Ese sembrador que había salido a sembrar, había esparcido por el campo las semillas. Y ahora casi como un comentario aparecen estas dos sentencias breves de Jesús. La primera sobre la lámpara y la luz, la segunda, sobre la medida. Después como a cada uno, en virtud del terreno que sea, se les dará más o se le dará menos. El que tenga se le dará y el que no tenga se le quitará incluso lo que tiene. En una alusión a la Palabra bastante clara y que ayer escuchábamos (parábola del sembrador).

Parece afirmaciones contradictorias, incluso hay un contraste continuo entre estos dichos que nosotros vamos a escuchar y reflexionar. Hablan de manifestar, de esconder, de dar, de quitar; se nos habla también de estar atentos, las necesidades de la atención. Como te decía en el comienzo de nuestra catequesis, Jesús nos invita a escuchar una y otra vez, de algún modo a sacudir si estamos dormidos, a despertarnos. Si nos descubrimos sordos a lo que Jesús nos quiere enseñar, a abrir suficientemente grande el oído como para que no se nos escape ninguna de sus palabras.

La primera pareja de imágenes que tenemos: la imagen de la lámpara que debe estar puesta en el candelero. Están desarrolladas de algún modo por dos antítesis casi paralelas: “lo que está oculto, será descubierto; lo secreto será puesto en claro”. Por lo tanto, este Reino que Jesús anuncia a través de parábolas, ocultamente, podemos decir, oscuramente, va a ser anunciado sin ese velo de las parábolas, con toda claridad. Pronto, de algún modo, saldrá a la luz en su Gloria y habrá que anunciar el Evangelio a todo hombre.

La luz y las tinieblas, ese eterno contraste que aparece siempre en la Escritura desde el comienzo. Desde que el Señor separó la luz de las tinieblas en el comienzo del relato de la Creación.

El Evangelio tiene que iluminar. El Evangelio que no ilumina es una contradicción, imposible de comprender para cualquier comunidad cristiana. Para cualquier cristiano. No podemos llegar a entender un Evangelio que no sea luz. El Evangelio no ha sido proclamado y aceptado para tenerlo escondido, sino para ponerlo en lo alto, en el candelero para que ilumine, a todos aquellos que están en la casa.

¿Se trae el candelero para meterlo debajo de la cama o debajo de un cajón? Es para ponerlo en lo alto. Sin dudas es para ponerlo en lo alto.

En primer lugar vamos a reflexionar en Jesús, como la luz, dice San Juan, que viene a iluminar a todo hombre que vive en este mundo. Pero aclara que la luz vino a las tinieblas, y las tinieblas no lo recibieron. Pero aquellos que sí lo recibieron les dio la Gracia de llegar a ser hijos de Dios. ¡Maravilloso! Hasta dónde llega la misericordia y el Amor de Dios a aquellos que lo aceptan a Él como luz, llegan a ser hijos de Dios.

Hermanos, desde el comienzo a los cristianos, a los bautizados se los llamaba iluminados. Y hay un rito en el bautismo que, es el de la iluminación cuando encienden, papás y padrinos, la luz del cirio pascual, se los invita a agigantar esa luz que ellos han recibido, a cuidarla, a quererla, a protegerla. Porque han recibido la luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Jesús viene como luz, Él mismo va a decir: Yo Soy la Luz del mundo, el que me sigue, no camina en tinieblas.

Siempre pienso, y lo quiero compartir con vos, que uno de los grandes sentidos que tenemos es el de la vista. Y tal vez es de los que más cuidamos. Ante cualquier eventualidad, lo primero que cubrimos son los ojos. Y a veces, he tenido la experiencia con familiares, que el perder en parte la vista, a veces los sume en la depresión, en la angustia, porque de algún modo, han dejado de recibir la claridad. Han dejado de encontrarse con los demás. Se han desvanecido los rostros y ya son solamente un recuerdo. Y no hay nada que nos de tanto miedo como la oscuridad. Ese lugar donde estamos inseguros, donde no vemos que hay a nuestro alrededor, atrás nuestro. Ese lugar donde no podemos percibir más que con el oído (por ahí nuestro oído no está tan desarrollado como para percibir aquello que sucede a nuestro alrededor).

