San Agustín: “Quien no ha llorado por un amigo, no conoce la amistad”

martes, 5 de septiembre de 2023
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04/09/23- Cada lunes junto al Padre Mateo Bautista, sacerdote camilo, ponemos en el aire el ciclo “Acompañamiento en el duelo”. En esta oportunidad y con motivo de la memoria litúrgica de san Agustín, comentamos su proceso de duelo por un gran sufrimiento: la muerte de su amigo de la niñez.

De sufrimiento
se ensombreció mi corazón.
Y lo que veía
era la imagen de la muerte.
Hasta mi ciudad natal
se me convirtió en tormento
y la casa paterna
en innegable pena.
Por todas partes,
lo buscaban mis ojos,
pero no lo encontraban
y todo se tornó aborrecible,
porque las cosas no eran ya.
Yo mismo me volví
un enigma ante mis ojos.
(San Agustín, Confesiones IV, 4, 9)

¿Cómo San Agustín hizo su proceso de duelo?

San Agustín, de naturaleza siempre amante de la amistad: «En este mundo son necesarias estas dos cosas: la salud y el amigo» (Serm. 299D,1). Agustín sabe que amor y amistad son inseparables: «el amor, del cual se origina el nombre amistad” y produce que todo sea odioso para el hombre si no tiene amigos (Cfr. Carta 130,2,4).

Agustín pasará por un proceso trial de “conversión” a la amistad: la de los amigueros, la idolatría de una amistad no verdadera y la auténtica amistad: «Nadie puede ser verdaderamente amigo del hombre, si no lo es primero de la Verdad misma, y si tal amistad no es gratuita, no existe en modo alguno» (Carta 152,1-2).

Sin la amistad se sentía siempre incompleto

En su peregrinaje, la amistad no es solo un lazo personal, sino también profundamente social. Agustín no podía vivir sin amigos; se sentía incompleto, sin recursos para alcanzar una forma elevada de “vida feliz”.

En el libro IV de las Confesiones nos relata la amistad que entabló en Tagaste con un amigo muy querido. Fue un duelo que lo golpeó en lo más íntimo:

«En aquellos años, en el tiempo en que por vez primera abrí cátedra en mi ciudad natal, adquirí un amigo, a quien amé con exceso por ser condiscípulo mío, de mi misma edad y hallarnos ambos en la flor de la juventud. Juntos nos habíamos criado de niños, juntos habíamos ido a la escuela y juntos habíamos jugado» (Confes. IV,4,7).

Agustín nos comparte que él ejercía mucha influencia sobre su amigo, de quien no da el nombre, alejado de su fe cristiana, y a quien trataba de llevarlo al maniqueísmo. Y es aquí donde llega el momento en el que Agustín nos relata el suceso de la enfermedad grave del amigo. Describe su situación, con una magnífica descripción de lo que es el sufrimiento:

De sufrimiento
se ensombreció mi corazón.
Y lo que veía
era la imagen de la muerte…
(San Agustín, Confesiones IV, 4, 9)

Agustín, abatido por un profundo sufrimiento, entra en un duelo desgarrador, porque tal vez por primera vez en su vida encara el rostro de la muerte; y es la muerte de alguien muy significativo en su vida. El llanto embarga al joven Agustín, con unos veinte años, y maniqueo, quien todavía no ha incorporado vitalmente en su fe la resurrección de Cristo.

No te pierdas de escuchar la entrevista completa en la barra de audio debajo del título.