La Presentación del Señor en el Templo

jueves, 5 de marzo de 2026

“Jesús fue presentado en el Templo… pero no fue rescatado.”
Un detalle que puede pasar desapercibido en el Evangelio de la infancia encierra uno de los misterios más profundos de la fe cristiana.

En el marco de una reflexión espiritual inspirada en los Ejercicios Espirituales de la Segunda Semana, contemplamos el episodio de la Presentación del Señor en el Templo narrado en Evangelio de Lucas 2,22‑24. A partir de la lectura teológica propuesta por el jesuita Miguel Ángel Fiorito, esta escena revela una dimensión sorprendente del misterio de Cristo: el Niño presentado en el Templo no es simplemente un hijo consagrado a Dios, sino el Cordero destinado a rescatar a toda la humanidad.

La fidelidad a la Ley: un detalle que Lucas repite

El evangelista Lucas insiste varias veces en una misma expresión:
“según la Ley de Moisés”, “según la Ley del Señor”, “según la costumbre de la Ley”.

No es una repetición casual. Con ello quiere mostrar que Jesús y su familia viven en plena fidelidad a la tradición de Israel.

María y José cumplen dos prescripciones importantes:

  • La purificación ritual de la madre (Levítico 12)
  • La consagración del primogénito al Señor (Éxodo 13)

Lucas incluso menciona el sacrificio que ofrecen: dos tórtolas o pichones de paloma, una señal clara de la pobreza de la Sagrada Familia.

Sin embargo, hay un detalle llamativo.

El silencio que revela un misterio

En la Ley judía, después de presentar al primogénito, debía realizarse un rito llamado “rescate del primogénito”: el padre pagaba una suma al sacerdote para “recuperar” al hijo.

Pero el evangelista no menciona ese rescate.

Si Lucas es tan minucioso al hablar de otros detalles de la Ley, ¿por qué omitiría este rito?

La explicación abre una profundidad teológica enorme.

Jesús es presentado, pero no rescatado.

Según la interpretación de Fiorito, esto tiene una razón profunda:
el verdadero padre que debía realizar el rescate no era José. El silencio del evangelista armoniza con el misterio de la concepción virginal.

Pero el significado va aún más lejos.

El Primogénito que rescatará a todos

En la historia de Israel, el rescate del primogénito recordaba la noche del Éxodo.
En Egipto, los primogénitos israelitas fueron salvados gracias a la sangre del cordero pascual.

Por eso el primogénito pertenecía a Dios.

Pero Jesús no es simplemente un primogénito salvado.

Él es el Cordero.

El Niño presentado en el Templo no necesita ser rescatado porque será Él quien rescate a todos.

Como dirá más tarde el apóstol Pablo:

“Canceló el documento que nos era contrario.” (Colosenses 2,14)

Desde este momento del Evangelio ya se vislumbra el destino de Cristo:
su vida será entregada para la redención de todos los pueblos.

María y José: ofrecer sin comprender del todo

María y José cumplen lo que manda la Ley. Presentan al Niño. Lo consagran.

Pero en esa obediencia silenciosa ya está escondido algo más grande: una entrega.

El anciano Simeón lo anunciará con palabras que atraviesan el corazón:

“A ti misma una espada te atravesará el alma.”

María comienza a participar del ofrecimiento del Hijo.
La Presentación en el Templo anticipa el camino que culminará en la cruz.

Una luz para iluminar a todos los pueblos

El anciano Simeón proclama una de las frases más luminosas del Evangelio:

“Mis ojos han visto la salvación… luz para iluminar a las naciones.”

El Niño presentado en el Templo no pertenece solo a Israel.
Es la salvación ofrecida a toda la humanidad.

Por eso esta escena, aparentemente sencilla, se convierte en uno de los momentos más densos del misterio de Cristo.

Reflexión pastoral: cuando Dios entrega lo más amado

Contemplar la Presentación del Señor también nos interpela.

A veces quisiéramos que Dios “rescatara” todo lo que amamos: nuestros proyectos, nuestras seguridades, nuestras expectativas.

Pero el Evangelio nos muestra algo distinto.

El Padre no rescata al Hijo: lo entrega.

No como abandono, sino como amor que salva.

En la vida cristiana también hay momentos en los que somos invitados a presentar al Señor aquello que más queremos: nuestros sueños, nuestras personas queridas, nuestra propia vida.

María y José nos enseñan que la fe muchas veces es ofrecer sin comprender del todo.

Y, sin embargo, cuando algo se entrega en las manos de Dios, nunca se pierde.

Se transforma en bendición para muchos.

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Oración de San Ignacio

Toma, Señor, y recibe toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad. Todo mi haber y mi poseer, Vos me lo disteis, a Vos, Señor, lo torno. Todo es tuyo. Disponelo a tu voluntad, dame tu amor y gracia que ésta me basta.

En este espacio encontrarás todo el material diario y complementario para hacer los ejercicios en esta Cuaresma. (link a la categoría)