De esa manera vamos descubriendo como la luz es una realidad que nosotros necesitamos. Nos desespera estar en la oscuridad, sentimos que no es nuestro ámbito, no es nuestro lugar, no es el dónde yo tengo que estar.

El mundo que yacía en las tinieblas, en una profunda oscuridad se ve una gran luz, decía el profeta Isaías. Eso lo meditábamos en la misa de la Navidad. El pueblo que caminaba en tinieblas ve una gran luz.

Aquellos pastores en la noche de Belén habían sido envueltos por la luz de la Gloria de Dios. Hoy nosotros también queremos ser envueltos por la luz de esa Gloria. Y la luz que ilumina a todo hombre es Jesús. Él viene a sacarnos de las tinieblas. Él viene a traernos esa luz, con la cual vamos a percibir aquellos que somos, siempre que acerquemos algo a la luz vamos a ver su belleza. También sus imperfecciones. Pero esta luz que es Jesús mismo, su misma persona, es una luz que no solamente ilumina sino también una luz que cura y que sana. Una Luz que ilumina y bendice, que guía, acompaña y da la fuerza para caminar.

De esta manera hoy Jesús se nos presenta como Él mismo: la Luz del mundo que viene a iluminar a todos los hombres que nacemos en esta tierra. Él es la luz. El signo precioso de la vigilia pascual, cuando encendemos el cirio y el sacerdote, el diácono, lo presentan como la luz de Cristo. Esa luz verdadera y profunda. Siempre nueva, siempre renovada, con la cual nosotros somos iluminados para no caminar más en las tinieblas. Para no seguir en la oscuridad. Si andamos a tientas, pidámosle al Señor que Él sea la luz que ilumina nuestra vida, que Él sea esa luz que viene a iluminar toda nuestra existencia. Que su luz no nos deje en la oscuridad.

Él es la luz del mundo y como luz vuelve a encenderse en medio de nosotros, como luz nunca se apaga. Como luz nos guía, va delante de nosotros, con nosotros y atrás nuestro, para guiarnos, para socorrernos e iluminarnos.

Hoy nos vuelve a decir Jesús: Yo Soy la Luz del mundo, el que me sigue no camina en tinieblas.

Que esta Luz nos ilumine y nos ayude a salir de tantas oscuridades, de tantas inseguridades, de tantas tinieblas.

Hoy, dejándonos acompañar por San Pablo, podemos decir que a esta luz no podemos ocultarla, no tenemos que ocultarla. Tenemos que dejarla que brille, dejarla que resplandezca. Dejarla que venga a iluminar también a nuestro mundo sumido en las tinieblas. Puede parecer, a veces, que somos tremendistas, fatalistas, o muy negativos pero nos da tantas veces la sensación de que las tinieblas van como ganando lugar, la luz se va retirando, y aparentemente estamos como en una noche de la humanidad, en la cual nuevamente nosotros, los que tenemos a Jesús, tenemos que darlo. Se nos presenta no como algo malo, terrible, sino como un gran desafío; ese mundo que está oscureciéndose, nosotros tenemos la posibilidad de llevarle la luz. No nos tenemos que sentir atacados ni perseguidos, aunque muchas veces es lo que sucede. Pero más que eso se nos tiene que presentar como: ¿qué es lo que tenemos para anunciar, para dar? Nosotros tenemos a Aquél que le da sentido a la vida, a la historia, y a cada momento de los hombres. Aquél que le da sentido al ser, vivir y morir de la humanidad. No podemos callar. No nos podemos (parafraseando a los chicos) borrarnos, de algún modo, en este momento. Recluirnos con una especie de complejo de perseguidos, de mártires de la historia. Los hemos tenido y los seguimos teniendo. Eso también tenemos que recordarlo, comentarlo y anunciarlo. Pero tiene que presentarse este momento trágico de la humanidad, en medio de esta cultura de la muerte, como la gran posibilidad para anunciar al Señor de la vida y de la historia.

No creo que aquel comienzo del evangelio de Marcos, dice, “Imperio romano en decadencia”, estuvieran mucho mejor que nosotros. Y así estaban. Así estaba Pablo y cada uno de los discípulos apasionados por la novedad, por la que había descubierto, por los que se les había anunciado. Y apasionados por el evangelio, así al llevar la luz en medio de las tinieblas.

No se pone una luz debajo del cajón, o debajo de la cama, sino que se la pone en lo alto de la casa para que todos los que están en la casa, sean iluminados por ellas.

No tenemos nosotros la experiencia de usar, candil, lámpara, o velas. A veces con los cortes de luz la usamos. Ahí también, vemos donde ponemos las velas; si las ponemos debajo de una cama, de una mesa, o si buscamos un lugar bien alto y nos damos cuenta que, mientras más alto está más ilumina a todos los que están en ese lugar.

De esa manera debe iluminar Jesús. De esa manera, tenemos que dejar que Jesús vaya iluminando. Pero nosotros no nos tenemos que olvidar que también somos luz. Que somos sal. Nuestra misión es también la de iluminar.

Los cristianos, no nos distinguimos por nuestra manera de hablar, no nos distinguimos por nuestras formas de ir habituales, maneras de vestirnos. Pero, sin embargo, en el mundo, somos esa sal. En el mundo somos esa luz que tiene que estar iluminando. ¿Para qué? Para que toda nuestra vida sea un destello de esa luz que es Jesús. Esa lámpara que sigue iluminando a todos los hombres. En el medio del mundo no me puedo apagar, es ahí donde tengo que brillar con más fuerza. O sea, lo de siempre, en la familia, entre los amigos, en las comunidades eclesiales, universidad, escuela, club, trabajo.

Si me enciendo únicamente para ir a misa los domingos, donde me encuentro con otros que van para lo mismo, entonces nadie me puede decir nada, y mi luz va a ser más bien para pocos, bien poquitos.

Que mi luz, donde haya tinieblas, se vaya encendiendo, se vaya prendiendo. Aunque muchos quieran apagarla. A una luz no se la esconde, a una luz se la presenta, a una luz se la muestra, para que todos aquellos que la vean, a partir de esa luz, puedan ser iluminados.

La misión del cristiano en el mundo es ser un verdadero faro que pueda conducir a otros al encuentro con el Salvador. Y a una luz lo que se le pide es que no se apague. Que cumpla la misión para la cual fue enviada: guiar.

“El que me sigue no andará en tinieblas”.

Tenemos que ayudar a otros, una vez iluminados, a encontrar el camino que los lleva a Jesús.

El cristiano en el mundo, en nuestra sociedad somos luz. Hoy necesitamos volver al Señor, no para encerrarnos en la Iglesia, con la seguridad que me da mi grupo, sino para estar lanzados al mundo, para iluminar a otros. Si me quedo con mi comunidad de convivencia, con mi grupo parroquial, cursillo, encuentro, con éste o aquel grupo, me encierro.

También hace falta abastecernos de algún modo, aquello de las vírgenes prudentes, tener la lámpara encendida y su provisión de aceite.

Pero va a ser en el mundo donde voy a estar anunciando el Evangelio. En la cotidianeidad, donde voy a tener que resplandecer con mi palabra, con mi silencio, también con mi presencia, con mis acciones, que soy luz del mundo. Y que hay alguien que me está enviando, Jesús. Es Él el que quiere que vaya no solamente siendo iluminado, sino también irradiar este poder iluminador, y este mensaje del Evangelio. Nosotros que hemos recibido la Palabra, con la generosidad del sembrador, que la sembró en nuestro corazón, no podemos callarnos.

No podemos borrarnos en este momento de la historia. Hace falta que estemos con nuestras palabras, con nuestras acciones, en las sociedades políticas, sindicales, educativas, juveniles, en todos lados. Tenemos que iluminar y no lo haremos si le tenemos tanto miedo a la tiniebla, que ese miedo nos paraliza. Tenemos miedo a ensuciarnos, a contaminarnos, a veces. Y Jesús no tuvo miedo de contaminarse, metió su mano en nuestro barro, hasta la entraña más profunda. El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.  

Si seguimos los cristianos, mirando la historia desde afuera, nunca vamos a poder cambiar este camino del hombre que muchas veces, sabemos se va torciendo y se aleja cada vez más del que es el Señor de la historia. Es el que le ha dado un centro y un destino a la historia de los hombres. Una orientación y un camino. Por eso no tenemos que tener miedo al compromiso en serio. Con Jesús y con nuestra historia, con nuestro mundo.

Si somos cristianos de sacristía vamos a ser solamente velitas que van a iluminar muy poco. Tenemos que ser luz, y saber qué es aquello que también nuestra madre, la Iglesia, nos lo está pidiendo. Y profundamente compenetrados con el mensaje del Evangelio, y profundamente comprometidos con el mundo, pero comprometidos a ser luz, no a dejarnos apagar por aquella tiniebla, que nos quita el oxígenos y que hace que nuestra lámpara sea simplemente una mechita humeante.

Hoy nosotros necesitamos este compromiso de vida, y seguro que lo podemos hacer, pero a veces, dudamos, tememos. Dios quiera que nosotros, iluminados por Jesús seamos luz en el medio del mundo.

Y por ser cristianos, por vivir en la justicia, por se luz, me van a perseguir. No me voy a transformar en un mártir, en todo el sentido de la palabra, en un verdadero testigo de la luz, con la cual el Señor quiere iluminarnos. Ser luz en el mundo, ésa es nuestra consigna para hoy y nuestra consigna para toda nuestra vida.

Necesitamos ser cristianos metidos en la historia, no de los que miran la historia por televisión. Que mira lo que va pasando de afuera y se encierra, por temor a contaminar el Evangelio o por temor a perder esa fe que guardo, como una especie de cajita de cristal, que guardo para que nada ni nadie lo toque o dañe. La fe que no se comparte es la fe que se muere.   

Fíjense en el ejemplo de la luz; podemos encender millones de velas a partir de una sola. Nosotros también podemos a partir de la luz de nuestra fe, un incendio de amor, un incendio de verdad, de vida. Haciendo que esa luz que hemos recibido y de la cual somos un destello, llegue a iluminar a todos los hombres que hay en este mundo.

Nosotros tenemos que hacer de la Presencia del Señor una realidad muy viva, muy, muy fuerte. Por eso tantas veces se ha querido callar el testimonio de los cristianos, la palabra del Magisterio, del Papa, de los obispos. El testimonio de la presencia de los laicos en el medio del mundo. Porque a las tinieblas seguramente le resulta molesto que la Verdad sea proclamada.

Pensemos en cuestiones tan vitales, como la cuestión de la vida, de la muerte, las cuestiones sociales, cuestiones económicas, en las cuales la Iglesia ha querido, haciendo eco de la voz del Señor iluminar con  su palabra y siempre cuestionada, tratando de desprestigiarlo o minusvalorar, aquello que como luz y como reflejo de la Presencia del Señor quiere estar haciendo.

Pero cada uno de nosotros con nuestra vida, tratando de ir asemejándonos más a Jesús, de nuestra manera de pensar, de actuar, también vamos siendo más luz para otros.

El testimonio vale más que millones de palabras todas juntas.

Continúa el Evangelio en el versículo 23 “el que tenga oídos para oír que oiga”. Les dijo también “atención los que me están escuchando”. Insiste en que escuchemos, necesitamos abrir el oído de la fe a la predicación y a la proclamación de la Palabra.

San Pablo nos habla de esa fe que entra por el oído y hace falta. Nosotros abrimos grande el oído de nuestra fe para la proclamación, el anuncio del Evangelio del Amor y de la Vida.

Atención los que están escuchando: “la medida que usen la usarán con ustedes, y con creces, porque al que tiene se le dará y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene”.

Esta segunda parte, de algún modo, puede confundirnos. ¿Qué es esto de que al que tiene se le dará y al que no tiene se le quitará lo poco que tenía? Podemos entender estas palabras del Señor a la luz de la parábola de los talentos. Al que se le dio los multiplicó, pero aquel que tenía solamente un talento, por miedo, lo enterró, ese talento quedó totalmente estéril. No dio frutos. El mismo Jesús de algún modo lo reprocha, le dice, al menos lo hubieras llevado al banco para que diera algo de intereses. Un reproche del Señor a aquel que tuvo el talento y no lo hizo producir.

Y vamos a entenderlo también a la luz de la parábola que estábamos escuchando ayer, la del sembrador. Aquella tierra buena, en la cual la semilla dio el treinta, el sesenta, y el ciento por uno, esa tierra buena sigue recibiendo la Gracia del Evangelio, y va a seguir fructificando, y seguramente de una manera enorme.  

Dios quiera que nosotros también, como tierra buena, estemos fructificando. Que seamos de los que tenemos y recibamos más. Que no seamos mezquinos sin dar frutos.